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| No caer en la trampa |
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Jesús Reyes-Heroles G.G.
El Universal Viernes 25 de agosto de 2006 |
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Las próximas semanas serán críticas para el futuro del país. El proceso postelectoral llegará a su fin con la calificación de la elección y la declaración de presidente electo. La información disponible permite suponer que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) continuará actuando conforme a derecho, de manera inteligente y prudente, de suerte que Felipe Calderón resultará presidente electo. Esto cerrará dicha etapa postelectoral, pero dará inicio a otra en la que persistirá la movilización social a la que ha convocado Andrés Manuel López Obrador. La declaratoria de presidente electo plantea un dilema grave para el movimiento lopezobradorista, pues elimina de tajo la causa del mismo: la impugnación legal de una elección que califican como fraudulenta sin haberlo sustentado. ¿Cuál será la nueva causa que AMLO busque para nutrir su movimiento? Hasta ahora se han perfilado dos. La primera sería una transformación radical del país, con el propósito de reducir las diferencias económicas y sociales que existen entre los mexicanos, acompañada de acciones de "purificación" de las instituciones. Esta tesis fue expresa en su entrevista con el diario británico Financial Times, en la que afirmó que "México necesita una revolución, pacífica y democrática". Una segunda posibilidad sería gestar una causa contra un "gobierno represor", lo cual se lograría por medio de una provocación constante y cada vez más frontal contra las instituciones del país. Desde su punto de vista, esa causa lo ubicaría ante la opinión pública, una vez más, en la condición de mártir, misma que le resulta cómoda y políticamente redituable. La construcción de esta posibilidad también está en marcha, pues su convocatoria a una "revolución" estuvo acompañada de expresiones de miembros de su equipo cercano en el sentido de que en México nunca ha habido cambios de fondo sin que previamente hubiera habido violencia. La estrategia de López Obrador plantea retos muy serios al gobierno, al sistema político y a la ciudadanía. Al primero, porque tendrá que seguir tomando decisiones difíciles acerca de cómo y cuándo utilizar quirúrgicamente la fuerza pública, sin que esto dé pie al argumento de represión excesiva e injustificada. Al sistema político, porque sus principales actores, los partidos, habrán de expresar posiciones sobre los eventos que vengan. Esto resultará particularmente delicado para el PRD, pues ante el dilema de caudillo o partido, gradualmente habrá de inclinarse por defender la dimensión institucional de su organización política. Esto hará más claro que el PRD y AMLO han iniciado la marcha por caminos divergentes. Los partidos del Trabajo y Convergencia también han dado muestras de haber iniciado su andar en una ruta que no coincide con la de López Obrador. Otra muestra de que este divorcio avanza son los nombramientos de Carlos Navarrete y de Javier González Garza como líderes de las bancadas del PRD en el Senado y en la Cámara de Diputados, respectivamente, pues ninguno fue el candidato de AMLO y ambos abren instancias para el diálogo inteligente con la ciudadanía y con otras organizaciones políticas. Para la ciudadanía, representa una prueba adicional de madurez para seguir resistiendo con tolerancia extrema los daños que sufre por efecto de las movilizaciones y plantones. Además, poco a poco será más claro que militar en un movimiento o en un partido es un asunto de preferencia y convicción, no obligatorio, definitivo o forzoso. Es muy probable que numerosos ciudadanos de filiación perredista gradualmente vayan marcando distancia con López Obrador y se acerquen a su partido para defender sus ideas, y no necesariamente causas o modalidades de acción política con las cuales no coinciden. El propio AMLO en la entrevista citada señaló que "este tipo de lucha implica una pérdida de apoyo, pues la persona que votó no necesariamente está de acuerdo con los métodos de resistencia...sabíamos que íbamos a sufrir una pérdida de apoyo, pero no había otra opción". Además, la militancia perredista habrá de discernir si Andrés Manuel López Obrador sigue siendo un líder adecuado para un partido que se proclama democrático, dado que en la misma entrevista defendió la idea de que aun sin ser la mayoría son "el movimiento político civil más importante de la historia de México", lo cual es cuando menos cuestionable, por no decir falso, además de ser un argumento que contraviene los cánones más fundamentales de la democracia. La estrategia para acuñar una nueva causa que mantenga vivo su movimiento, sea la revolución para el cambio o la resistencia contra un gobierno represor, coincide en que para lograrlo se requiere provocar violencia. Esta es la gran trampa en la que AMLO está metiendo a México, todo por continuar su búsqueda terca de quimeras que, de alcanzarse, sólo lo beneficiarían a él. Para el ciudadano común esto representa una afrenta que sólo puede ser resuelta con tolerancia y paciencia. La pobreza, la marginación y las desigualdades lacerantes que perduran en México no pueden ignorarse ni admiten una actitud de la sociedad de "aquí no pasa nada". Después de esta elección presidencial, más que nunca el país está consciente de que hay que actuar con decisión y eficacia para reducirlas, generando mucho más empleos y ampliando políticas sociales que lleguen a quienes verdaderamente necesitan el apoyo de los demás. Ese desafío ha cundido y penetrado la conciencia de todos. Esto no debe confundirse con que los mexicanos acepten que un proceso normal y anticipado de impugnación de una elección se manipule para convertirlo en un movimiento que abrace cualquier causa, a fin de preservar un espacio para un candidato perdedor incapaz de reconocer que existen visiones y posiciones diferentes a las suyas, que no por eso son despreciables o puedan ignorarse. Para la ciudadanía, la prueba es no confundir la prudencia con debilidad gubernamental y, sobre todo, no caer en la trampa. jreyes@structura.com.mx Economista
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