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Mónica Lavín

Lo qué escribimos cuando escribimos del amor



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05 de noviembre de 2011
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El amor sin duda es uno de los grandes temas literarios. Porque el amor en tanto invención, en tanto necesidad, en tanto estado de supervivencia, en tanto misterio ha sido atendido por la palabra escrita: el poema, la novela, el cuento, el drama, la cónica, el ensayo. Las formas del amor de pareja, del cortejo, desde el amor práctico al amor romántico; desde el instinto sexual a la sublimación erótica, escritores y escritoras de oriente y occidente han puesto sus luces en ello. Finalmente la literatura busca comprender un estado, una esencia, una mudanza. Y la ficción tiene sus maneras de responderse. La visión del amor, su valor y sentido, la estética misma de las formas han ido cambiando según las épocas. Me centro en algunos cuentos.

Desde la publicación de “La Sunamita” de Inés Arredondo en La señal (1967) a “Una raya en la arena” del escritor argentino Andrés Neuman (antologado en la colección Solo cuento Tomo II de Difusión Cultural de la UNAM), nacido en 1977, los tiempos han cambiado. Si la protagonista del cuento clásico y multiantologado de la escritora sinaloense queda atrapada por la noción del deber, primero como sobrina y luego como esposa del moribundo que se restablece con la juventud de la cónyuge, la protagonista de “Una raya en la arena” responde a las “conquistas” de igualdad hombre, mujer hasta llevar una situación al absurdo. Ella marca su espacio en la arena y le pide a él que no cruce la raya, tiene derecho a elegir, a delimitar territorio. Un cuento que como toda pieza literaria permite magnificar la llamada igualdad en terrenos del despropósito y la incomunicación.

Otro autor mexicano nacido en los ochenta, Luis Felipe Lomelí, ganador del Premio de Cuento San Luis Potosí por el libro de cuentos donde aparece “Ella sigue de viaje”, cambia los reflectores al padre que se queda solo con el hijo. Una madre muy joven que reclama al hijo la pérdida de libertad a golpes. Un padre que debe proteger al hijo de su propia madre y del dolor de su asuencia. La literatura sin duda toma el pulso a las nuevas estructuras de pareja, a los roles, a las rupturas, a los desamparos. Las nuevas generaciones de escritores parecen dar cuenta de la pérdida de utopías sociales, políticas y amorosas. Con una sociedad que ha desmitificado el papel estabilizador del matrimonio y la familia, las nuevas generaciones no tienen más remedio que asimilar la ruptura como rutina, sin que estén exentos de angustia por no poder construir un paraíso. Ese paraíso perdido lleva a la fragilidad y al desarraigo amoroso. Los desarraigados viven la marginalidad del amor. Sin duda, la ficción es valiosa como herramienta para transparentar la percepción generacional de temas como el amor.

El título de este texto parafrasea el que usara Raymond Carver para su volumen de cuentos: Lo que hablamos cuándo hablamos del amor. No sólo porque los cuentos de Carver me gustan, en tanto como escritor añade una forma distinta de narrar, en un medio tono, sin que el ascenso climático sea notorio, con una especie de final difuminado e impreciso -cuentos mucho más parecidos a la vida misma-, sino porque uno de los temas que predomina en sus narraciones es el fracaso amoroso, el desencanto, la nueva pareja, la incomunicación, el silencio, la falta de intensidad. Una forma de amar sin gritos, una forma dolorosa de la existencia que obliga a maneras silenciosas del desamparo. Todo se puede reinventar, cuando realmente lo único que prevalece es la incapacidad de rebasar la soledad. Los cuentos de Carver tocan el viejo tema del amor desde la cotidianeidad que lo mata, desde la insatisfacción que lo tiñe de gris y donde gestos como pintarse los labios (“Conversión”), que el marido no reconozca la letra en la carta de despedida de su mujer (“Caballos en la niebla”), que un marido se arrodille tomando el dobladillo de la falda de su exmujer a maner de disculpa y sujeción a la última orilla posible de su relación (“Intensidades”) no hacen más que subrayar la desesperación humana.

Tengo como un arropo maestro de nuestra impotencia frente al dolor amoroso, el cuento de Carson Mc Cullers, “Un árbol, una nube, una roca”, que desde el título sienta su rareza persuasiva. La escena ocurre en una cafetería de un poblado del sur de Estados Unidos al amanecer, donde son atendidos los trabajadores del molino, el niño que reparte periódico y un viejo parroquiano. El viejo pide al niño que se siente con él en la barra y mientras bebe cerveza le cuenta su vida, le enseña la foto de una mujer que lo abandonó y le habla de la técnica que usa desde entonces para no sufrir. Amar todo: las nubes, la roca, los árboles. Te amo, le dice al niño que no comprende lo que el lector sí.

(www.monicalavin.com)



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