Formato de impresión patrocinado por


Mujeres en el mundo
Amalia García
El Universal
Jueves 16 de marzo de 2006


EL sábado pasado tuve el agrado de asistir a la toma de posesión de Michelle Bachelet como presidenta de Chile. Es la primera mujer de su país que asume la más alta responsabilidad pública, como antes fue también la primera en tomar el mando de las Fuerzas Armadas; ella, que en carne propia sufrió las arbitrariedades de la dictadura pinochetista. Su fuerza, su inteligencia, su tolerancia y su alegría convencieron a los ciudadanos para darle las riendas del gobierno nacional. Ahora es una de las 11 jefas de Estado o de gobierno que existen en el mundo.

Y junto con la alegría que nos provoca su ascenso -que compartimos con las orgullosas chilenas y con todo el pueblo de ese país- también es oportuno reflexionar acerca de la desigualdad de oportunidades que prevalece entre los géneros cuando en todo el mundo apenas 11 mujeres dirigen a sus países; arribar a estos espacios de decisión y de gran responsabilidad sigue siendo la excepción.

Y esta situación no tiene que ver, desde luego, con falta de capacidades o de responsabilidad, al contrario; en el gobierno de Zacatecas hemos encontrado que al entregar créditos o apoyos para proyectos productivos, los que tienen una tasa de recuperación más alta son aquellos encabezados por mujeres, porque ponen un empeño adicional para cumplir con sus objetivos.

Entonces, de dónde proviene esa especie de "techo de cristal invisible", que hace muy difícil que puedan ocupar estos cargos. Está sin duda en la disposición de nuestras estructuras que mantienen barreras económicas, sociales, educativas y políticas a la participación de las mujeres.

Según del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, de los mil millones de personas más pobres del mundo, 60% son mujeres y niñas; 70% de los 130 millones de infantes que no asisten a la escuela son niñas y las mujeres representan dos terceras partes de los casi mil millones de adultos que no saben leer.

Estas condiciones dificultan, desde luego, su participación en los procesos de desarrollo y también en la toma de decisiones políticas.

Decía que actualmente sólo 11 mujeres conducen a sus países pero también su representación en los parlamentos es escasa y lo habitual es que no participen en ellos; en todo el mundo, apenas ocupan 16% de los espacios legislativos.

Podemos decir que la exclusión tiene rostro de mujer y a pesar de ser uno de los Objetivos del Milenio, la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de las mujeres están claramente rezagados.

Por eso, los estados están obligados a establecer medidas rápidas y eficaces para garantizar equidad en el acceso a las oportunidades. Es necesario impulsar políticas públicas y acciones afirmativas con compromisos y metas claras a fin de ir incorporando a más mujeres a los altos puestos de decisión.

Y son varias líneas en las que hay que trabajar, desde nuestra realidad local. Una fundamental es, desde luego, la elaboración de los presupuestos públicos con perspectiva de género, que etiquete recursos en forma transversal para fortalecer la iniciativa de las mujeres.

Pero también, es necesario que en los programas relacionados con desarrollo económico, capacitación para el empleo y proyectos productivos en la ciudad y en el campo, existan porcentajes y montos muy importantes destinados al desarrollo de las mujeres.

Ahí está la experiencia de los países nórdicos -que ocupan los más altos lugares del Índice de Desarrollo Humano- con sus políticas de equidad y de promoción de la participación de las mujeres.

Un documento del Foro Económico Mundial, dado a conocer en mayo pasado, reportó que las naciones con mayor equidad entre los géneros son Suecia, Noruega, Islandia, Dinamarca y Finlandia. Estos países han generado un modelo que promueve pagos iguales por trabajos iguales, acceso al mercado laboral, representación de las mujeres en política, acceso a la educación y acceso a la salud.

El reporte considera estas políticas como un modelo para el resto del mundo y atribuye a ellas parte de la explicación de los lugares privilegiados que ocupan también en los índices de competitividad global. Son países que han logrado el empoderamiento de las mujeres y que han logrado capitalizar los esfuerzos y recursos que puede aportar la mitad de su población.

Quienes exigimos medidas inmediatas para incorporar a las mujeres en las dinámicas sociales no sólo expresamos una convicción de equidad y solidaridad, sino también una exigencia objetiva de nuestra realidad: la discriminación es un obstáculo para el desarrollo.

A menos que se logre su participación equitativa en la vida política, todos los miembros de la sociedad se perjudicarán. En los organismos del Sistema de Naciones Unidas se expresa con claridad "el progreso de la mujer es el progreso de todos". La inclusión de las mujeres y de todos los que han sido excluidos es una forma comprobada de acelerar el desarrollo humano.

Si asumimos medidas inmediatas para fortalecerlas en sus iniciativas y sus capacidades, lograremos eliminar en forma irreversible esas barreras que hasta hoy prevalecen y que sólo nos limitan nuestras propias capacidades como nación.

Gobernadora de Zacatecas



© Copyright El Universal-El Universal Online