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| Vicente, AMLO y Calderón |
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Manuel Camacho Solís
El Universal Lunes 19 de febrero de 2007 |
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Con una sola frase -"perdí con el desafuero, pero después me desquité con la elección"- Fox sintetizó el contenido de su política y movió sus cartas en la nueva coyuntura. Si su gobierno estuvo dominado por una perversión, su actual conducta tiene un significado que, antes que menospreciar, habría que explicar. Para AMLO, la declaración cae como anillo al dedo. Si alguna duda había sobre la conducta ilegal e ilegítima del régimen, ésta cayó con el peso de la declaración de quien fue presidente. Para Felipe Calderón es completamente disfuncional. Cuando las aguas comenzaban a apaciguarse y el tema de la elección iba cediendo espacio a una nueva agenda, Fox vino a reabrir las heridas que dejó su administración. Si la política se redujera al nivel del pleito pugilístico y la vendetta, Fox, en sus propios términos, está en vías de perder el tercer round. El primero lo ganó AMLO, al sobrevivir el desafuero. El segundo, con las elecciones, lo ganó Fox. El tercero, ante la historia, con la ayuda de Fox, ya lo está ganando AMLO. Pero la política no es sólo un pleito pugilístico y es más concreta que la historia. La política es el aquí y ahora del país, sus principales actores y la opinión pública. En ese terreno, Fox está jugando con rudeza. Vicente Fox no tiene ninguna herencia que defender. Lastimó a las instituciones y a la Presidencia. Destruyó el capital moral que le había dado la elección de 2000 y desaprovechó la oportunidad histórica de haber sido el gran reformador del régimen. Ni siquiera puede dar buenas cuentas como administrador: los 70 mil millones de dólares adicionales que tuvo respecto a su antecesor, por los altos precios del petróleo, los dilapidó en crecimiento del gasto corriente. Durante su gobierno se fortaleció el crimen organizado hasta el nivel que hoy se padece. Incluso su bandera de defensa de los derechos humanos, con la que dio un viraje a la política exterior, quedó manchada por su conducta frente a la elección, Oaxaca y el sindicato minero. Lo único que lo sostuvo fue su capacidad para la mercadotecnia (reforzada por las arcas públicas) y las complicidades en las que incurrió: a cambio de hacer avanzar su proyecto e intereses domésticos, protegió los intereses de un statu quo que ahoga a la democracia y hasta a la economía de mercado. Vicente Fox es un afiliado tardío al antiguo régimen autoritario y patrimonialista que él ofreció combatir, pero del que terminó siendo un triste servidor. Fox está nervioso. Lo que está haciendo es una gran provocación a AMLO y una operación de control que impida la autonomía de Calderón. Intenta provocar a AMLO porque sabe que, en la medida en la que el movimiento opositor se quede paralizado en el debate sobre la legitimidad de la elección, se aislará de una buena parte de la sociedad y la opinión pública. Sabe que, por el camino de la movilización popular, como el único recurso de la política, la izquierda volverá a unir a sus adversarios, no crecerá para 2009 y no podrá gobernar en 2012. Intenta controlar a Calderón. Lo hace por la vía doble del recordatorio amenazante y la reactivación de la polarización que él alimentó. Le recuerda que, gracias a él (y a los intereses del statu quo a los que representó), Calderón ganó las elecciones. Simultáneamente, reactiva las desconfianzas, los temores y los odios que harían imposibles los acuerdos en el Congreso para mejorar el sistema electoral, la relación con los medios, el fisco, la productividad de las empresas públicas, la calidad de la educación y el diálogo con América Latina. Fox quiere que sus perversiones y tragedia personal arrastren al país. No se lo permitamos. El gobierno tiene la oportunidad de deslindarse de él, con hechos, pues sólo así ganará la autonomía que necesita. La oposición tiene la oportunidad de recuperar la iniciativa para hacer avanzar la democracia y recomponer sus alianzas, con la mira puesta en las elecciones de 2009 y 2012. Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista
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