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| Gobierno global |
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José Luis Calva
El Universal Viernes 28 de abril de 2006 |
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La solución a la creciente polarización socioeconómica causada por el estilo neoliberal de globalización -que beneficia a una minoría y empobrece (o no beneficia) a la mayoría de los habitantes del planeta- no consiste en que los países en desarrollo se salgan de la mundialización y se refugien dentro de sus fronteras nacionales. "La cuestión central en disputa -ha escrito Amartya Sen, premio Nobel de Economía 1999-, no es la globalización en sí misma, ni tampoco el uso de los mercados como institución, sino la inequidad en el balance general de los arreglos institucionales, lo que provoca una distribución muy desigual de los beneficios de la globalización". "Según se ha demostrado ampliamente en estudios empíricos, los resultados del mercado se ven enormemente influidos por las políticas", de manera que "la acción pública puede alterar radicalmente el resultado local y global de las relaciones económicas". Por ejemplo, "los arreglos que conciernen a la seguridad social y otras formas de intervención pública pueden modificar los resultados de los procesos de mercado y, juntos, pueden provocar distintos niveles de desigualdad y pobreza". Por eso, "existe una urgente necesidad de reformar los arreglos institucionales con el fin de vencer los errores de omisión y de obra que tienden a dar a los pobres del mundo oportunidades tan limitadas. La globalización merece una defensa razonada, pero también necesita reformas" (A. Sen, How to Judge Globalism, en The American Prospect, Vol. 13, Núm. 1, 2002). Parece una tarea titánica y prácticamente utópica. Pero si la integración económica global resulta ser un proceso inesquivable, también lo serán los arreglos internacionales y las instituciones de buen gobierno de la economía global. Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía 2001, ha coincidido con Amartya Sen en la necesidad de construir instituciones globales que mejoren los resultados de los procesos de mercado y distribuyan con mayor equidad sus beneficios. "En el actual proceso de globalización tenemos un sistema al que llamo ´manejo global sin gobierno global´. Instituciones como la Organización Mundial de Comercio, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras, conforman un sistema ad hoc de manejo global, pero que está muy lejos de ser un gobierno global y carece de un mecanismo democrático de rendición de cuentas". ("Globalism´s Discontents", en The American Prospect, Vol. 13, Núm. 1, 2002). La tarea consistiría, entonces, en reformar las políticas y formas de gobierno de estos organismos internacionales. En primer lugar, la arquitectura del sistema financiero internacional debería ser rediseñada para conseguir una mejor gestión de los mercados financieros globales, ante la vulnerabilidad de los países en desarrollo frente a las oleadas de "exuberancia irracional", sucedidas de bruscas retracciones del capital financiero internacional. En segundo lugar, el enorme desperdicio de recursos -humanos, naturales y de capital-, provocado por la volatilidad en el crecimiento económico de numerosos países en desarrollo entrampados en la ortodoxia del Consenso de Washington, debería superarse mediante la aplicación de políticas macroeconómicas contracíclicas, orientadas al pleno empleo y no sólo hacia la estabilidad de precios. Pero tan sólo este par de reformas no parecen ser tarea fácil. De hecho, la institución financiera internacional que impone las políticas económicas a los países en desarrollo que caen en su telaraña -según el autorizado testimonio de Stiglitz-, "sólo escucha las voces de la comunidad financiera". Ahora bien, precisamente "el peso desproporcionado que el FMI ha dado a la ideología, los intereses y las perspectivas de la comunidad financiera de los países industrializados, hace que las posibilidades actuales de éxito de la reforma sean magras". Además, otros arreglos institucionales son necesarios en materia de comercio, servicios, migración internacional y derechos de los migrantes, propiedad intelectual y difusión de tecnologías, seguridad alimentaria, sustentabilidad y desarrollo ambiental, etcétera, a fin de arribar a un gobierno global de carácter democrático, que tenga por mandato el crecimiento económico general y el reparto equitativo de sus beneficios. La prospectiva es obvia: dada la dimensión y complejidad de las reformas, su cristalización plena no se vislumbra cercana. Por eso, es necesario poner mayor énfasis en un camino alterno, configurado a fuerza de audacia e iniciativa histórica por ejemplares países que han diseñado sus propias estrategias de desarrollo, desechando los dogmas neoliberales que los países hegemónicos predican, pero no aplican en sus territorios. Como ha observado Stiglitz: "Cada uno de los países que han tenido mayor éxito en la globalización determinó su propio ritmo de cambio; cada uno se aseguró al crecer que los beneficios se redistribuyeran con equidad y rechazó los dogmas básicos del Consenso de Washington que postulaban un papel mínimo del gobierno y una rápida privatización y liberalización". Desde luego, la viabilidad de estrategias endógenas de desarrollo e inserción exitosa en la globalización, no excluye la conveniencia de mejores y más amplios arreglos institucionales para ir nivelando el disparejo campo de juego de la economía global. Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM
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