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| Diplomacia no diplomática |
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Editorial de EL UNIVERSAL
El Universal Sábado 21 de octubre de 2006 |
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Uno de los saldos más negativos del sexenio es el de política exterior. Arturo Sarukhán, encargado de asuntos internacionales del equipo de transición de Felipe Calderón, advierte de la necesidad de un "golpe de timón", que nos devuelva liderazgo en América Latina y capacidad de interlocución ante Estados Unidos. En muchas áreas de la administración pública se recomienda no tirar a la basura lo que ha funcionado y no reinventar el país cada seis años, pero en el caso de la Cancillería el borrón y cuenta nueva podría estar más que justificado. En los tiempos del explosivo canciller Jorge Castañeda, el gobierno del presidente Vicente Fox no ocultó su voluntad de acercarse tanto como pudiera a Estados Unidos; sin embargo, se cometió la terrible pifia de reaccionar muy tardíamente a los atentados del 11 de septiembre de 2001. La solidaridad con los vecinos no fue clara, explícita y mucho menos expedita, lo que se conjugó negativamente con el radical viraje de la política exterior de la administración Bush, que puso todo su empeño en la guerra contra el terrorismo. Ellos hablaban de seguridad y nosotros no cambiamos la cantaleta de la migración. Un diálogo de sordos. Hubo también desencuentros con naciones hermanas, como Cuba y Venezuela, cuyos gobernantes tienen muchos pendientes en materia de derechos humanos y democracia, pero ante los cuales, por impericia diplomática, caímos en una dinámica de confrontación. El bochornoso episodio del "comes y te vas" es un ejemplo de lo que no puede suceder entre profesionales de la diplomacia. Después vinieron los tiempos de la distracción y la frivolidad. La tozuda insistencia de Luis Ernesto Derbez por obtener un cargo diferente al de canciller -el que fuera, Presidente de la República, jefe de Gobierno del Distrito Federal o cuando menos la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos (OEA), porque nunca, nunca iba a ser secretario de Hacienda, que es lo que realmente quería- distrajo esfuerzos y recursos en pírricas batallas personales, que acabaron por perderse, junto con el rumbo de nuestra política exterior. Nos quedamos atorados en el peor de los mundos: Estados Unidos nos perdió la confianza como interlocutor y el resto de naciones, particularmente las latinoamericanas, nos dejaron de reconocer como líderes regionales entre los arrebatos de protagonismo del primer canciller y la impericia e ignorancia del segundo. El deslinde que Sarukhán propone, afortunadamente, no pasa por volver al mito de la "Época de oro de la diplomacia mexicana" sino por emprender acciones pragmáticas que saquen al país de su actual ostracismo. Una diplomacia que recupere los vacíos dejados en Estados Unidos por la Cancillería de Fox, que asiente la verdadera dimensión de México en América Latina, sin entrar a pleitos callejeros, y que mire al Pacífico, a Asia, donde la economía y la geopolítica se están redefiniendo, sería deseable. Porque si bien los temas de política exterior no le ayudaron a Felipe Calderón a ganar la elección, sí pueden ser definitorios para el éxito de su gobierno.
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