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Al terminar de saborear mi café con su correspondiente popote espacial,
consulté mi bitácora de vuelo para verificar la hora en la que debía
iniciar el experimento de la germinación de semillas. Las instalaciones
dentro del orbitador son tan limitadas que todo se tiene que hacer a la
hora programada, ni una hora antes ni una hora después. Es necesario
optimizar el volumen de trabajo disponible, la electricidad y muchas
otras cosas, así que cada astronauta debe estar muy pendiente de la
secuencia de todas sus actividades. Faltaba un buen rato para que yo
tuviese que iniciar el experimento. Fue afortunado, porque precisamente
apareció una familiar sensación en mi estómago que me estaba avisando o
alertando que era hora de rendirle cuentas a la Madre Naturaleza y
visitar, irremediablemente, ese recinto tan especial donde a veces
florecen extraordinarias ideas y pensamientos: el WC.
A lo largo de mi vida he dado cientos y cientos de conferencias,
para diversas edades y profesiones, y nunca ha faltado alguien que
pregunte tímidamente, al final de mi presentación, con cierto rubor y
en voz baja, cómo le hace uno para ir al baño en condiciones de
ingravidez. De inmediato observo mucho interés del público por conocer
la respuesta a esa pregunta prohibida, casi tabú y en contra de las
buenas costumbres, que alguien formuló, para beneplácito de los demás,
aunque con cuidado y discreción: “Doctor, ¿cómo hacen sus necesidades
fisiológicas?” Bueno, en realidad hay muchas necesidades fisiológicas,
como dormir, comer, respirar, hacer el amor -otra pregunta tabú del
siglo XXI-, etc., pero obviamente se refieren a cómo ir al baño. Y yo
les respondo, con mucho gusto, que para mayor claridad didáctica, vamos
a hacer una demostración sobre una silla, con participación colectiva,
y que todos imaginen que están en la ingravidez, flotando como globitos
humanos y que deben cumplir con el obligado ritual que a algunos asusta
mencionar, como si no fuesen humanos o nunca tuviesen esa “necesidad
fisiológica”. No todo en la vida son experimentos y ciencia pura.
Así que, en nuestra columna de hoy, invito a todos los lectores que
realicemos una visita imaginaria o virtual a ese aparato que resulta
tan necesario en todo viaje cósmico y que es una maravilla de la
ingeniería. Lo primero que deben hacer, queridos lectores, es recordar
que todo flota en la ingravidez, y que por lo tanto hay que tomarse su
tiempo y tener cuidados extremos si no quieren ser impopulares durante
el resto de su travesía orbital. Repito: aquellos que, a pesar de ser
humanos, nunca tienen ese tipo de necesidades o se horrorizan de que yo
tenga el atrevimiento de hablar “de esas cosas” en esta respetable
columna, absténgase de continuar su lectura. Bajo advertencia, no hay
engaño.
El WC tiene una forma más o menos parecida a la de un modelo
terrícola, ya sea estándar o de lujo. La principal diferencia es que no
tiene agua en su interior. Imagine usted una “taza” -no la de café-
totalmente seca. En ella se va a sentar usted, con cierta dificultad,
porque usted está flotando y con las manos y los pies tendrá que
ayudarse a descender sobre el aparato y hacer contacto. Cuando lo
logre, si no hace lo que indicaré a continuación, se volverá a ir para
arriba, y a lo mejor el tiempo apremia. Pues bien, cuando haga contacto
y esté en posición de sentado -es mejor en masculino, porque las damas,
al igual que las reinas europeas y las mujeres astronautas, sólo van a
polvearse al tocador– encontrará a ambos lados de su cadera una especie
de bastón cuya parte vertical está oculta en el WC. Jalará hacia arriba
la parte superior de cada bastón, la girará hacia el interior de su
vientre, y la dejará caer -tiene resortes para ejercer presión- sobre
cada muslo. Enhorabuena, ahora sí está firmemente adherido al aparato.
Pero todavía no puede hacer nada, porque recuerde que está en la
ingravidez, y sus piernas estarán flotando hacia delante, lo cual
resulta inconveniente para la actividad que pretende realizar. Por
ello, encontrará al frente y en la parte inferior una pequeña
plataforma donde colocará sus pies -como si el bolero le fuera a dar
servicio de calzado- y enrollará sus tobillos con las correas de velcro
-ese maravilloso material multiuso- que convenientemente están ahí.
Ahora sí ya está quietecito, pero antes de encender el aparato, debe
tomar una manguera que está al centro y al frente; el extremo inicial
lo colocará donde usted crea conveniente, de modo que por ahí se vayan
sus dorados líquidos. A continuación, apretará los botones para
encender el aparato, que de pronto se transformará en una poderosa
aspiradora, tanto por el lado de la “taza” como por el de la manguera.
¡Ah…! Mientras usted siente un gran alivio en este mueble fantástico y
prodigioso, en posición similar a El Pensador, del gran escultor
Augusto Rodin, tendrá el privilegio de poder ver las estrellas por una
ventana cercana y, probablemente, encontrar inspiración sobre las
razones de su existencia y las acciones a seguir. ¡Felicidades!
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