Ahora que estamos conmemorando el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución, conviene recordar que el movimiento armado encabezado por don Francisco I. Madero es el único que estuvo programado para que estallara en una hora y una fecha precisas. Es decir, el Plan de San Luis, expedido el 5 de octubre de 1910, específicamente, en el punto número 7, indica: “El 20 de noviembre, desde las seis de la tarde en adelante, todos los ciudadanos de la República tomarán las armas para arrojar del poder a las autoridades que actualmente gobiernan”. Esta es una peculiaridad que distingue a la Revolución Mexicana de otras revoluciones en el mundo. Un rasgo también particular de este levantamiento es que tuvo una inspiración netamente democrática a diferencia, por ejemplo, de la convulsión registrada en Francia en 1789 que tuvo tintes liberales y del sacudimiento verificado en Rusia en 1917 que tuvo una base comunista de sustentación.
Esta orientación democrática se deja ver, entre otras cosas, en la consigna “Sufragio Efectivo, No Reelección” que se convirtió en el grito de batalla de los revolucionarios. Es curioso y no carente de significado que la Revolución Mexicana se haya producido por un fraude electoral que le cometió el general Porfirio Díaz a don Francisco I. Madero en las elecciones, precisamente, de 1910. La exigencia era justificada: que se respetara el voto de los ciudadanos. Además de ello, el cometido también fue echar del poder al hombre que desde 1876 había permanecido en él, salvo el breve periodo en el que le cedió el puesto (1880-1884) a su compadre Manuel González.
Pese a los avances logrados, el voto no se ha terminado de respetar en nuestro país; así y todo, la otra parte de la demanda revolucionaria sí se ha cumplido escrupulosamente: desde la muerte de Álvaro Obregón ocurrida en julio de 1928, los presidentes de nuestro país, afortunadamente, no se han reelecto.
Eso por lo que toca al Poder Ejecutivo, sin embargo, por lo que hace al Poder Legislativo el asunto debe considerarse de otra manera: la reorganización del Poder Legislativo de 1874 y, posteriormente, en la Carta Magna de 1917, al igual que las constituciones federalistas y las centralistas del siglo XIX, contemplaban la reelección inmediata. Pero, entonces, ¿por qué razón se quitó la reelección legislativa? Resulta que en 1933 los diputados del Partido Nacional Revolucionario (PNR), para restarle poder a los grupos locales, modificaron el artículo 59 constitucional para evitar la reelección consecutiva. Esto debilitó al Legislativo y favoreció la construcción del presidencialismo autoritario. Hasta la fecha nadie ha sido capaz de corregir esta medida contraria a la institucionalidad democrática.
Valga un dato: en el mundo iberoamericano los únicos dos países que prohíben la reelección inmediata de los legisladores son México y Costa Rica.
La posibilidad de que los diputados y senadores se puedan reelegir de manera inmediata provocaría un cambio en la política mexicana: los representantes, para permanecer en el cargo, tendrían que voltear a ver a los ciudadanos y no a las dirigencias de sus partidos; acumularían experiencia, y el Legislativo tendría mejores elementos para servir de contrapeso al poder presidencial.
El obstáculo para tomar esta medida radica en que el imaginario colectivo sigue confundiendo la no-reelección del Ejecutivo con la no-reelección del Legislativo.
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM