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| Escenarios económicos 2006-2025 |
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José Luis Calva
El Universal Viernes 31 de marzo de 2006 |
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SI la economía mexicana mantiene la tasa media de crecimiento observada bajo el gobierno del presidente Fox (1.82% anual durante el quinquenio 2001-2005), en el año 2025 México continuará siendo un país subdesarrollado. Nuestro PIB por habitante será de 8 mil 871 dólares anuales (a precios de 2005: véase cuadro), inferior a los 10 mil dólares per cápita que marcan la frontera entre los países industrializados -o de altos ingresos-, y los países subdesarrollados. Ahora bien, si la economía mexicana se comporta un poco menos mal que bajo el "gobierno del cambio", presentando una tasa media de crecimiento igual a la observada durante los 23 años de experimentación del modelo económico neoliberal (2.38% anual durante el periodo 1983-2005), entonces nuestro país alcanzará un PIB per cápita de 9 mil 900 dólares en 2025, de modo que al término del primer cuarto del siglo XXI, México continuará siendo un país subdesarrollado. Finalmente, si México se atreve a sacudirse los dogmas del Consenso de Washington, diseñando endógenamente su propia estrategia de desarrollo e inserción eficiente en la economía global, es perfectamente factible -como lo muestran las evidencias empíricas internacionales de las economías exitosas, así como nuestra propia experiencia histórica- que nuestra nación reencuentre el camino del crecimiento económico sostenido, por lo menos a una tasa media similar a la observada bajo el modelo económico precedente al neoliberal (6.1% anual durante el periodo 1934-1982). En este escenario, México alcanzará un PIB per cápita de 20 mil 213 dólares en 2025, dejando atrás el subdesarrollo para incorporarse al selecto club de países industrializados o de altos ingresos. La clave consiste en atreverse a cambiar, desechando la estrategia económica basada en el decálogo de "reformas estructurales" y "disciplinas macroeconómicas" del Consenso de Washington. De otro modo, la historia de nuestro pasado reciente -casi un cuarto de siglo perdido para el desarrollo- será el espejo de nuestro futuro. No hay que olvidar que causas iguales producen efectos iguales: la estrategia neoliberal ha traído consigo -debido a su fundamentalismo macroeconómico, centrado en la inflación y no en la economía real- los repetidos ciclos de freno y arranque, que han originado un volátil y exiguo crecimiento agregado del PIB per cápita (apenas 0.6% anual en el periodo 1983-2005); ha profundizado -a causa de su aperturismo comercial a ultranza, combinado con el desmantelamiento de las políticas de fomento económico general y sectorial- la desarticulación interna y la desigualdad tecnológica y de productividad entre los distintos sectores y ramas de la economía, con un escaso crecimiento del empleo formal y un creciente desempleo encubierto en el sector informal (de baja tecnología y productividad), y ha provocado, en consecuencia, el ensanchamiento de las desigualdades en la distribución del ingreso y el incremento de la pobreza. Para escapar del extravío neoliberal es necesario realizar un magno esfuerzo de buena fe e inteligencia ciudadana para diseñar e instrumentar un nuevo proyecto económico que realmente nos conduzca hacia el camino de la prosperidad y, en consecuencia, asegure a cada mexicano de opción certera de una existencia digna. Utilizando los márgenes de maniobra que México tiene dentro de las realidades del entorno económico internacional, así como en función de nuestras propias realidades y potencialidades, es factible construir una nueva estrategia de desarrollo capaz de superar el pobre y errático desempeño mostrado por la economía mexicana durante el último cuarto de siglo, fortalecer la cohesión social de la nación y abrir los cauces de un desarrollo acelerado e incluyente. Para lograrlo son necesarios los siguientes cursos de acción fundamentales. Primero, políticas macroeconómicas contracíclicas para minimizar la volatilidad en el crecimiento del producto nacional y del empleo. Segundo, políticas de fomento económico general y sectorial que amplíen y mejoren la infraestructura, impulsen el desarrollo de las ramas productivas estratégicas y estimulen los encadenamientos productivos, con énfasis en la generación de mayor valor agregado y en la más alta generación de empleos. Tercero, políticas educativas, de desarrollo científico-técnico, capacitación laboral e inducción de la innovación, que contribuyan a la elevación general de la productividad y favorezcan, en particular, la creación y desarrollo de "industrias del conocimiento". Cuarto, políticas sociales de cobertura universal (salud, seguridad social, vivienda digna, etcétera), combinadas con una estrategia claramente orientada a mejorar gradualmente la distribución del ingreso, a fin de lograr un México más equitativo e incluyente, con un robusto mercado interno. Quinto, programas sociales -y de fomento microeconómico y microrregional- orientados hacia los grupos sociales más rezagados o marginados, a fin de asegurar y acelerar su plena incorporación a las tareas y los beneficios del desarrollo. La necesidad de políticas macroeconómicas contracíclicas deriva del elevado costo de la volatilidad en el crecimiento económico, que no sólo genera una grave subutilización promedio de la capacidad productiva instalada, afectando las plantillas laborales y las utilidades empresariales, sino que reduce las tasas medias de crecimiento de la inversión y, en consecuencia, de generación de nuevos empleos. Contrario sensu, sólo mediante un crecimiento sostenido de la economía será factible generar los puestos de trabajo suficientes y de mejor calidad para las nuevas generaciones, así como para ir absorbiendo a los excluidos por el modelo neoliberal. Por eso, la aplicación de políticas contracíclicas -que reducen la volatilidad del crecimiento económico, que en América Latina es la más alta del mundo- son condición sine qua non para la reducción de la marginación y la pobreza. En segundo lugar, el despliegue de políticas activas de fomento de las actividades productivas deriva de la necesidad de crear sinergias permanentes entre los sectores productivos para asegurar la generación de suficientes empleos dignos; para reconstruir y articular los eslabones de las cadenas productivas, hoy rotas por el creciente componente importado de las exportaciones (que hacen del sector exportador una suerte de economía de enclave); para cerrar la brecha tecnológica y de productividad entre México y los países desarrollados, impulsando el desarrollo de las actividades económicas tradicionales, pero también de las industrias y servicios de alta tecnología, como lo han hecho países exitosos que han partido de un nivel de desarrollo inferior al de México. Esto permitiría mejorar la calidad de los empleos, diversificar nuestra planta productiva y elevar su eficiencia de manera sistemática. Con mejores tecnologías y más productividad será posible una mayor generación de empleos calificados y mejor remunerados, permitiendo elevar el nivel de vida de la población de manera sostenible. En tercer lugar, la formación de recursos humanos a través de la educación, la capacitación, la investigación científico-técnica y la inducción de la innovación, se encuentra en la base del éxito económico de las naciones; constituye un camino seguro para elevar la productividad y generar empleos cada vez mejor remunerados; y es la clave para que México logre ir cerrando las brechas -de productividad, ingreso y calidad de vida- que nos separan de los países industrializados de altos ingresos. En cuarto lugar, las políticas sociales de cobertura universal (además de un eficiente sistema de educación pública, sistemas eficaces de salud pública, seguridad social, etcétera), combinadas con políticas claramente orientadas a mejorar gradualmente la distribución del ingreso, son componente esencial de un desarrollo económico robusto e incluyente, sustentado en un vigoroso mercado interno y en una sólida cohesión social. En quinto lugar, programas específicamente orientados a la atención de los grupos sociales más vulnerables y rezagados (ergo, marginados) son cruciales para romper los círculos viciosos de pobreza, a través del acceso a los satisfactores básicos de alimentación, vestido y vivienda, así como a los servicios de salud, educación, infraestructura (agua potable, caminos, etcétera), y a través de programas microeconómicos y microrregionales que impulsen la productividad, la innovación y los encadenamientos productivos. No hay que olvidar que una nación que -por el desempleo y el subempleo- sólo está aprovechando la mitad de sus recursos humanos, está desperdiciando la mitad de sus posibilidades de generar riqueza; contrario sensu, la plena incorporación de todos los segmentos sociales a las tareas y los beneficios del desarrollo es palanca fundamental de la inserción digna de México en los mercados globales. Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM
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