Manuela Sáenz (1797- 1856) y Dolores Veintimilla (1829-1857), dos hermosas quiteñas: la mujer de acción, al lado de la poeta romántica; la “patriota y amante de usted”, al lado de la que levantó su “frente pura ante todos los hombres sin temor de que haya uno que tenga la facultad de hacerla doblar ruborizada”, la libertadora del Libertador (salvó la vida de Bolívar, éste le puso el sobrenombre), frente a la escritora: “la humana turba revoltosa/ Mi corazón hirió con su injusticia”. Dos caras de la revuelta romántica del XIX: la que se vestía de varón para combatir al lado de su amante, y la de quien se disfrazó de india, de “chola”, para ir a la fiesta a casa del Gobernador de Cuenca a celebrar el día de los Santos Inocentes, causando escándalo con “tan inapropiado atuendo” -y enorme irritación cuando se negó a quitárselo-. Las dos se dieron el lujo romántico de elegir a sus amados: la Sáenz, ya casada, escogió a Bolívar; la Veintimilla a un doctorsucho colombiano de mala fortuna para casarse. La Enciclopedia Espasa Calpe resume el final de la poeta Veintimilla con tono acusatorio: “se suicidó a los veintiocho años, alimentada una pasión en ausencia de su esposo”, engrosando las filas de la turba que la orilló en Cuenca al trágico desenlace, y me parece que se equivoca.
Dejo de lado a Manuelita Sáenz, de quien más se sabe, y voy a los detractores y defensores de la Veintimilla. La defendió Ricardo Palma: “de cuerpo era alta, de frente espaciosa, de ojos bellísimos, de boca fresca y pequeña, de cabellos castaños, noble y majestuoso el porte”. Lo de que fue bella no fue negado ni por sus más furiosos retractores, que usaron el atributo para cebarse contra ella. Como sus costumbres y su “virtud” se debate, algunos de sus defensores la dan por “frígida” para garantizar que, aún abandonada por el marido, se preservó impecable. “¿Atrevida –por no decir otra cosa-?” “¿Adúltera?”, “¿seguidora de Safo?”, “¿licenciosa?”.
Su mayor enemigo fue Fray Vicente Solano, su coetáneo en la ciudad de Cuenca, influyente columnista del periódico La escoba. Éste le espetó al tropezar un día en la calle con ella: “¡Ahí va la boda de todo perro!”. Ella contestó: “¡Y usted es perro de todas las bodas!”.
Dolores Veintimilla causó escándalo desde su llegada a Cuenca: ¿cómo que quería tener baño en la casa?, ¿un piano?, ¿hacer veladas literarias?, ¿recibir hombres en casa para las charlas literarias del chocolate de los jueves?, ¿criticar a los bados del pueblo?, ¿hacer migas con otros poetas no cuenqueños, como el chileno Guillermo Blest Gana, uno de los llamados “atrasados románticos”? ¿Conque poeta? Ya sembrada la inquietud contra su persona, para hacer las cosas más difíciles, el marido la abandonó, emprendió camino hacia el Panamá.
El 20 de abril de 1857, la Veintimilla presenció la ejecución de un indio, Tiburcio Lucero, acusado de parricidio y condenado a muerte ejecución en la Plazuela de San Francisco. Oyó los gritos de la chusma: “¡Vamos a gustar la muerte del indio!”. Veintimilla publicó una nota necrológica:
“No es sobre la tumba de un grande, no es sobre la tumba de un poderoso, no es sobre la de un aristócrata que derramo mis lágrimas. ¡No! Las vierto sobre la de un hombre, sobre la de un esposo, sobre la de un padre de cinco hijos, que no tenía para éstos más patrimonio que el trabajo de sus brazos.”
Terminaba con una petición al “Gran Todo”:
“Que pronto una generación más civilizada y humanitaria que la actual venga a borrar del código de la patria de sus antepasados la pena de muerte”.
El fraile Solano contestó defendiendo la legitimidad de la pena de muerte y la atacó en repetidos panfletos anónimos, llamaría a la Veintimilla “azota-calles”, “U. es un pecador público, en el concepto público”. Ella escribió al margen de alguno, cuando aún conservaba buen humor: “Me ha hecho reír la bulla que ha causado aquí mi pobre papel, por ser escrito de una mujer, es decir de un semi-animal, que es lo que piensan que somos”.
Una coincidencia de las dos quiteñas: a su muerte, sus papeles fueron quemados.
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