R ecuerdo a Rosario Ibarra de Piedra en la comida anual de EL UNIVERSAL el 13 de febrero de 1985, y aquella tarde de otoño de 1974 en la ciudad de Monterrey, en que mi hijo Jorge Eugenio desapareció. Cerca de la media noche, el jefe de la Policía de Nuevo León me recibió en su despacho.
“—Sí, ciertamente, aquí tenemos a su hijo. Participó con guerrilleros que asaltaron la fábrica Bimbo y lo encontramos encerrado en la cajuela de un automóvil que, según la matrícula, es propiedad de usted.
—¿Puedo ver a mi hijo?
—Aún no, porque lo estamos interrogando.
—¿Tiene usted alguna razón para detenerlo? ¿Alguna sospecha para acusarlo y ponerlo en calidad de detenido?”.
Carlos Solana se mostró contrariado, pretendió darme excusas y refinó sus modales para pedirme tiempo, para comunicarme que en realidad mi hijo fue víctima de los guerrilleros, que lo encañonaron por la espalda cuando abordaba su automóvil en el estacionamiento del Tec de Monterrey, que lo obligaron a manejar hasta fuera de la ciudad, y meterse en la cajuela estrecha, a mi hijo, un hombrón fornido que a los 18 años medía 1.94 m de altura. El guerrillero hijo de la señora Rosario Ibarra de Piedra encabezaba el grupo e inyectó a mi hijo morfina o algún otro anestésico; y cuando finalmente despertó a punto de ahogarse dentro de la cajuela, golpeó con toda su fuerza y los vecinos de la colonia La Moderna escucharon los palmetazos en el carro y llamaron a la policía que recogió el carro y rescató a mi hijo.
“—Usted, me dijo Solana, es amigo del obispo Sergio Méndez Arceo, izquierdista de lo más extremo, que cuando viene a Monterrey se hospeda en su casa. ¿No será que su hijo se ha contagiado de las ideas de la izquierda violenta y que en realidad estaba de acuerdo con los guerrilleros?”.
Solana tuvo que soportar mi ira y conminaciones, y al fin me entregó a mi hijo; quien a los pocos días resultó aquejado por una maligna hepatitis.
Los discursos se sucedieron en esa comida de EL UNIVERSAL, y cuando me despedía de amigos y conocidos, Rosario Ibarra de Piedra me abordó desde su pequeña estatura:
“—Jorge Eugenio, yo supe que mi hijo el guerrillero secuestró a uno de tus hijos y le causó grave daño con una inyección que le aplicó para dormirlo y que la policía del gobernador Pedro Zorrilla te causó molestias. Yo quiero pedirte, en nombre de mi hijo desaparecido y de mí misma, que me perdonen el mal que les hicimos.
Le extiendo un abrazo y exclamo con la voz quebrada: —Tienes mi perdón y creo que el de todos los míos.”
En el interior de mi espíritu, recuerdo de repente las palabras de un poema de alguno de mis libros de poesía política: “Restañemos con la esperanza el duelo / reparar las ofensas / es mirar los luceros / que con la noche asoman / es sentir que el corazón se abriga con la lumbre / y del perdón que es hogar de la justicia”.
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Escritor