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El espacio público
Jesús F. Reyes-Heroles G. G.
El Universal
Viernes 20 de octubre de 2006


La solución del devastador conflicto en Oaxaca no avanza. Ante los ojos atónitos de la ciudadanía los gobiernos federal, estatal, municipal, el Senado de la República y otras fuerzas políticas relevantes, permiten que continúe un deterioro que lesiona a millones de niños, destruye negocios, frustra expectativas e, incluso, causa pérdidas de vidas humanas.

A pesar de sus múltiples diferencias, la tragedia en Oaxaca tiene elementos en común con la que vivió el Distrito Federal durante las muchas semanas que duró el plantón en el Paseo de la Reforma: un impacto profundo sobre el espacio público.

Para el ser humano es imposible escapar del espacio. Espacio y vida son indisolubles, pues "el espacio comparte nuestra realidad". Sin embargo, coexisten dos espacios, elementos de nuestro hábitat: el público y el privado. La frontera entre ambos, siempre cambiante, define el perfil de una sociedad y de sus ciudadanos. El espacio público comienza donde termina el privado. Se trata, como lo define Habermas, de "la esfera donde la gente privada se reúne como comunidad" y agrega que en "el espacio público todos vivimos como iguales".

Por eso el espacio público es elemento esencial de la polis, la ciudad política, y cuando se pierde, se lesiona la igualdad entre ciudadanos. El despojo del espacio público es prueba de intolerancia.

El espacio público es diferente en distintas culturas y en diversos momentos. Por ejemplo, el de México tiene poco en común con el de India, el de la ciudad de México con el de Hermosillo, el del Distrito Federal en 1952 con el de 2006, el de antes de la existencia de internet con el de hoy.

El uso del espacio público está normado, a fin de que para todos permanezca como tal. Hay reglas para su conservación física, como las de limpieza, forestación, contaminación ambiental, etcétera. También las hay en materia de urbanidad sobre el uso del espacio público, de comportamientos que se sujetan a costumbres, que si bien evolucionan permanentemente, reflejan los cánones de la vida en comunidad.

La preservación del espacio público es encomendada, en primera instancia, a la comunidad local. Ésta recurre a los gobiernos municipales, el eslabón más débil del Estado, ya que enfrenta fuertes limitaciones financieras y de ejercicio de autoridad, en buena medida debido al efecto de la no reelección. Todo esto constituye la primera amenaza para la preservación del espacio público. El espacio público está en constante reconfiguración, que puede ser permanente o transitoria, justificada o injustificada. Un ejemplo básico de una reconfiguración permanente del espacio público es la que deriva de la densificación demográfica, producto del crecimiento de la población. El ciudadano continúa disfrutando de un espacio público, pero de uno diferente, que comparte con más seres humanos, lo que incluso lo obliga a cambiar su lenguaje corporal.

Por otra parte, una reconfiguración permanente e injustificada del espacio público se da cuando individuos o grupos se apropian de éste, llevando a cabo una verdadera expropiación de dicho espacio, convirtiéndolo en privado al impedir su uso por los que piensan diferente. Ejemplos típicos son los múltiples tianguis que periódicamente se establecen en la vía pública o lo que sucede en la calle de Correo Mayor, en el Distrito Federal. Por último, una reconfiguración transitoria injustificada afecta el espacio público por un periodo relativamente breve. Los ejemplos más cercanos son el plantón en Paseo de la Reforma, y lo que ahora sucede en el centro de Oaxaca.

La reconformación del espacio público afecta la convivencia política. Un buen caso es el DF. Se inhibe la interacción democrática, se da expresión física a la segmentación de la ciudadanía y se crea un círculo vicioso de impunidad, ruptura del estado de derecho y debilidad de la autoridad.

El deterioro del espacio público por causas injustificadas erosiona la polis y la democracia. En La condición humana, Hannah Arendt precisa la naturaleza plural del espacio público al afirmar que "el fin del mundo común llega cuando éste es visto desde un único aspecto y cuando sólo se le permite presentarse desde una perspectiva única". Lo que Arendt describe es el reino de la intolerancia, del no reconocimiento de que el diferente tiene igual derecho a usar el espacio público.

El plantón y la ocupación del centro histórico de Oaxaca han quedado clavados en la memoria colectiva como ejemplos por excelencia de reconfiguraciones injustificadas del espacio público a causa de movimientos sociales, sin que esto signifique cuestionar la validez de sus causas. La plaza y la calle han sido y continuarán siendo opciones para la expresión de opiniones y posiciones políticas. En buena medida esa función se les dio por diseño. Lo que preocupa es la frecuencia y la intensidad con la cual la inevitable confrontación política recurre a éstas.

Los resultados de la elección de Tabasco y un rechazo cada vez más extendido a la apropiación del espacio público entre la ciudadanía, sugieren que la estrategia de llevar la política a la calle, despreciando las vías institucionales, está perdiendo eficacia y legitimidad para quienes la practican.

En el Distrito Federal se levantó el plantón y en Oaxaca la toma del centro histórico ha dividido al movimiento y empieza a generar entre sus liderazgos dudas acerca de su pertinencia. La opinión pública nacional se expresa mayoritariamente contra dicha ocupación. En Oaxaca, como en el DF, el transcurso del tiempo favorece el regreso a los cauces institucionales para solucionar los conflictos, y reafirma que la defensa del espacio público es una característica fundamental del ciudadano.

La sociedad de alumnos de arquitectura de la Universidad Iberoamericana seleccionó precisamente el tema de la reconfiguración del espacio público para un pánel esta semana. Esto hace evidente lo hondo que han calado en las inquietudes de la juventud las constantes agresiones contra el espacio público de todos.

jreyes@structura.com.mx

Economista



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