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Elba Esther Gordillo

¿Qué papel juega el maestro en la calidad educativa? (III)


11 de abril de 2011


En mis dos colaboraciones anteriores abordé, por un lado, el proceso de la decisión política para hacer de la educación el camino privilegiado de la movilidad social —que estuvo estancada durante un largo periodo de nuestra historia—; decisión que se construyó a partir de una nueva visión de régimen surgida del acuerdo social originado por el movimiento revolucionario, diametralmente distinto al que prevaleció durante el Porfiriato. Por otro lado, sostuve que a la par de esta trascendental decisión el Estado tuvo que acudir a otras dos medidas igualmente relevantes: destinar a la educación la mayor parte del presupuesto federal y formar a los maestros que pudieran llevar adelante la tarea de educar. También reflexioné acerca del enorme impacto político y social de estas decisiones que el Estado tuvo que valorar para evitar que implicara riesgos al proyecto político-social que se proponía.

En el centro de la decisión de expansión del sistema educativo, que comprendía la formación, incorporación al servicio público y desempeño de los maestros —sobre todo atendiendo que dichos docentes provenían de los estratos sociales menos favorecidos— estaba el propósito de que la escuela transmitiera valores acordes con los objetivos definidos por el régimen político y que además estuvieran organizados mediante un “sistema” diseñado para tal fin. Es decir, política educativa y sistema educativo nacieron juntos, por lo que este último se sustentó en un principio de homogeneización y en su integración a un sistema de valores jerarquizados y socialmente aceptados.

De ahí que la formación de los maestros tuviera como objetivo que su desempeño se orientara a transmitir información y conocimientos de manera directa, sin recurrir a fuentes alternativas y que, por consecuencia, no requiriera de un trabajo pedagógico personalizado o diferenciado. El objetivo educativo era homogeneizar; por lo que las características individuales de los educandos —que nunca dejaban de estar presentes— tenían que supeditarse a la igualación.

En un contexto educativo y social donde la desigualdad había sido la constante, esta política de ninguna manera resultaba inadecuada. De tal forma que, con el fin de facilitar la homogeneización del alumnado, se formaba al maestro para que sólo él fuera la fuente del saber y del conocimiento. Por esta razón, no resulta desproporcionado que el profesorado se haya vuelto renuente a las innovaciones, particularmente a aquellas relacionadas con fragmentar o compartir la autoridad y la responsabilidad dentro del aula.

Ahora tenemos claro que el objetivo de homogeneización, que durante todo el siglo XX orientó las decisiones educativas en México, resulta inadecuado frente a la era del conocimiento y la competitividad que reclaman una educación cualitativamente distinta a la que se instauró después de la Revolución. El objetivo de mejorar la calidad educativa, que indefectiblemente significa una decisión política, debe buscarse por todos los medios y recursos disponibles, pero sin olvidar que el maestro sigue y seguirá siendo el factor más importante de que se dispone para servir a la educación. Además, paralelamente y en equipo con él, se requiere desplegar una estrategia integral y de largo aliento, proporcional a la que se tuvo durante la “era de la homogeneización educativa” (por llamarla de algún modo).

En esta coyuntura, reconociendo que requerimos un maestro que desempeñe el nuevo rol frente al hecho educativo, no podemos olvidar que, previamente a su etapa de profesionalización, el mismo maestro también estuvo formado como educando y que en esa condición asumió los valores que el régimen educativo le proponía, mismos que hoy en día es pertinente transformar.

El papel que ahora necesitamos que el maestro despliegue es muy diferente al que se le enseñó a realizar en su proceso de formación profesional. Hoy se requiere un trabajo docente individualizado con cada educando, pero que sea capaz de detonar en un trabajo grupal y de equipo, distinto al directo y frontal antes desempeñado. Hay que convertir al maestro en un facilitador durante el proceso de acercamiento al conocimiento y no en su promotor exclusivo, como lo fue. En consecuencia, el trabajo de formación y actualización que realicemos con los docentes será el que mayores rendimientos aportará en la construcción de la calidad de la educación mexicana del siglo XXI.

 

*Presidenta nacional del SNTE



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