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Sara Sefchovich

La visita del Dalai Lama

Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde hace tres d...

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11 de septiembre de 2011


El pasado jueves arribó a México el Dalai Lama. Con respeto, humildad y admiración me sumo a los muchos mexicanos que le dan la bienvenida, no sólo porque es representante de un pueblo oprimido y un enorme líder espiritual y moral, sino también porque encarna la cultura de la paz y de la no violencia.

En 1949 huyó de su patria, invadida por los chinos que consideran al Tíbet parte de su territorio. Desde el exilio, en India, ha visto el saqueo de sus riquezas, la destrucción de sus templos y monasterios, los ataques a su cultura, religión, educación y lengua —a las que los ocupantes consideran oscuras, atrasadas, llenas de creencias falsas e incluso “inútiles”—, la devastación del medio ambiente y la explotación de sus recursos naturales... Pero sobre todo la represión brutal contra su pueblo, pues, según organismos internacionales, han sido torturados, muertos o desaparecidos un millón y medio de personas de una población total de seis millones, así como la colonización: millones de chinos han sido trasladados a esa región para convertirlos en mayoría. Un verdadero genocidio, como se puede ver en la exposición en el Museo de la Memoria y Tolerancia del DF.

Y, a pesar de todo ello, el Dalai Lama ha sabido mantener su pacifismo inquebrantable y su disposición a negociar con ellos. Y, por si fuera poco, también su buen humor.

Ésta es la tercera vez que viene a nuestro país. La historia de esas visitas documenta el cambio experimentado por el mundo, inclinado a apoyar a China porque es un gigante económico al que se corteja, y decidido a olvidarse de las cuestiones de moral y justicia.

La primera vez acababa de recibir el Premio Nobel de la Paz y el presidente le abrió las puertas. La segunda, el entonces presidente ya no se atrevió a hacerlo por las presiones de los chinos, pero sí lo hicieron el jefe del gobierno del DF, el Congreso, la UNAM, la Ibero y, en privado, el secretario de Gobernación y la primera dama. Es más, entonces, el cardenal Norberto Rivera presidió una celebración ecuménica en la Catedral en la que se habló de tolerancia y respeto y circuló una carta firmada por el Consejo Interreligioso de México dirigida al gobierno chino y entregada a su embajada en nuestro país, pidiendo “el cese inmediato del uso de la fuerza contra ciudadanos tibetanos” y conminando a “establecer el diálogo”.

Esta tercera vez sin embargo, nadie respondió a las solicitudes de los organizadores para recibirlo: ni el Ejecutivo, ni los legisladores, ni el jefe de gobierno de la capital, ni las autoridades universitarias. Al cierre de esta edición, se informó que el presidente Calderón sí se había reunido con él pero de manera privada, decidida de último minuto. Con todo y que la ONU calificó de agresión la invasión China a ese territorio y (con el voto de México) ha emitido resoluciones condenando las violaciones a los derechos humanos de los tibetanos, prevalecieron el temor y la conveniencia.

El apoyo para esta visita lo dio Elba Esther Gordillo, tan poderosa que se puede dar el lujo de pasarse por el arco del triunfo las presiones de cualquiera. Por supuesto, no han faltado las críticas de quienes, con tal de descalificarla, se han lanzado contra el Dalai Lama y hasta contra el budismo tibetano. Pero el organizador de la gira y presidente de Casa Tíbet, Marco Antonio Karam, les ha respondido, con elegancia, que “en ningún momento tiene como objetivo promover, confirmar o fortalecer la carrera o imagen pública de alguna persona u organización”, sino que es “a favor de los maestros y de los mexicanos”.

Me parece que el mensaje educativo de este personaje es de gran trascendencia, porque, como dijo Karam, “brinda esperanza”. También es de gran peso simbólico que llegue a México en momentos de tanta violencia y que su visita coincida con los aniversarios del atentado contra las Torres Gemelas, que dio inicio a cruentas guerras, y del golpe contra Salvador Allende, que dio paso a una brutal represión. Por todo eso, bienvenido sea el Dalai Lama.

sarasef@prodigy.net.mx www.sarasefchovich.com

Escritora e investigadora en la UNAM



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