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Élmer Mendoza
Rogelio Guedea
10 de junio de 2010
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2010-06-10

México es un país multicultural, sin duda; por desgracia, también es multidelincuencial; cuando menos así lo evidencia la novela 41 de Rogelio Guedea, publicada por Mondadori en enero de 2010, donde políticos, banqueros, homosexuales, tratantes, chulos y hombres de la ley, se mueven en una reveladora ficción muy parecida a la realidad.

El autor consigue un discurso fresco y creativo que se detiene en los nombres y apodos de los personajes. Algunos apodos funcionan mejor según el ámbito, y los que eligió Guedea para nombrar a sus facinerosos son perfectos: Tigre, Güero, Ferras, Japonés, Chiva, Gaytorade, Tejón, un ciego de gafas oscuras llamado Rigo Tovar, entre otros. Cada uno de ellos, impregna la novela como un aliento de emoción y sorpresa. El autor juega en los límites de la maldad y ese aspecto se convierte en uno de los ejes importantes de la trama.

Un punto interesante es la incorporación de lenguaje jurídico que funciona precisamente para crear el mundo de Ramiro Hernández, la víctima, en base a las declaraciones de los que lo rodearon en vida y otras figuras pertenecientes al mundo homosexual, donde la pedofilia parece ser una de las prácticas comunes, y da lugar a la historia del Japonés que fue iniciado a los 10 años como instrumento sexual y drogadicto. Esta parte de la novela es rica en caracteres de personajes y ágil, y no desmiente a Claudio Magris, que manifestó que: “Toda obra de arte es íntimamente afín a una ley precisa… Bajo dicho aspecto se perfila, si acaso, una afinidad entre literatura y derecho, gracias a la analogía entre derecho y lenguaje.” Parte que el autor ha cuidado con esmero y sentido literario.

Rogelio Guedea, que nació en Colima en 1974, es una narrador de sangre fría. Experto en el manejo de la sordidez y conocedor del lenguaje duro que la explica. El bajo mundo es amplio y significativo y por lo que deja ver el novelista, a pesar de que a este universo le cuesta controlar su “odio apelmazado” y está completamente “desmatriado”, no tiene ninguna opción de redimirse y Guedea lo expresa tajantemente: “el que impuesto está a perder, hasta lástima es que gane, ¿no?” El abundante lenguaje duro, de sexo y adicción funciona como una desublimación del lenguaje políticamente correcto, de la realidad que representa y de su acelerado desgaste social. Para el autor de 41, Colima es un infierno y no precisamente por la temperatura.

Sabino Delgado y Román Suazo, dos policías templados, marcarán el paso de la investigación por su trabajo en el lugar de los hechos; no obstante, antes de escudriñar pistas, buscan valores para compartir. El humor de Guedea hace que sólo encuentren instrumentos sexuales que los ponen ante sí mismos como heterosexuales convencidos. Un par de amigos dispuesto a compartir una mujer, no sin antes investigar sobre las características del viejo metesaca de Burgess: “No es por dártela a desear, cotejó, pero con ésta juego beisbol los domingos”. Uno de ellos compra una litografía de Los Girasoles de Van Gogh y comenta a su compañero que los pinto Van Gor y “me dijo el pata de palo que el Van Gor también cortaba las orejas de sus víctimas… que el güey era un asesino en serie”.

Hay en 41 tres maneras de nombrar que son también significativas; por ejemplo: “un subordinado es un saco de jícamas”, que no requiere mayor explicación; un poderoso ordena una muerte con la expresión: “Dele pal rastro”, y lo siguiente ilustra muy bien un proceder considerado normal en el mundo de la delincuencia y de la política: “Como la amistad eterna no existe, se hacen amigos un instante”. Todo escritor tiene el compromiso de aportar expresiones para enriquecer nuestra percepción del mundo y Rogelio no queda a deber.

Hay partes de la novela, sobre todo donde aparecen Ferras y el Japonés, donde el discurso se amplía a varios planos. “Ferras imagina. Es un maese en eso de la imaginación”. Los efectos de la droga y de eventos extremos que los personajes enfrentan impacta el discurso: “La calle es un lomo de serpiente”. Igual ocurre cuando el comandante Obispo recibe una llamada donde le informan sobre un detenido que tiene que ver con delitos cometidos en Colima: “Obispo cuelga de súbito el teléfono, pero sigue escuchando la voz del comandante Pastrana, que sigue hablándole al oído”. Hay una mezcla de tiempos dislocados que resulta agradable de leer.

41 es una novela de violencia y de acechanzas que no terminan. Un thriller con vocación. Rogelio Guedea la hace de incendiario en algo que deberíamos compartir en nuestra lucha diaria por exorcizar lo terrible de nuestra sociedad: abrir los ojos al único tiempo que nos toca de vida.

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