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| La verdadera gobernabilidad |
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Sara Sefchovich
El Universal Jueves 01 de marzo de 2007 |
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La semana pasada expuse en este espacio algunas opiniones de los lectores en torno al tema de la gobernabilidad y a la cuestión, muy vinculada con ella, de la relación entre Estado y sociedad y la respectiva fuerza o debilidad de cada uno frente al otro. De los correos electrónicos aquí resumidos, resultó que, para quienes están pensando en estos temas, la gobernabilidad sólo se consigue con la construcción de mayorías en las cámaras, de tal manera que se logren alianzas y acuerdos, convergencias y compromisos. La idea de que la gobernabilidad se consigue así y sólo así, la encontré expresada por primera vez en un artículo de José Fernández Santillán publicado en noviembre de 1997, cuando recién había sucedido el fenómeno, hasta entonces inédito en México, de que las elecciones no le otorgaron la mayoría absoluta a ninguno de los partidos en la Cámara de Diputados. El investigador se dio cuenta de que se trataba de un trastocamiento de las reglas del juego del sistema político que desde fines de la década de los 20 había cimentado la gobernabilidad en nuestro país, "con el dominio ininterrumpido e incontrastado del partido oficial en las dos cámaras de las cuales se compone el Congreso de la Unión". A partir de ese momento y lo mismo que él, todos aquellos en quienes latía un corazón democrático se emocionaron y lo consideraron "un acontecimiento que marcaba el cambio de la política vertical a la política de la negociación". Y sin embargo no fue así. No solamente los acuerdos se lograron muy pocas veces o nunca, sino que con el paso del tiempo resultó que ya ni siquiera fue allí por donde pasaba la gobernabilidad. O sea que, ni falta que hicieron dichos acuerdos. Porque en el sexenio de Fox, aunque el ex presidente nunca consiguió construir mayorías que le dieran el apoyo necesario para las reformas que quiso hacer, eso no fue lo que le quitó gobernabilidad, lo que la destruyó fue Atenco, allí su presidencia se vino abajo. Eso (y lo que pasó a partir de entonces, desde las broncas intersindicales hasta la toma de posesión de Calderón) son señal de que la gobernabilidad no se puede seguir viendo nada más como construcción de mayorías en las cámaras y de acuerdos entre los partidos. Ambos sirven para hacer leyes, empujar o detener reformas, pero eso poco tiene que ver con gobernabilidad en un país como el nuestro, donde las leyes y las instituciones son más construcción de deseos que expresión de realidades. Seguir creyendo que la gobernabilidad pasa por el Congreso es una herencia de los años de gobierno priísta, de la cual obviamente no nos hemos podido deshacer, porque en aquel tiempo la tranquilidad social parecía ser el resultado de la unidad que había en las cámaras. Pero cuando eso se rompió, los estudiosos no se dieron cuenta de que gobernabilidad y acuerdos en el Legislativo no eran un binomio inseparable, y que si los diputados no se ponen de acuerdo o sí se ponen, ello es independiente de la gobernabilidad. Oaxaca lo hizo obvio, pues fue un movimiento social en el que nada tuvo que ver ni nada se afectó por lo que pasó en el Legislativo. Y que sólo se haya podido recuperar la gobernabilidad con la mano dura de la represión y no con negociaciones ni acuerdos, debería hacer evidente que hoy tenemos que pensar el tema de la gobernabilidad desde una perspectiva distinta. Dicho de otro modo, que pensar que los acuerdos partidistas son la base de la paz social y la gobernabilidad me parece, en la situación actual del país, un deseo de quienes conciben la democracia a partir de la teoría pura o de lo que sucede en países como Holanda. Hoy, en México, son las acciones de los distintos grupos sociales lo decisivo para lograrla o para no lograrla. El propio Fernández Santillán lo vislumbró cuando definió la gobernabilidad como "un equilibrio entre las partes componentes del conglomerado civil para evitar que la conflictividad destructiva surja entre ellas". Sin embargo, a pesar de haberlo visto, hizo lo mismo que otros analistas (Leo Zuckermann, por ejemplo, y el lector Tonatiuh Medina Meza) y se fue por el camino de olvidar al "conglomerado civil" y creer que lo significativo y esencial es la construcción de mayorías. Claro que él no tenía cómo saberlo entonces, porque hace una década allí radicaba la esperanza de nuestra democracia, con todo y que se tenía bien claro, como escribió José Woldenberg, que "a mayor democracia, menor gobernabilidad". Pero no se pensó lo lejos que esto podía llegar. Hoy está visto que la gobernabilidad está en las calles, no en las cámaras. sara.sefchovich@asu.edu Escritora e investigadora en la UNAM
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