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Héctor de Mauleón

La capital del sexo



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17 de octubre de 2011


En el mismo sitio en donde rutiló alguna vez la marquesina del cine Olimpia —la hermosa calle 16 de Septiembre—, se halla La Capital del Sexo, una plaza comercial dedicada al placer en su forma más explícita: condonerías, venta de juguetes eróticos, sala de cine porno en 3D, bares, table dance, esencias, cremas, perfumes, lencerías. Fetiches fantasiosos con los que acaso no han soñado las autoridades máximas en el tema.

Los jóvenes, los estudiantes, los ninis, deambulan por el establecimiento con pícaras sonrisas. Hombres de aire disimulado revolotean por las tiendas como moscas en el aparador de una dulcería, y las abandonan luego llevando entre las manos bolsas misteriosas de contorno indefinible.

La ciudad hace guiños sutiles. A consecuencia de una lógica histórica muy extraña, el predio donde se encuentra La Capital del Sexo ha estado dedicado, desde siempre, al placer.

Por el padre Clavijero sabemos que en ese punto exacto se hallaba una casa de gozo del emperador Moctezuma: el llamado Cohuatecpan o palacio de las mujeres (“el nombre indica su destino”).

El inquieto Moctezuma también debió entrar ahí con aire disimulado: de acuerdo con las crónicas llegó a tener hasta 150 concubinas embarazadas al mismo tiempo.

En aquella prehispánica capital del sexo, en la que según Hernán Cortés podrían haberse alojado dos grandes príncipes con sus comitivas, había 10 estanques, una arboleda y un muestrario completo de aves y cuadrúpedos (que los conquistadores miraron “suspensos y atónitos”).

Por el mismo Clavijero sabemos que aquella casa de placer fue ocupada, años más tarde, por el convento de San Francisco. La vieja arboleda de Moctezuma fue convertida en huerta, “un bello y quieto lugar de solaz y esparcimiento de la comunidad seráfica”, según cuenta Artemio de Valle-Arizpe.

Un paraíso de frutales, hortalizas y árboles centenarios. Un edén de esencias florales en el que los franciscanos pasaron largos siglos compuestos por tardes regaladas.

La calle que hoy discurre frente a La Capital del Sexo es una de las más nuevas del Centro Histórico. En 1856 el presidente Comonfort descubrió una conspiración fraguada en el convento. Les expropió el predio a los franciscanos y ordenó que antes de 15 días se abriera una nueva calle que dejara libre el paso hasta San Juan de Letrán.

La calle se llamó Independencia, porque el hombre que denunció la conspiración militaba, precisamente, en el batallón Independencia.

La ciudad suele ser fiel a sí misma. Cuando los muros de la huerta fueron demolidos, cierto empresario compró el predio y levantó en 1866 uno de los hoteles más afamados de la capital: el Hotel Jardín. Se llamaba de ese modo porque el empresario había mantenido parte de la huerta: “un bonito jardín —dice una antigua guía de la ciudad— hacia el cual tienen vista todas las habitaciones”.

No hay para qué mencionar a los hombres de aire disimulado que durante medio siglo hicieron uso puntual de las habitaciones: un requisito no escrito de la hotelería consiste, precisamente, en aparecer por dichos establecimientos con cierto aire de disimulo. En 1920, el Hotel Jardín fue remplazado por una de las grandes felicidades que la civilización del siglo XX entregó a los hombres: el cine.

Jacobo Granat invirtió un millón de pesos de entonces en el que sería el salón cinematográfico más moderno de la capital. El cine Olimpia. Enrico Caruso puso la primera piedra. Entre otras novedades, el cine fue el primero en tener ventilación, salida de emergencia y caseta de proyección propiamente dicha.

Contaba con una marquesina volada al estilo Nueva York, un salón de té, un cabaret, un fumador para caballeros y una bóveda en la que se estaba representada la flora nacional: cactus, nopales, magueyes, cempasúchiles.

El 10 de diciembre de 1921, con la exhibición de la película La danza del ídolo y la asistencia del presidente Obregón, el Olimpia fue inaugurado.

En esa sala se estrenó, años después, el primer filme sonoro: El cantante de jazz.

Recuerdo su decadencia, su cierre, su demolición. En los últimos años, también entraban en él hombres de aire disimulado.

twitter: @hdemauleon

 



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