El Presidente más débil

Mauricio Merino es doctor en Ciencia PolÃtica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha escrito y coordinado varios libros y e...
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Durante el régimen anterior, el Cuarto Informe de Gobierno era el momento estelar del Presidente. Al llegar ese cuarto septiembre, el titular del Ejecutivo ya habÃa pasado el trámite de las elecciones de medio término, que le servÃan para disponer de una cómoda mayorÃa de polÃticos leales en el Congreso, y ya habÃa seleccionado también a la mayorÃa de los gobernadores que le acompañarÃan hasta el final del mandato. El escenario era suyo y el ritual del informe le caÃa como anillo al dedo para subrayar los éxitos, los propósitos y los destinos de la nación.
Hoy las cosas han cambiado dramáticamente. El Presidente de la República llega al Cuarto Informe del 2010, rodeado de problemas y de amenazas de toda Ãndole y con muy poca fuerza para enfrentarlos. No cuenta con la mayorÃa en el Congreso, ni tampoco con la lealtad de la mayor parte de los gobiernos locales. Los partidos de oposición bloquean sus polÃticas principales, los lÃderes parlamentarios del PRI se dan el lujo de desdeñar sus invitaciones al diálogo, los gobernadores le condicionan y aún le niegan el respaldo que les pide para enfrentar la inseguridad, y los alcaldes, llamándose a ofensa, se oponen abiertamente a la estrategia que les propone.
El Presidente tampoco cuenta, como sucedÃa en el pasado, con el respaldo inequÃvoco de los medios. A medio camino entre sus propias preferencias polÃticas y la oferta al mejor postor, ni la tele, ni la radio —ni mucho menos la prensa escrita— son ya las cajas de resonancia de los informes presidenciales. Aunque aún cuenta con espacio de sobra para publicar sus mensajes, hoy el Presidente está obligado a ganar los debates. Ya no puede ordenar lo que se dirá, ni repetirlo hasta volverlo verdad, sino que tiene que construir argumentos y producir la información pertinente para darle credibilidad a sus dichos.
Y no tiene tampoco a las grandes corporaciones que, hasta hace unos años, salÃan a la calle con las consabidas pancartas que decÃan: “Gracias, señor Presidente” —aun cuando quien las portaba no tenÃa ni la más pálida idea de las razones que habÃa para enarbolar esa gratitud—, ni tampoco el respaldo incondicional de los grupos empresariales nacidos bajo la sombra de los negocios prohijados por el gobierno.
Ya no hay ritual, ni razones para reestablecerlo, porque el Presidente de la República ya no encarna ese régimen que dejó de existir. Pero tampoco tenemos todavÃa otra forma de procesar los conflictos polÃticos, pues ni siquiera prosperó la iniciativa que el presidente tomó hace apenas un año en su Tercer Informe de Gobierno, cuando tras la derrota electoral del 2009, propuso un decálogo para “pasar de la lógica de los cambios posibles, limitados siempre por los cálculos polÃticos de los actores, a la lógica de los cambios de fondo que nos permitan romper las inercias y construir, en verdad, nuestro futuro“. En aquel discurso y en las entrevistas que concedió en esos dÃas, el Presidente parecÃa convencido de que, si el paÃs no pasaba por esas reformas fundamentales, serÃa imposible seguir gestionando los problemas públicos más apremiantes. Y aquà estamos, un año después, sin haberlas pasado y en condiciones aun peores.
No obstante, el Cuarto Informe será precisamente un recuento de lo que fue posible y un nuevo llamado —casi una súplica— a todas las fuerzas polÃticas para salvar el sexenio de sus peores augurios. A cambio, tenemos más carreteras, mejor infraestructura urbana y social, una cobertura mucho más amplia de protección social en salud, programas de asistencia consolidados y poco más. No es poca cosa, pero no alcanza ni remotamente a compensar el gravÃsimo deterioro de la seguridad pública, hasta extremos que empiezan a parecer increÃbles, ni el incremento de la pobreza y de la exclusión social, que ya nos marcan como una nueva generación perdida: las dos grandes promesas con las que llegó el Presidente y que hoy se han convertido en una pesadilla común.
Con todo, carece ya de todo sentido creer que las respuestas a esos problemas están reposando en Los Pinos y que pueden emanar repentinamente de las manos del Presidente. No es cierto ni lo será en el futuro próximo, pues eso supondrÃa restaurar el régimen anterior. Las debilidades del Cuarto Informe deberÃan servirnos, más bien, para llamar a cuentas a todos los otros actores que antes obedecÃan y hoy festejan su independencia polÃtica sin hacerse cargo de la responsabilidad que eso implica. QuerÃamos un Presidente más débil y ahà lo tenemos. Pero no querÃamos que se fuera también la capacidad del Estado para resolver los problemas públicos.
Profesor investigador del CIDE
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Ahora que inicia un nuevo periodo de sesiones del Congreso de la Unión, serÃa bueno que se legisle un tipo de sanciones graves para castigar la falta de capacidad para gobernar al paÃs por parte de los funcionarios federales incluido el titular del Poder Ejecutivo Federal, de esa manera se evitarÃan los comentarios frecuentes de "delincuencia organizada y gobierno desorganizado", y los daños que tanto han perjudicado a la población sobre todo en esta década perdida. Asimismo, es importante que nuestros legisladores establezcan las normas que sean necesarias para obligar al Presidente de la República y a sus colaboradores a informar cotidianamente ante las cámaras sobre los asuntos que tienen a su cargo.
Calderon, es un apatrida que solo le interesa su imagen y es mentira que se le pague al narco porque la impunidad, permite que sea suplido por otros mas jovenes y menos conocidos pero el narco genera violencia donde se instala esto es en 30 estados por lo menos
Es lo que pasa cuando se llega al poder sin legitimidad y además se carece de las cualidades necesarias para el cargo. Su asención al poder fué la crónica de un fracaso anunciado. Y para colmo llegó maniatado con múltiples compromisos con grupos de poder como Elba Esther, sindicatos, empresarios, el pri etc. ¿que podÃa hacer?