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Las dos campañas
Víctor Flores Olea
El Universal
Lunes 13 de marzo de 2006


CAUSA asombro que, en la oportunidad de que un candidato de izquierda llegue a la Presidencia de la República, una corriente distinguida de la misma se haya apartado. Y peor aun critique duramente a los dirigentes y, sobre todo, al mencionado candidato electoral de la izquierda.

Sin rodeos: el argumento principal de los dirigentes de la "otra campaña" es que precisamente Andrés Manuel López Obrador no es de izquierda. Y todavía: el hecho de que en ciertos momentos de la historia reciente, integrantes del PRD no sólo habrían fallado en apoyar algunos de los objetivos centrales del EZLN, sino que inclusive habrían sido agresores principales del zapatismo, como en Zinacantán, a principios de 2004, y después en La Realidad, en donde hubo tiros, heridos graves, secuestros y hasta tortura a zapatistas.

Y hecho mayor del agravio: los senadores del PRD le dieron la espalda a la Ley Cocopa, aceptada por el EZLN, que contenía demandas fundamentales del zapatismo sobre el reconocimiento constitucional de los derechos y cultura indígena. Tal voto quedaría como una mancha indeleble en el historial de esos senadores.

Tales ofensas estarían en la raíz de la dureza de Marcos cuando denuncia las traiciones del PRD y proclama su desconfianza (para decir lo menos) de la candidatura de López Obrador. Sus argumentos no son banales y explican, hasta un punto, sus emotivos (y razonados) pronunciamientos.

Pero la historia no ha llegado a su fin, tampoco la de los zapatistas y sus dirigentes, y menos la del pueblo mexicano. Deben recordarse algunos eventos reveladores próximos en el tiempo. Primero, el intento perverso del desafuero de Andrés Manuel López Obrador que, en el escenario de los intereses políticos y económicos, se "concertaron" sin tapujos y casi mafiosamente, variedad de fuerzas de la derecha que pretendían eliminar a AMLO de la batalla electoral.

Políticos, funcionarios públicos, integrantes de los poderes Legislativo y Judicial, grupos empresariales y financieros, clero reaccionario y, claro está, poderosos medios de comunicación, "concertados" por el Presidente de la República, buscaron con saña la exclusión electoral de López Obrador. Pocas veces en la historia de México se había visto una "confabulación" tan agresiva para alterar el normal desarrollo de unas elecciones presidenciales.

Ante tal ruindad, la sociedad mexicana vivió uno de sus momentos más altos de dignidad ciudadana y democrática, que culminó en la masiva manifestación de la ciudad de México, en abril pasado, oponiéndose al desafuero y sosteniendo que los procesos políticos democráticos, para que sean creíbles, no debieran enfrentar atracos de esa dimensión.

¿Resultado? Poco después y de manera sorpresiva Vicente Fox, la punta de lanza intelectual y política del desafuero, dio un viraje de 180% grados y ordenó a la Procuraduría General de la República retirar las acusaciones que eventualmente derivarían en la eliminación del AMLO de la campaña electoral.

En algunos medios trascendió que ese cambio intempestivo se debió a dos opiniones irresistibles: una, la del Ejército mexicano que habría expresado su preocupación por la línea de enfrentamiento con la sociedad en que se había enfilado el gobierno, expresando la no disponibilidad de las Fuerzas Armadas a resolver problemas políticos que pudieran evitarse, sobre todo en vista de las dramáticas experiencias del pasado que ya vivió el Ejército. La otra, en las mismas fechas, reflejaría el sentir de algún importante sector empresarial que habría expresado los graves riesgos de un enfrentamiento como el señalado, para la economía y los equilibrios financieros de México.

Por eso es que cayeron como un rayo las declaraciones del subcomandante Marcos, cuando además de las críticas al sistema político nacional dirigió sus dardos, con virulencia extrema, al PRD y sobre todo a Andrés Manuel López Obrador, con un lenguaje injurioso que no estábamos acostumbrados a escucharle al dirigente zapatista.

Llamó también la atención que el EZLN eligiera el momento del inicio de las campañas electorales para iniciar su "otra campaña" que, según lo declarado, no tenía ningún propósito político electoral. Se hizo entonces inevitable el "traslape" de las opiniones y que frecuentemente se tomara partido por uno u otro de los movimientos.

La polémica, las oposiciones y hasta la separación de contingentes de ambas campañas se hicieron inevitables. Muchos interpretaron que las críticas brutales de Marcos debilitaban objetivamente a la izquierda y un hecho desafortunado que favorecía a las fuerzas políticas y económicas que se oponían a la candidatura de López Obrador.

El otro argumento que ha circulado es el del pasado priísta de AMLO y el hecho de que un conjunto de políticos que ahora lo apoyan habrían participado de varias maneras, en algunos gobiernos y regímenes del PRI. La "pureza" obliga, sostienen algunos como núcleo del argumento, además de que inevitablemente se reviven etapas que parecían superadas en que las calificaciones o decisiones de los burós políticos resultaban suficientes para destruir reputaciones o vidas.

Se imponen varias reflexiones. Una de ellas es que ante la fuerza de los intereses políticos y económicos, de carácter interno y transnacional, que se oponen a la democracia y a la lucha por la igualdad de los pueblos, resulta lamentable que la izquierda, más allá de los castillos de la pureza, encuentren divisiones y separaciones en un momento que debía caracterizarse por la fuerza de la unidad. En efecto: "Un mundo en el que quepan todos los mundos".

Sobre todo considerando que los enemigos de la democracia, la igualdad social y la dignidad y respeto a los pueblos, es decir, los inveterados beneficiarios de la explotación, son capaces como nunca de sumar voluntades, recursos y decisión, a fin de hacer imposible las transformaciones hacia el mundo mejor que se busca. Con las separaciones todos perdemos y nadie gana.

Por supuesto que el EZLN tiene el cabal derecho de afirmar su movimiento a lo largo y ancho de la República. Y de conferirle los nuevos contenidos que exige su propia evolución. Pero ¿por qué emprender la batalla en la desunión, una lucha cuyo camino está erizado de obstáculos? ¿Es que no existe un enemigo común? La transformación de una sociedad es posiblemente el acto de creación histórica más complejo que existe. ¿Cómo enfrentarlo en el alejamiento y la merma de recursos?

Por supuesto, no se propone que el EZLN y la "otra campaña" asuman la candidatura de Andrés Manuel López Obrador. Lejos de ello. Pero sí parece posible y deseable que las líneas paralelas en que transitan ambas campañas sean capaces de comunicarse e inclusive, ojalá no excepcionalmente, de establecer aspectos comunes de convergencia y lucha. Vías paralelas sí, pero no en desconexión, y menos en oposición y pugna, como algunos lo han asumido.

En el horizonte sería deseable que ambos movimientos sociales pudieran fortalecerse uno al otro, apoyarse sin menoscabo de la independencia de cada uno, retroalimentarse sin perder autonomía ni independencia.

Es verdad que el subcomandante Marcos, en los últimos tiempos, ha disminuido considerablemente el volumen de sus desplantes críticos. Y tal medida ha beneficiado a la "otra campaña". En esta dirección de apaciguamiento encontramos algunos textos, como la famosa respuesta de Marcos a don Fermín, publicada en La Jornada a principios de agosto último, en que dice entender sus críticas y preocupaciones, y estar dispuesto, si fuera el caso, a pedirle disculpas a don Fermín y a muchos otros como él, por sus errores de apreciación (de Marcos).

Todo ello ha beneficiado también a la "campaña regular", en la medida en que se desvanece la inicial impresión de ruptura y alejamiento irreversibles.

Es verdad que ambas campañas se proponen en el corto y tal vez en el mediano plazo objetivos diferentes: en una, crear conciencia anticapitalista y socialista, en la otra, en lo inmediato, el triunfo electoral para la Presidencia de la República, y en el mediano y más largo plazo, construir un país con mayor autonomía y, sobre todo, asumir políticas de beneficio social en favor de todos los mexicanos, del mayor número que sea posible. Y esto, debe decirse, únicamente será viable si la política del nuevo gobierno logra una muy amplia base social de apoyo y militancia. En tal horizonte amplio se percibe la coincidencia ineludible de ambas campañas.

Es verdad, las tácticas de una lucha primordialmente de promoción y dirigida a las conciencias y a las voluntades, son por necesidad diferentes a las tácticas de una lucha electoral sembrada de obstáculos. Las definiciones programáticas y las palabras han de ser diferentes. Tal cosa es de elemental comprensión y no debiera ser motivo de ataques y descalificaciones.

Eso sí, la conciencia ciudadana y la opinión pública que se expresa libremente han de estar atentas al desarrollo de las políticas efectivas, y como ha ocurrido en los últimos tiempos, está comprometida a señalar los frenos o desviaciones que se observen en el camino.

Este tribunal de la conciencia pública y de sus expresiones calificadas es la mejor garantía social del desempeño de los gobernantes, el foro real de su rendición de cuentas y del juicio histórico. Tal actividad ciudadana de vigilancia no bajará la guardia. Las presiones de la derecha han de estar balanceadas por una presión del juicio ciudadano que no ha de permitir abandonos y renuncias de los objetivos por los que se ha luchado y eventualmente sufragado.

Tales son algunos elementos de la situación actual en el país, que se define por la lucha para una ampliación y profundización de la democracia. Obviamente, entendiendo a la democracia no como simple ceremonia electoral sino en un sentido mucho más cabal e íntegro: como un sistema político y social de ampliada participación ciudadana en la toma de decisiones y como una forma de vida, no sólo individual sino social, en que priven las libertades y la identidad de oportunidades para todos.

Este igualitarismo radical, y esta sociedad equitativa, que no sólo no han sido nunca ajenos a la idea democrática desde sus orígenes, sino seguramente su contenido ético más importante, marca el futuro convergente de las luchas de los mexicanos demócratas hoy. Más allá del tipo de las campañas en que participen.

Escritor y analista político



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