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| Contra la inevitabilidad |
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Ricardo Pascoe Pierce
El Universal Miércoles 15 de marzo de 2006 |
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NI modo. Es parte de la guerra que es una campaña. Hay que entrar de lleno a los temas tan difíciles como lo son delicados. La premisa básica reside en que, de no hacerse consciente el tema o de pensar que ignorándolo desaparecerá, está presente y te puede derrotar por la puerta trasera si es que no se entiende y atiende. Resulta que parte de la crisis política que vive el país es el peligroso divorcio entre la clase política y el pueblo en general. A veces da la impresión de que ambos viven o en mundos distintos o a partir de realidades opuestas. Uno de los reflejos más acuciantes de este fenómeno se refiere a la calificación dada al desempeño del presidente Fox por las encuestas. Sí; las mismas encuestas que resultan creíbles a la hora de definir el ranking electoral. Esas mismas encuestas le dan al presidente Fox un nivel de aprobación de 65% a nivel nacional. El Presidente es popular; incluso, muy popular. Más que muchos presidentes mexicanos al dejar su cargo. ¿Por qué entonces, preguntan los estudiantes aplicados, su partido no ganó en el estado de México, si el Presidente es tan popular? Ricardo Lagos, ahora ex presidente de Chile, dejó la presidencia con los mismos niveles de aprobación que los de Fox, y es considerado por los mismos chilenos como "el mejor presidente" que hayan tenido en toda su historia. Cierto o no, el hecho es que en Chile existe una correspondencia entre el nivel de aprobación popular del presidente y la opinión que el ex presidente recibe de la clase política de ese país. La candidata presidencial de Lagos, Michelle Bachelet, a la postre la actual mandataria de Chile, ganó ese puesto con escasos puntos porcentuales sobre su contrincante. Es decir, existe en ese país una clase política dividida en cuanto quién debiera ocupar la presidencia, pero que sin embargo tiene la capacidad de ponerse de acuerdo en las virtudes del mandatario saliente. En Chile se entiende, por su madurez política, que alabar o aprobar al presidente no le otorga votos, necesariamente. Es decir, popularidad y victoria electoral no son, en sistemas verdaderamente democráticos, sinónimos. Se empatan solamente cuando el sistema político-electoral admite las bases de la manipulación para coercionar al voto popular. Muy especialmente cuando los programas sociales y asistenciales son utilizados corporativamente para asegurar votos. En Chile no privó el corporativismo ni la coerción al voto. De ahí la escasa victoria electoral de Michelle Bachelet. Por la profunda división real en la sociedad chilena, más allá de la popularidad de Lagos. Las elecciones en el estado de México son un ejemplo de lo que sucede cuando una franja de la sociedad -franja mayoritaria- decide votar con la abstención. Entonces los resultados electorales -votos de quienes sí salieron a votar- se convierte en un fenómeno atribuible a los aparatos electorales de los partidos. El manejo corporativo de los pobres y los marginados, que reaccionan ante el temor de perder los pocos apoyos que reciben, se mueven ante el ojo avisor y atento de quien espera votos a cambio de regalías estatales. México es increíble y para Ripley. Los dos padrones electorales más importantes del país, el estado de México primero, y el Distrito Federal segundo, están controlados por férreos aparatos de control corporativo. Los votos de PRI y PRD en el estado de México corresponden al abstencionismo y el aparato corporativo de cada uno de ellos. Evidentemente el gobierno federal, que da más apoyos que cualquier gobierno estatal, no exige un voto a cambio de los apoyos que otorga. Quiere influir en la conciencia de la gente, pero no coaccionar su voto. Será ingenuidad, pero lo cierto es que hay una decisión que tomar, en las elecciones del 2 de julio, entre un modelo corporativo de sociedad o un modelo de ciudadanía libre. Es por ello que cuando se percibe, en algunos escritores y medios de la clase política mexicana, la insistencia en la tesis de la inevitabilidad de la victoria electoral del PRD resulta, en el mejor de los casos, una renovada muestra del divorcio entre clase política y pueblo. Es pensar que la decisión está tomada y es inamovible. Nada más falso e iluso. La decisión no está tomada. La decisión está en formación y toma muchos vericuetos para realizarse. Pensar, ahora, que los resultados electorales están definidos es desconocer, como lo hace con mucha frecuencia una clase política nerviosa y ansiosa, que los caminos por andar son extremadamente sinuosos y complejos. Es más, el peor error que se puede cometer en este momento es conformarse con creer en la inevitabilidad. ricardopascoe@hotmail.com Analista político
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