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Jesús Rodríguez Zepeda

Las preferencias sexuales



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26 de diciembre de 2010
1 comentarios | 1,148 lecturas

Cuesta trabajo decir o escribir completa esta frase: “preferencias sexuales”. Tanto trabajo cuesta que, en 2001, cuando se reformó nuestra Constitución para incluir en ella una cláusula antidiscriminatoria, se prohibió (en el Artículo 1º, párrafo tercero) discriminar, entre otras razones, por “preferencias”. Sensibilidades morales de legisladores de entonces, no muy distintas de otras de nuestros días, prefirieron no escribir un adjetivo que precisara el contenido de las preferencias a proteger por el Estado mexicano.

No se trataba, desde luego, de afianzar constitucionalmente las preferencias gastronómicas, futbolísticas o musicales, porque ello entrañaría una banalización de la propia protección, sino de reconocer el derecho de toda persona a escoger de manera libre y sin discriminación el tipo de vida sexual que deseara llevar, sobre la base, desde luego, del respeto a los derechos del resto de la gente. Este sentido preciso de las preferencias se hizo visible en la legislación reglamentaria de ese párrafo constitucional. En efecto, en la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación, de 2003, la cláusula antidiscriminatoria ya prohíbe, de manera explícita, discriminar por preferencias sexuales. La Suprema Corte de Justicia ha interpretado en un sentido similar el mandato constitucional, pues en varias sentencias ha tutelado el derecho de las personas a no ser discriminadas por razón de su elección sexual.

Por ello, es una buena noticia que la Cámara de Diputados haya aprobado una reforma del mencionado párrafo de la Constitución para explicitar en ella el adjetivo “sexuales”. Falta todavía un tramo importante para que se concrete la reforma, pues es necesario que el Senado la revalide y que haga lo mismo la mitad más una de las legislaturas locales. Sólo hasta que se encare este proceso se podrá saber si las posiciones conservadoras que anidan en tantos espacios de nuestra vida pública contemplan como un agravio moral el uso explícito del adjetivo.

Ya tenemos un índice de lo que puede ser una resistencia política frente a las palabras que hablan de preferencias sexuales. El presidente Calderón decretó que el 17 de mayo fuera considerado como el “Día de la Tolerancia y Respeto a las Preferencias”, cuando todo parecía indicar entonces que se decretaría el “Día de lucha contra la homofobia”. El uso de las palabras en política no es baladí. La aparición de nombres y adjetivos en las leyes y en el discurso gubernamental, expresan los valores e ideas de quienes ocupan el poder. Tengo la impresión de que, más allá de la ignorancia de muchos gobernantes y legisladores sobre el derecho antidiscriminatorio, una grave dificultad para articular en México una genuina política de Estado en materia antidiscriminatoria tiene que ver con que, en buena parte de la clase política, se preferiría no convertir en palabras públicas lo que se juzga como pecaminoso.

Por otra parte, resulta encomiable de esta reforma a la Constitución que el adjetivo “sexuales” se agregue al nombre “preferencias”, sin que este último se cambie por otro. Lo que debe protegerse es, en efecto, la preferencia u opción sexual de las personas, sea ésta la expresión de una orientación sexual, de una identidad de género o de un mero gusto pasajero. Es entendible que algunos defensores de la diversidad sexual prefieran nombres aparentemente más fuertes y convincentes como el de “orientación” o el de “identidad” sexuales, pero lo que la Constitución debe formular es un discurso de las libertades fundamentales, exista o no exista para ellas una base natural, biológica, genética, psicológica o ambiental. Esto es equivalente a tutelar la libertad religiosa, exista Dios o no exista. La libre decisión sexual no necesita otra justificación que su inserción en el discurso de los derechos fundamentales, y el reconocimiento de la autonomía sexual y moral de las personas adultas. Una persona debería decidir en cuestiones sexuales sobre la base de su libertad fundamental, sin necesidad de encontrar en sí misma una orientación o una identidad que la definan y le otorguen justificaciones “naturales”. Si las encuentra, bien; si no, también.

Bienvenida, pues, esta reforma constitucional, y es digno de reconocimiento que se mantenga en ella el lenguaje constitucional de las preferencias.

Profesor del Departamento de Filosofía de la UAM-Iztapalapa



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Nezahualcoyotl 26 de diciembre del 2010 18:59

la verdad yo soy de los que creen que la el término "preferncias sexuales" es muy ambiguo, cuando a lo que nos referimos es a quien asume conductas y personalidad simplente orientadas hacia cierto sexo.


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