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| Francia y sus extranjeros |
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Jean Meyer
El Universal Domingo 23 de julio de 2006 |
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Durante un siglo, Francia ha recibido inmigrantes a una escala comparable a la de Estados Unidos, y tres veces en poco más de un siglo, los franceses han reaccionado de manera negativa. A fines del siglo XIX, los trabajadores italianos llegaron, muy numerosos en toda la costa del Mediterráneo. La prensa de la época denunciaba la amenaza que esos "morenos" representaba para la seguridad de los bienes y de las personas: decían los marselleses "ya no se puede uno pasear tranquilamente en la Canebiere (el equivalente de la Alameda) por la presencia perturbadora de tantos jóvenes ´nacos´ italianos que amenazan a nuestros hijos con su cuchillo y son un peligro para la virtud del sexo débil". Se les acusaba de quitar el pan de la boca a los trabajadores franceses, ya que aceptaban sueldos de miseria. Esa corriente xenófoba culminó en una serie de motines en los principales puertos del Mediterráneo. Italia tuvo que protestar y exigir la protección de sus nacionales contra los linchamientos. Hijos de esos italianos: Paul Valéry e Yves Montand. La segunda oleada fue mucho mayor y afectó al Norte y a las zonas industriales, entre ellas París. Empezó al terminar la guerra mundial que había matado a 1 millón 500 mil. En un país que venía controlando su natalidad desde hace un siglo, esa sangría era mortal: por eso Francia abrió sus puertas a polacos e italianos que bajaron a las minas y ocuparon, en compañía de los primeros argelinos, los puestos más duros y peligrosos de las industrias metalúrgicas y químicas. Españoles e italianos aseguraron el relevo en las campiñas, despobladas por la gran masacre. Se sumaron a esas corrientes los armenios, rusos, ucranianos, y otros desplazados por las catástrofes de la época, entre ellos, muchos judíos, que serían alcanzados por sus hermanos alemanes, húngaros, austriacos, rumanos en los años 30. Francia necesitaba de esa inmigración; sin embargo, esos años vieron crecer un movimiento de masa xenófobo y antisemita. Las circunstancias permitieron que esas pasiones se manifestaran, de manera horrible, a la hora de la colaboración con la Alemania nazi. Hoy en día, después de la tercera ola (1950-1980) de trabajadores venidos del Sur (España, Portugal y después Argelia, Marruecos, Túnez y finalmente el África negra), atraídos por las necesidades de una economía en expansión, necesitada de una mano de obra barata, vuelve a repetirse la resaca sicopolítica. Otra vez la inmigración se presta a la explotación política, tan pronto como lo permiten las circunstancias. Aquellas son la cesantía que afecta a 13% de la población activa, (fenómeno europeo, ligado a una mutación económica y no a la presencia de los extranjeros) y 22% de los jóvenes. En 1989 buena parte del electorado francés manifestó su acuerdo con las tesis del ultraderechista Frente Nacional, tesis que 20 años antes, el mismo electorado hubiera considerado como ´fascistas´. En las elecciones presidenciales de 1995 ese partido cosechó 30% de los votos de la clase obrera, y en 2002 Le Pen logró pasar a la segunda vuelta de las presidenciales. En los últimos días varios sondeos señalan que 39% de los franceses aprueban sus ´ideas´ sobre la inmigración. Algo semejante ocurre en toda Europa. ¿Cómo hacer para que la historia no se repita? ¿Cómo hacer para que la ´tierra de asilo´ no se transforme, una vez más, en la ´tierra blanca´ de los racistas? ¿Cómo explicar a los obreros y a las clases medias asustadas que el extranjero no es más que un chivo expiatorio? No es cierto que el Frente Nacional sea el resultado de la inmigración. Aprovecha la crisis económica para resucitar miedos ancestrales y retomar su viejo discurso, un tiempo infumable, después de la derrota del III Reich. "A río revuelto, ganancia de pescadores"... Se nos dice que Francia y Estados Unidos tienen tradiciones culturales radicalmente diferentes, pero, recuerdo que en mi último año de prepa (año de 1958) en mi ciudad provenzal de Aix, la mitad de mis compañeros llevaban nombres franceses y la otra mitad nombres italianos, españoles, griegos, armenios y vietnamitas. ¿Qué pasó con esa Francia tranquilamente integradora de los años 1950-1980? Esos años, cierto, fueron los de la reconstrucción y del crecimiento económico, los llamados ´treinta gloriosos´ (años). Dos elementos de las tensiones actuales son la concentración geográfica de los inmigrados y el cambio en sus orígenes geográficos, y por lo tanto culturales. Las ideas xenófobas tienen éxito en las regiones con más de 10% de inmigrados. Ahí el Frente Nacional gana sus victorias: el sur mediterráneo y las zonas industriales. En los años sesenta 80% de los inmigrados eran europeos. Hoy portugueses, italianos y españoles son un 33% ´latino´ (y católico); hay un tercio ´árabe´ (y musulmán) venido de Argelia, Marruecos y Túnez. Los africanos negros no son más de 10%, concentrados en París y su región, pero esa cifra se ha duplicado en 30 años; 20% son desempleados (media nacional 13%) pero esa cifra alcanza 40% para los de 15 a 24 años. En un país con natalidad baja y familias de 1 ó 2 hijos, la juventud inmigrada (o la segunda generación nacida en Francia) es especialmente visible, tanto más cuanto es la primera víctima de la cesantía. Esos ´morenos´, especialmente numerosos en los barrios proletarios, pueden integrar pandillas ruidosas, molestas, peligrosas. El vecindario proletario, francés ´viejo´ o reciente, es el que tiene las reacciones negativas y puede votar por el Frente Nacional. Francia, como muchos países, necesita a los inmigrantes. Además ¿quién puede parar las corrientes migratorias en nuestro mundo, sin poner fin a la democracia y a la economía de mercado que hacen la apología de la libertad de circulación? Los inmigrados sirven ahora de chivo expiatorio cuando no tienen nada que ver con problemas mayúsculos, como la revolución económica que hace escasear los empleos. Si Francia no tiene el discurso estadounidense de ´tierra de inmigrados´ de melting pot, siempre ha sido un país complejo, políticamente unificado, pero hecho de muchas casi-naciones. Los extranjeros han contribuido a construir este país y a enriquecer su cultura. Las naciones y las culturas que tratan al extranjero como un enemigo juegan un juego muy peligroso. jean.meyer@cide.edu Profesor investigador del CIDE
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