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Mario Zumaya
Del hecho al dicho…
02 de agosto de 2010
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2010-08-02

“Los humanos viven en un mundo en donde son las palabras y no los hechos las que tienen poder, donde la suprema habilidad es el dominio del lenguaje”.

Pocas frases tan ciertas como ésta que hace decir la filósofa y escritora Muriel Barbery a Renée, su interesante personaje, en la espléndida novela La elegancia del erizo.

Y es que, en efecto, el lenguaje es más sofisticado producto de la evolución de las especies. Es, de hecho, lo que nos hace humanos.

Substituye las acciones con las palabras y permite llevar el mundo personal en la cabeza y compartirlo con los otros.

Hay quien dice que todo sucede en el lenguaje. Que los problemas lo son no en la realidad, en la realidad los hechos sólo son lo que son, sino en el lenguaje, ya que habrán de ser interpretados y se les asignará un significado en él y sólo por su mediación.

El lenguaje es una especial forma de acción. Como bien sabemos todos, las palabras duelen a veces más que las pedradas y, a veces también, acarician más suavemente que una mano enamorada.

Funciona para construir mundos posibles y como instrumento de sanación en el caso de la psicoterapia. En él y por medio de él definimos y redefinimos realidades, construimos y reconstruimos relatos, para hacer de todo ello una nueva historia que habrá de contener otras posibilidades más satisfactorias y libertarias.

Es el lenguaje, también, herramienta de políticos corruptos. Y es aquí donde empiezan los problemas serios: cuando es usado por ellos, dueños transitorios de cámaras y micrófonos, para disfrazar hechos que son interpretados por la mayoría las personas de inteligencia media de manera completamente diferente. O para vender mundos que sólo son posibles en su imaginación gracias a la mecánica perversa de un orden social que privilegia las utilidades monetarias sobre el interés social. Como ocurre con desastres naturales magnificados por obra de la codicia de concesionarios, constructores y autoridades que otorgan permisos o se hacen de la vista gorda. Las inundaciones de la ciudad de Monterrey en el pasado inmediato y de Chalco en el menos reciente, son ejemplos diáfanos.

¿Qué hecho más claro que un pardo y turbulento río de rapidísima y destructora corriente en medio de una ciudad?, ¿qué de una inundación de aguas negras de metro a metro y medio de altura y de cientos de extensión?

¿Qué puede disfrazar esos hechos sino la magia del lenguaje y, sobretodo, el monopolio de los medios de su trasmisión?

Un lenguaje mentiroso sólo puede ser derrotado por medio de uno veraz, uno apegado a aquellos hechos que son interpretados por la mayoría de la misma manera. Un lenguaje veraz que no es sino el ropaje discursivo con el que viste la democracia real y no la dictadura de unos cuantos vivos.

Decía uno de los mayores magos del lenguaje, el escritor irlandés Oscar Wilde, que el peor pecado es la pereza mental, la desgana de pensar. Y pensar no es otra cosa que hablarnos, usando el lenguaje.

Pensemos pues. Lenguemos. Usemos la más sofisticada herramienta que nuestra biología nos permite para, sin dejarnos hechizar por el dominio de las palabras de políticos, hablar con desparpajo y decir, por ejemplo, “¿de dónde saca lo que dice, Sr. Gobernador, si Ud. fue secretario de gobierno en la administración anterior?”; “¿en qué se basa, Sr. Presidente, para insistir en la guerra al narco ?”; “¿cree Ud; Sr. Ministro de la Suprema Corte de Justicia, que las mujeres son estúpidas?”

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