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| Asimetrías |
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José Luis Calva
El Universal Viernes 21 de abril de 2006 |
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Las asimetrías existentes en las relaciones económicas internacionales, entre países industrializados y naciones en desarrollo, han sido tema recurrente en los foros internacionales y, desde luego, materia de nutridos análisis entre la intelectualidad académica. "Los principales beneficiarios de la liberalización del comercio -reconoció, por ejemplo, el documento preparatorio de la Cumbre de Monterrey, de la Organización de las Naciones Unidas- han sido los países industrializados". "Los productos básicos respecto de los cuales los países en desarrollo son sumamente competitivos, son precisamente aquellos a los que la mayoría de los países adelantados aplican el mayor grado de protección. Entre ellos figuran no sólo los productos agrícolas, sino también los industriales sujetos a obstáculos arancelarios y no arancelarios", que "afectan fundamentalmente a los países en desarrollo" (ONU, Resumen del Informe del Grupo de Alto Nivel sobre la Financiación para el Desarrollo, 2002). Cierto, las evidencias indican que los países desarrollados incumplen más los dogmas de la liberalización comercial a ultranza. El disparejo campo de juego de la economía internacional es particularmente evidente en los llamados mercados financieros globalizados. En un testimonio que Paul Volker rindió ante el Congreso de EU, con motivo de la crisis asiática, esta disparidad fue gráficamente descrita: "Hay un agudo conflicto entre las finanzas mundiales y los pequeños mercados emergentes, causado por la cantidad de dinero que se mueve casi sin previo aviso, impelida por el afán de alta rentabilidad, en volúmenes que abruman a estas economías. No se trata de grandes transatlánticos como Estados Unidos que pueden flotar en esas aguas. Se trata de canoas del Pacífico sur que pueden darse vuelta de campana" (citado por David Félix, "La globalización del capital financiero", en Revista de la Cepal, octubre/98). Cierto, la liberalización financiera acrecentó en forma dramática la vulnerabilidad de las economías en desarrollo, haciéndolas presa de las oleadas de "exuberancia irracional" -como denominó Greenspan a las gigantescas burbujas especulativas-, las cuales son seguidas por bruscas retracciones financieras, con efectos devastadores para las economías en desarrollo. Ahora bien, la liberalización financiera es sólo un aspecto de la asimétrica relación internacional en materia de servicios. "¿Cuáles fueron -cuestionó el profesor Joseph Stiglitz- los servicios que EU calificó de muy importantes? Los servicios financieros, en los cuales Wall Street tiene ventaja comparativa. La construcción y los servicios marítimos no se incluyeron en la agenda, porque en esos rubros la ventaja comparativa sería para los países en desarrollo" (J. E. Stiglitz, "Globalism´s Discontents", en The American Prospect, volumen 13, número uno, enero/2002). Son realidades que contrastan abismalmente con la visión romántica de la globalización. En materia de políticas macroeconómicas, las asimetrías no son menos dramáticas. Mientras los industrializados aplican políticas fiscales y monetarias expansivas (contracíclicas) para apuntalar su crecimiento económico cuando se ve amenazado por una recesión o por una fuerte desaceleración (incurriendo en elevados déficit fiscales y en laxas posturas monetarias), la receta que prescriben a los países en desarrollo -a través del FMI- es exactamente la contraria: austeridad fiscal y "disciplina" monetaria, aunque nuestras economías se hundan en la recesión. Finalmente, los "expertos" del FMI suelen presionar a los países en desarrollo para que supriman sus políticas industriales y agrícolas, asegurándoles que de ese modo lograrán una asignación más eficiente de sus recursos productivos y, en consecuencia, mayores tasas de crecimiento. Sin embargo, los países industrializados no desmantelan sus políticas de fomento, manteniendo incentivos no sólo para sus industrias estratégicas -como la aeroespacial y la electrónica-, sino también para sectores tradicionales, como el agrícola. En suma: lo que ocurre en la "aldea global" es que mientras los países desarrollados -sobre todo EU- pregonan e imponen a numerosos países en desarrollo el libre cambio y la rectoría irrestricta del mercado en los procesos económicos, en sus propios territorios aplican estrategias de mercado administrado, conservando amplios márgenes de intervención estatal en la promoción del desarrollo económico así como en el bienestar social. En contraste, los países en desarrollo que son sometidos a una reestructuración neoliberal, quedan supeditados a las señales inmediatas del mercado (un mercado, por cierto, altamente distorsionado por las corporaciones transnacionales y por las políticas comerciales e industriales de los países exitosos), sin proyecto estratégico propio, con creciente desigualdad y desarticulación de sus plantas productivas, creciente vulnerabilidad externa y grave deterioro social. Como resultado, se profundiza el reparto desigual de los beneficios del desarrollo global: mientras el PIB per cápita de los países industrializados pasó - cifras del Banco Mundial- de 9 mil 507 dólares corrientes en 1980, a 32 mil 689.6 dólares en 2004; el PIB per cápita de los países en desarrollo sólo pasó de 884 dólares a mil 531.2 dólares durante el mismo lapso. No está al alcance de México poner fin a las asimetrías en la globalización, pero sí es factible desechar los dogmas del Consenso de Washington, adoptando una estrategia endógena de desarrollo e inserción eficiente en la globalización. Investigador del IIE-UNAM
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