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Mauricio Meschoulam

Discurso y construcción de paz en México



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14 de noviembre de 2010
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Lo que decimos. Lo que nos dicen. Lo que nos callan. Lo que callamos por no decir. Los cuentos que contamos. Las narrativas que entretejemos para sentirnos grandes y poderosos, para ganar las batallas que no ganamos. El lugar donde empezamos y terminamos de escribir las fábulas que relatamos. Los discursos que nos inventamos para que otros nos crean lo que les decimos. Los que compramos por no tener otros mejores. Porque nos evitan tener que cuestionarlos. Porque nos es más cómodo. Porque es mejor así. Porque nos faltan alternativas. Los discursos que representan la historia pasada. Los que escriben la historia que comienza.

El lenguaje importa. La manera como recreamos y reproducimos la vida determina emociones, sensaciones, percepciones, ideas compartidas, identidades y por lo tanto intereses y acciones. El discurso se usa en política para construir escenarios, preparar terrenos, asignar valores y justificar las estrategias a implementar. Los neoconservadores, por ejemplo, en la era Bush moralizaron las acciones militares con el fin de llegar hasta donde pudieron. El “Eje del Mal” tiene poco que ver con la ética. La lucha por la “democracia” o la “libertad” son utilizadas continuamente para justificar intervenciones.

El discurso, sin embargo, rebasa lo político. Se encuentra en casa, en la forma como hablamos cotidianamente, en las maniobras para producir sentido, para persuadir a nuestros amigos, adversarios, jefes, colegas, a nuestras parejas. Lo adornamos con usos y abusos lingüísticos y conseguimos con ello disputar las otras formas del poder. Así, las palabras están también en la manera como narramos nuestras historias. Justificamos las razones de nuestros pueblos, creamos sucesos que no siempre sucedieron, eliminamos de las páginas de nuestros libros eventos que sí ocurrieron. Modificamos otros para adaptarlos un poco más a la bondad que representamos. Vestimos a los seres humanos con disfraces de héroes, o los mandamos al infierno de los villanos para que mueran eternamente, cada vez que los relatamos.

El discurso se ubica asimismo en la manera como contamos nuestro presente. En los diarios, en las revistas, en la televisión, en la radio, en las charlas cotidianas, en las virtuales. Las formas que utilizamos para sorprender, agendar, enlazar incidentes que no siempre están unidos y desligar otros que sí tienen conexión. Usamos instrumentos retóricos para fortalecer los argumentos, para explicar, para destacar (Haidar, 2006).

Nos encontramos ante encrucijadas excepcionales. La paz no consiste solamente en la ausencia de violencia, sino en la generación de circunstancias favorables para la armonía, la coexistencia, el bienestar y el desarrollo (Galtung, 1985). Eso significa, por supuesto, que no todo en la vida es lenguaje. Hay estructuras materiales que deben ser atendidas. Pero al margen de ellas, en el mundo de las ideas, las emociones, los valores y las percepciones, el discurso importa.

Construir condiciones de paz en México implica primero que nada darse cuenta de lo que está ocurriendo. Más allá de los hechos violentos, están las imágenes con las que los representamos. No hay realidades transparentes. Incluso en un retrato perfecto, el fotógrafo decide enfocar eso que retrata, y no fotografiar otros objetos, dejándolos consecuentemente en el olvido. Cuando el discurso es de violencia, reproducimos violencia. Los estudios así lo demuestran. Narrar situaciones así requiere de saber hacerlo. La agenda del México en su más reciente etapa histórica no está siendo establecida por nosotros, sino por aquellos quienes están interesados en que el lenguaje que estamos utilizando siga siendo precisamente ése. Los actos de carácter terrorista no se van a terminar porque se los pidamos. Lo más probable es que si les asistimos en su reproducción de pánico, éstos continúen irremediablemente, pues están siendo eficaces para sus objetivos. El tema está más que estudiado internacionalmente.

Hay alternativas, sin detener el relato de nuestro presente, y sin entrar en el terreno de la evasión. Las estrategias de construcción de paz incluyen el fortalecimiento del lenguaje que presenta no solamente los problemas, sino las potenciales soluciones. Que llenan los vacíos de información torpemente generados por los gobiernos, con alternativas viables para que la gente que nos escucha cuente con algo de donde agarrarse. Que combaten la impotencia con las tácticas para contrarrestarla. Que atacan la propagación de pánico con la reproducción de posibilidades. Y que cuando ya no hay opciones, cuando todo parece perdido, saben encontrar la forma de generar a través de la palabra una, siquiera, leve perspectiva de salida.

Twitter: @maurimm

Internacionalista



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