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| Gran satanás contra eje del mal |
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Jean Meyer
El Universal Domingo 02 de julio de 2006 |
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Supuestamente, el 11 de junio pasado Mahmud Ahmadineyad, presidente iraní y ferviente del futbol en un país de futbolistas, iba a viajar a Nuremberg para asistir al partido entre Irán y México. El anuncio de su posible presencia había despertado una polémica en Alemania por sus negaciones repetidas del genocidio contra los judíos y, además, el gobierno alemán temía que los grupos neonazis viniesen a manifestar su simpatía por él, en una ciudad con un pesado pasado nazi. Finalmente no vino y el 11 de junio que vio la victoria mexicana, no creó problemas para Alemania que participa, con las cinco grandes potencias del Consejo de Seguridad, en las negociaciones con Teherán sobre su eventual programa nuclear militar. Hasta ahora los esfuerzos para detener el proyecto de Kim Jong Il en Corea del Norte han resultado infructuosos; tanto Pyongyang como Teherán han demostrado que el camino hasta ahora seguido no lleva al éxito. La meta de impedir la expansión del club nuclear militar ha sido muy difícil de alcanzar y los potenciales de proliferación nuclear son muy amenazadores. El conflicto entre la comunidad internacional (dividida) e Irán a propósito de sus planes nucleares estalló en 2002, cuando se comprobó que el gobierno iraní había desarrollado en secreto, durante 18 años, un programa atómico, a espaldas de la OIEA, esa oficina de las Naciones Unidas. Ciertamente en 1974 el monarca Reza Pahlevi, shah de Irán, había lanzado un programa nuclear con el beneplácito de Estados Unidos, incluso en su vertiente militar. El gran ayatola Jomeini, a la hora del triunfo de la revolución islámica, suspendió ese programa, pero fue retomado años después y cuidadosamente disimulado por sus herederos, en el marco de la guerra contra un Saddam Hussein, entonces apoyado por Estados Unidos y Europa. La guerra de 1991 de la ONU contra Irak confirmó los ayatolas en su determinación nuclear y la de 2003 aún más; el respeto manifestado por Washington hacia Corea del Norte, porque podía tener la bomba, tenía que fortalecer su voluntad. De 2002 hasta la fecha la historia de la crisis alrededor de la eventual bomba iraní se puede resumir así: dos pasos adelante y uno atrás, de modo que Teherán gana tiempo y acelera el paso. Hace un año el laico Mahmud Ahmadineyad ganó las elecciones presidenciales y no tardó en reanudar un programa nuclear suspendido de manera momentánea, en el transcurso de ese interminable pasodoble con la comunidad internacional. La vieja revolución islamista ha encontrado en ese líder populista al salvador del orgullo nacional iraní, un hombre que supo hacer del programa nuclear una causa nacional, hasta entre la oposición, la que está en el país y la que vive en exilio. Uno puede preguntarse si los miembros del club nuclear, que son los mismos cinco permanentes del Consejo de Seguridad, han planteado bien el problema. Quieren cerrar a Irán el paso hacia las armas nucleares, invocando los peligros (muy ciertos) de la proliferación nuclear. Olvidan que no pudieron o no quisieron cerrar el mismo paso a Israel, India, Paquistán y, quizá, a Corea del Norte. Por cierto, tanto Paquistán como Corea han ayudado bastante a los iraníes. Los argumentos empleados por el general De Gaulle para dotar a Francia de la bomba, contra la voluntad de los dos Grandes, valen también para Irán. ¿Entonces? Nadie puede prohibir a un país que desarrolle la energía atómica con fines civiles, pero como no hay frontera entre el uso pacífico y el uso militar, pretendieron, hasta hace un mes, que Irán renunciara a toda actividad nuclear. Al escuchar este sencillo enunciado, uno se pregunta si no se trata de un falso problema: ¿cómo impedir que Teherán logre la bomba? ¿Bombardeando sus instalaciones diseminadas, a veces enterradas, en unos 600 sitios? Sólo un loco puede soñar con un "golpe quirúrgico" tan preciso como decisivo. Sería desatar una crisis de consecuencias incalculables, como bien lo han dicho excelentes analistas estadounidenses, hombres que tuvieron grandes responsabilidades en la defensa y en la diplomacia de su país, como Z. Brzezinski o Joseph S. Nye. El primero afirmó el 27 de abril que tal ataque sería "un acto de desatino político que pondría en marcha una tormenta progresiva en los asuntos internacionales (...) que podría llevar la era de la supremacía de Estados Unidos a un final prematuro". En cuanto a J. S. Nye, piensa (25 de mayo) que eso "ayudaría a consolidar el apoyo nacionalista iraní al gobierno y a su programa nuclear" y que Washington debe "abandonar las tentaciones de un cambio de régimen mediante la fuerza". Esos hombres argumentan que la disuasión funcionó en las relaciones entre la URSS y Estados Unidos a lo largo de la guerra fría, y más recientemente en las relaciones entre esos rudos enemigos que son India y Paquistán. ¿La diplomacia, pues, en lugar de la guerra? Los europeos negociaron durante cuatro años con los iraníes, en vano. A fines de mayo, París pidió un diálogo directo entre Washington y Teherán (desde 1979 no hay relaciones entre los dos): "Los europeos hicimos todo lo que estaba en nuestro poder. No es suficiente, los estadounidenses tienen que entrarle". Por su lado el rey Abdulá de Jordania afirmaba que "pegarle a Irán provocaría la explosión de toda la región. El diálogo, la paciencia y la diplomacia son la única solución". ¿Alguien le habrá recordado al presidente Bush que en 1972 su antecesor dio un giro revolucionario a la diplomacia frente a Pekín, línea totalmente negativa desde 1949? En un dos por tres reconoció al Estado comunista. El caso es que unos días después, Washington ofreció el diálogo directo con Teherán, con una condición: que Irán suspenda primero el enriquecimiento de uranio. Condición evidentemente inaceptable, pero algo es algo y se puede decir, como Churchill, "si no es el principio del fin, es el fin del principio". Hablar de diálogo, sin mencionar más que "todas las opciones están abiertas, incluso la de la guerra", es un primer paso. Al mismo tiempo, Javier Solana viajaba a Teherán para presentar, en nombre de Europa y de las grandes potencias una oferta nuclear: ya no se habla de que Irán renuncie a la energía nuclear civil. "Son unos pasos positivos", dicen los iraníes. A ver qué sigue, pero el baile va para largo. jean.meyer@cide.edu Profesor, investigador del CIDE
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