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| Conflictos impunes |
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Jorge Montaño
El Universal Miércoles 04 de abril de 2007 |
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Es evidente que la irrupción de los medios masivos en las actividades humanas y el fin de la bipolaridad generaron un nuevo código de percepción en la opinión publica acerca de las disputas bélicas y conflictos. De otra manera, es imposible explicar la pasividad frente a acciones genocidas como lo ocurrido en la ex Yugoslavia, Ruanda o Darfur , actos de arbitrariedad por encima del Consejo de Seguridad como el conflicto de Irak, los territorios ocupados de Palestina, la invasión de Afganistán y los rehenes británicos en manos iraníes, nada de lo cual ha logrado despertar la ira social. Sin duda, desde el conflicto de Vietnam no se ha vuelto a discutir en forma de protesta airada en las calles, universidades o informativos. Esta irritante tolerancia condona cualquier acción beligerante aun a costa de impactos negativos en las urnas, que tampoco son un termómetro adecuado. Una encuesta reciente revela que 65 % de los estadounidenses están contra la presencia de sus tropas en Bagdad, a pesar de lo cual el presidente Bush amenaza con vetar la legislación aprobada por el Senado que incluye recursos para esa guerra, pero también un calendario para el retorno de sus militares. La vacuna de los medios electrónicos ha adormecido la expresión exaltada que solía convertir en tribuna universal el debate sobre lo acontecido. Es explicable el acuerdo tácito de ignorar lo que ocurre en las áreas de influencia de las grandes potencias, pero es difícil comprender la indiferencia frente a la barbarie que ocurre en y entre países de menor desarrollo. Parecería que se ha generado un cinismo rampante que tuvo su momentum con la posición anglo-americana de desconocer la autoridad del Consejo de Seguridad para invadir Irak sin fundamento en lo consagrado en la Carta de Naciones Unidas. Esta acción punitiva sentó un precedente histórico, que le permite a Irán repetir la misma argumentación. Su lógica de razonamiento supone que nadie tiene derecho a imponer criterios para enriquecer uranio o para exigir la liberación de soldados ingleses capturados en condiciones dudosas. La difusión tendenciosa de acciones ilegales convertidas en medidas preventivas o disfrazadas con otras explicaciones permite asimilar con facilidad los hechos más aberrantes, que luego el cine o el documental se encargan de recrear, generando expresiones de vergüenza extemporánea. El napalm y la guerra de arrasamiento en las selvas vietnamitas nunca se hubieran detenido sin las manifestaciones masivas de repudio en el mundo, que se han reducido a su mínima expresión mientras el derecho y las instituciones internacionales se vulneran sin piedad alguna. Es cómodo etiquetar, y en ese sentido lo adecuado sería referirse a la era Bush, cuando en realidad ha habido una perturbadora connivencia en que las asociaciones con otros gobiernos no han sido menos sintomáticas y tampoco escasas en complicidades. Blair, Chirac y Aznar han sido activistas arrastrando el prestigio de sus países, renunciando a su capacidad de oponerse a las veleidades de la gran potencia. Cabe recordar que la voltereta en las urnas españolas la dieron los ataques terroristas en los trenes madrileños, cuando el electorado apuntaba a confirmar a los populares a pesar de su sometimiento a la guerra. El deterioro de la capacidad interlocutora de la ONU tomará tiempo revertirlo. Ahí, también hay responsabilidades por complicidad silenciosa de los países de mediano desarrollo y hacia abajo, que han cedido su capacidad de inconformarse optando por la omisión, sin tomar en cuenta que esa decisión demerita al único espacio real con que cuenta la humanidad para ejercer controles mínimos. La impunidad que dispensa la opinión pública mundial a estos atropellos, sin importar el peso de los autores, tiene su mejor expresión en la desafortunada selección de un secretario de la ONU especialmente débil y proclive a aceptar los deseos de los cinco permanentes, que en los hechos resulta posible por la tolerancia de los países en desarrollo y la indiferencia mediática. Es inaplazable el resurgimiento de expresiones contestatarias, que desde los centros de reflexión recuperen la voz y los espacios para repudiar el uso ilegítimo de la fuerza, que paradójicamente, desde la caída del muro de Berlín, se ha multiplicado con la más nítida impunidad. montesco98@yahoo.com Vicepresidente del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales
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