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Senado platónico
Ramón Cota Meza
El Universal

Martes 20 de febrero de 2007



El acuerdo del Senado para diseñar una reforma de Estado pinta como un paso más de la clase política hacia su total disociación de los asuntos del país. Promover una ley para que el Congreso dialogue es ridículo y superfluo, pues se supone que tal aptitud es una obligación implícita en su representación, no digamos la propuesta de una ley sin coerción ni castigo para quien no la cumpla. El colmo de la faramalla y el legalismo. Lo peligroso es creer que semejante ocurrencia pueda producir algo útil.

El supuesto de la iniciativa es que el país no avanza porque no hay acuerdos en el Congreso. ¿No avanza en qué? La economía está en un ciclo de crecimiento desde 2004; el poder se renueva en elecciones limpias; la transparencia de la función pública es cada vez mayor; la delincuencia se combate con determinación; el presupuesto apoya la disminución de la pobreza, el mejoramiento de la educación y la salud; hay leyes e instituciones para equilibrar la desigualdad de género; medios de comunicación e individuos se expresan con libertad.

Ya que la insatisfacción con el presente es cosa de temperatura moral, nunca faltará quien señale deficiencias. ¿Qué deficiencia buscan resolver nuestros ingenieros constitucionales? ¿Acaso creen que su indisposición a lograr acuerdos proviene del esquema político existente? Al asumir que el país está trabado, desdeñan los hechos, y al creer que falta un modelo grandioso para superar las deficiencias que imaginan, cometen platonismo, es decir, presumen que reyes filósofos pueden dictar desde las alturas el curso de las cosas.

Una cosa es que los partidos estén trabados entre ellos; otra es la marcha del país. Si no hay ruptura del orden, guerra, vacío político, ni colapso institucional, tramar una reforma de Estado no viene al caso. Basta de urdir diseños grandilocuentes; hay que pasar del platonismo constitucional a las tácticas para vigorizar los procesos en marcha. Así el Congreso se acercaría a los ciudadanos, quienes empezarían a verlo como algo útil. Hay que desinflar la palabra "Estado", una simple abstracción. Lo práctico es la capacidad de gobernar.

Por ejemplo, hay una iniciativa de ley para disminuir la vigencia de las patentes médicas a 10 años, lo que disminuiría gradualmente el precio de medicamentos críticos hasta la mitad o más. Si el Congreso la aprobara podría obtener aprobación ciudadana para aplicar el IVA a medicamentos hasta, digamos, 5%: ahí está su impronunciable IVA a medicinas. Si el Congreso aprobara una ley para aumentar la producción de maíz, obtendría aprobación de los consumidores para imponer un IVA moderado a alimentos: ahí está su IVA a alimentos.

Los ejemplos vienen al caso porque se supone que ilustran la trabazón del Congreso. Es evidente que para superarla no se requiere una "reforma de Estado", la cual, además, no garantizaría que se vayan a alcanzar los acuerdos que se pretenden, pues los poderes así fortalecidos utilizarían sus nuevas facultades para limitar al Ejecutivo con mayor determinación. En esencia, la "reforma de Estado" es un dispositivo para limitar a la Presidencia de la República, un intento de erigir al Congreso en gobierno, un llamado al caos.

Esto es pura irresponsabilidad, apetito de poder y oportunismo, gangrena de la forma anómala en que la transición democrática ocurrió, disociada de los problemas económicos. El vicio de origen de nuestra democracia es haberla concebido como distracción de la oposición para separarla de las decisiones económicas. Así se explican las carretadas de dinero que se le han transferido, las cuales han pervertido su función, al punto de que ahora no puede vivir sin ellas, postulando o coqueteando con candidaturas antípodas para aumentar su presupuesto.

Los hechos desinflan la política. La economía y la sociedad se fortalecen al margen del parlamento, trabado como está en el fatuo dilema de ser o no ser. Crecen también indiferentes a recetas globalizantes, impulsadas por la inversión y el trabajo domésticos. La pretensión de hacer una reforma de Estado demuestra que los legisladores viven de espaldas a estos hechos, más preocupados por justificar su grandiosa función que por servir al país con medidas sensatas.

blascota@prodigy.net.mx

Analista político



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