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| La maternidad herida |
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María Teresa Priego
El Universal Jueves 27 de abril de 2006 |
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Isabel Miranda habló con su hijo el 11 de julio del 2005. Hugo Alberto iba al cine. "Te amo". "Yo también". Después el silencio. Su hijo desapareció. Isabel hizo la denuncia y comenzó a buscarlo. Encontraron su camioneta. Un vecino afirmó que de esa camioneta sacaron a un muchacho a empellones. Tras un intercambio cifrado en los periódicos, concediéndole y arrebatándole esperanzas a la familia de Hugo Alberto, los secuestradores se esfumaron. Creyeron que podían esfumarse. Así sucede. Impunemente. Frente a esa casa de seguridad donde su hijo estuvo secuestrado, comenzó la interminable jornada de la señora Miranda, por encontrarlo. La impotencia ante la falta de resultados en la investigación, la lanzó a la calle, detrás de cada mínima información que la acercara a Hugo Alberto. Disfrazándose para no ser reconocida, inventando historias para obtener información, vigilando puertas de entrada. Noche y día. "Las fieras defienden a sus hijos", declaró hace años doña Rosario Ibarra. Treinta años buscando a Jesús. Con esa fuerza. Ella, con las madres del Comité ¡Eureka!. Ellas, como las Madres de la Plaza de Mayo, luchando contra la impunidad del secuestro y asesinato de Estado. Las madres de las niñas, adolescentes y mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, luchan desde su asociación, "Nuestras hijas de regreso a casa", contra un adversario igualmente feroz: los asesinos impunes, las investigaciones mal hechas, los gobiernos sucesivos paralizados ante la violencia. Los cuerpos aparecen torturados. Los crímenes de odio, contra las mujeres, se repiten en Chimalhuacán. ¿Dónde están los culpables? Las madres llevan sus preguntas de una oficina a la otra, de una "autoridad", a la otra: "¿Dónde está mi hija?" "¿Dónde está mi hijo?". "¿Qué le hicieron?" "¿Quién me va a dar una respuesta?" "¿Está vivo?" "¿Dónde está su cuerpo?" Isabel ha ido entregando -uno a uno- a los integrantes de la banda. Tiene miedo. No le importa. Le dijeron en la Procuraduría que mataron a Hugo Alberto. El inmenso aparato del Estado le falló. Y ella le probó a la Procuraduría General de Justicia, a la Agencia Federal de Investigación, a la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal, que los criminales pueden ser ubicados, y detenidos. Es inmenso. Es pasmoso. Es indignante. Donde los cuerpos de "élite", formados, armados y con chalecos antibalas no actúan, Isabel, pequeñita, y con su mirada de fiera herida, supo jalar, cada uno de los hilos que la acercaron a la banda. Al presunto jefe de la banda lo señalaba una particularidad: trae tatuada la imagen de su madre. Cuando Isabel Miranda lo enfrentó, levantó la manga de su camisa para constatar: la imagen materna estaba en su brazo. Lo entregó. "Pasan los meses, los meses y no sé dónde está mi hijo, eso me tiene desesperada y con mucho temor, si 97% de los delitos quedan impunes no sé qué va a pasar". Las Madres de la Plaza de Mayo llevan un pañuelo blanco en la cabeza. La memoria de un pañalito. Del comienzo. En la muerte de un hijo, la realidad transgrede ferozmente, la más indispensable de las leyes humanas: un día nos vamos, y ellos se quedan. Nos despiden desde sus vidas. ¿Cómo puede ser de otra manera? La irrupción de la violencia. Hugo Alberto no regresó, su madre se convirtió en una militante. Su maternidad herida. Lo indecible. Su dolor. Señores procuradores: ¿dónde está el cuerpo del hijo de Isabel Miranda? ¿Qué no escucharon? Su madre lo está buscando. Escritora
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