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María Teresa Priego

Poetas tabasqueños. Historias de agua

Tabasqueña. Feminista (tendencia retro) Estudió Letras en la Universidad de Monterrey. Diplomado en Historia del Arte en Roma. M...

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18 de septiembre de 2010
2 comentarios | 509 lecturas

Un baúl de Tabasco cargado de libros. El sofá es como una isla rodeada de barcos. Naveguemos. La ceiba en llamas, biografía del poeta José Carlos Becerra, de Álvaro Ruiz Abreu. Páramo de espejos, vida y obra del poeta José Gorostiza, Marisa Trejo Sirvent y José Luis Ruiz Abreu. Pintura de Francisco Magaña. (Hay otra excelente biografía del poeta, Evodio Escalante UJAT/UNAM). El poema “Muerte sin fin”, de Gorostiza con ilustraciones de Emiliano Gironella Parra. Pellicer, poética de la luz, de Álvaro Ruiz Abreu. Cantos varios, del poeta chontal Auldárico Hernández. Entrañable escritura de los trópicos.

Absórbeme. Dilátame. Dilúyeme, Pellicer. Es una piel el trópico. Imposible de arrancar, por si una cayese en algún momento de la vida en semejante tentación. No se “cura”, esa propensión a pasiones y palabras. Si te escondes te persigue. Si te vas lejos te alcanza. Pellicer lo supo muy bien, y se sumergió en ella como un discípulo ávido. “El ayudante de campo del sol”, el que muy joven persiguió por las calles al poeta José Santos Chocano para decirle: “A usted, señor Santos Chocano, lo admiro mucho”, el que cayó fascinado por la pintura de Sorolla (ilustra parte de esta edición), el amigo de Vasconcelos y Gorostiza, el que se instaló en el París del surrealismo. El Contemporáneo, regresó siempre a la antepenúltima curva del golfo. Su madre le regaló el mar. “Pellicer hizo poesía hasta de la iguana”, escribió Álvaro. Sí, la iguana es un animal mitológico. Imposible. Curtido de misterio y de destiempos.

La ceiba en llamas. Ojos oscuros. Mirada ojerosa del poeta José Carlos Becerra. Su foto con Carballo y Monsiváis. Las ediciones son muy bellas. Colaboraciones del Gobierno del Estado de Tabasco, Tabasco 2010, Colmex, Universidad Olmeca. “Becerra había aprendido de Louis Aragón, que la tarea del poeta es quebrantar al hombre ‘hacerle perder su aplomo en presencia del la vida y del universo’. Es decir, ponerlo en contacto con las cosas y el mundo de lo irracional”, A. Ruiz Abreu. “Te buscaría en lo más entrañable/en la profundidad que el mar reparte en las conchas,/en las fotografías remontadas a los roperos, en la yerba que crece sobre los besos antiguos…”. La ciudad se ciñe al anochecer como una corona./Arderé como la invención de la tarde” (El otoño recorre las islas,ERA/SEP).

Oscura palabra, poemas escritos a la muerte de su madre. El dolor tan cotidiano, tremendamente “coloquial”. El “jamás” hilado de minúsculos gestos: “Hoy llueve por nada, por no decir nada. /Hoy llueve, y la lluvia nos ha hecho entrar en casa a todos, menos a ti./Algo se ha roto en alguna parte. En algún sitio hay una terrible descompostura… Algo se ha roto. Algo se ha roto”. Becerra murió en Brindisi, a los 33 años. En el parque Juárez, Deifilia su hermana, se lo dice a la madre de la niña que escucha. Tabasco enmudeció. Todo. Completo.

La niña pensaba que el poeta “tendría” que enamorarse con ella. Cosa de llegar “a la edad de merecer”. Tantas tardes de invenciones ardieron en su nombre. Tiempo después arrebató El otoño recorre las islas, de las manos de Deifilia. También (hipnotizada y envidiosa) La mañana debe seguir gris, de Silvia Molina (su relación con el poeta). Lo que no desordena. No bebe en sus riesgos, Becerra. Bebamos entonces. Nuestros riesgos. Las tardes del poeta indispensable. Álvaro las recrea con una tenacidad, una inteligencia y un amor sellado en un secreto recodo de la selva. Como un compromiso de iguana. Sólido y antiguo.

“Lleno de mí, sitiado en mi epidermis/por un Dios inasible que me ahoga,/mentido acaso/por su radiante atmósfera de luces/que oculta mi conciencia derramada,/mis alas rotas en esquirlas de aire,/mi torpe andar a tientas por el lodo;/lleno de mí-ahíto-me descubro/en la imagen atónita del agua”, Gorostiza. Dijo mi amigo —desde Tabasco— que no se detenía el agua. “¿Crees en los milagros?”. Sí. También en los conjuros. Edición bilingüe maya chontal/castellano del poeta Auldárico Hernández: “El sol en un cayuco/sobre los pantanos va lamiendo/su dote de agua”. “El sol es una mirada que se va devorando a sí misma”, Becerra. “Hermano sol, cuando te plazca, vamos a colocar la tarde donde quieras”, Pellicer. Sol ¿escuchaste? Los poetas desde el sur te están llamando. Arrima tu cayuco a las orillas sol y lame el agua.

Escritora



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Apaseo el Grande 18 de septiembre del 2010 20:31

Marytere, te extrañamos mucho, en el tranvía...

Torreón, Coah. 18 de septiembre del 2010 13:34

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