Si la discusión que se ha iniciado sobre las reformas al régimen político llegase al fondo, lo que ya es mucho esperar, debiera acercarse al límite político y moral del problema: ¿cuál sería la mejor opción para la relación entre Estado y sociedad? No en cualquier democracia, no en otras por imitación o resignación, sino en esta democracia mexicana concreta.
De ahí la insistencia en el pluralismo. Es obvio, como no lo parece para algunos aclaradores, que la posición mayoritarista defendida por un sector del PRI no es per se antidemocrática por contraposición a la del Presidente o la del PRD-PT-Convergencia, que serían democráticas. Las diferencias residen en cómo entiende cada una de ellas la democracia para este país.
La idea de restaurar la cláusula de gobernabilidad o alguna otra fórmula semejante que permita que el presidente elegido, aun por mayoría relativa, cuente con la mayoría absoluta de la Cámara de Diputados (“especialmente en el primer trienio”), corre a contrapelo de lo que se reclama en las urnas desde hace más de dos décadas: que haya búsqueda de consensos entre las opciones políticas que las encaminen a una visión compartida en lo esencial de por dónde debe transitar el país para, desde ahí, tejer las diferencias ideológicas y programáticas.
La iniciativa del Presidente es, indudablemente, la más completa en este sentido. Introduce la segunda vuelta en la elección presidencial como mecanismo de solución de una decisión insuficiente en la primera. Aceptando que para gobernar se requiere la formación de mayorías, la alternativa planteada por el Ejecutivo ofrece que si en la primera ronda el ganador no tiene mayoría absoluta, esto se resuelve en la segunda pero bajo una nueva condición: aliarse con otros para triunfar. Si el electorado considera suficiente a un candidato en la primera vuelta le dará la mayoría absoluta, pero si no elegirá pasar a la segunda. Este mecanismo empodera al electorado: le da la opción de dar un mandato de negociación a las opciones punteras para mejorar su oferta en conciliación con otras que habrían quedado excluidas si hubiese mayoría absoluta en la primera ronda.
Por otra parte, la iniciativa del Presidente propone integrar proporcionalmente al Senado. El PRD, por su parte, propone una fórmula de integración proporcional de la Cámara de Diputados. En cambio, la fórmula “Peña Nieto” reduce la proporcionalidad en la integración de esta cámara en aras de la obtención de mayorías.
El contraste entre las propuestas evidencia que no son lo mismo, que conciben el ejercicio democrático de manera distinta. Mientras unas iniciativas recogen el sentido de la pluralidad, la otra la relega; las primeras buscan una gobernanza pluralista y consensual, mientras que la segunda busca una gobernanza mayoritarista.
Sí hay diferencia entre los sistemas políticos democráticos. Unos han elegido históricamente el camino mayoritario, otros el pluralismo consensual. Estados Unidos e Inglaterra, con sistemas diferentes (uno presidencial y otro monárquico-parlamentario), son democracias mayoritarias mientras que Francia, Alemania y España, guardadas las diferencias entre ellas, han seguido formas de proporcionalidad que cobijan mejor al pluralismo. No nos equivoquemos. Aun los dos primeros ejemplos tienen en su sistema de mayoría mecanismos de inclusión de la pluralidad de los que nosotros carecemos. Estados Unidos cuenta con un federalismo hiperdescentralizado y un Ejecutivo con medios de trato con el Congreso que no existen aquí. Inglaterra cuenta con el voto de censura y otros medios que conducen a elecciones anticipadas bajo condiciones de desacuerdo parlamentario importantes. Por lo demás, ambos tienen una intensa vida política en sus comunidades locales.
El llamado al pluralismo que se reitera en las urnas exige negociación de posturas, valores y principios, algo que los partidos sólo en los márgenes han entendido. Negociar es lo contrario de imponer. A lo segundo estamos acostumbrados, lo primero apenas aflora. Para debatir, cuestionar y negociar añejas posturas no cabe duda que el mejor sistema político es el que favorezca la proporcionalidad, la negociación y el consenso.
Un clásico vivo del pensamiento político se preguntó en un libro reciente (¿Es democrática la Constitución de Estados Unidos?), por qué la mayor parte de los países con desarrollo exitoso no copiaron las fórmulas del sistema político estadounidense. La respuesta que ofrecen él y otros politólogos es que entre más amplitud haya para la representación y la negociación en el sistema político mejor responderá este a los problemas sociales y económicos. Desde luego no hay fórmulas mágicas, pero la superioridad de los sistemas plurales sobre los mayoritarios no deja lugar a dudas.
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Investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM