No es una inocentada propia del día lo que quiero tratar hoy, es algo infinitamente peor. Quiero compartir el amargo aprendizaje que esta crisis nos deja a todos. Aprender de los errores ajenos es prudente, pero aprender en carne propia es muy doloroso.
La crisis nos ha enseñado a todos algo que será sin duda de utilidad en nuestra vida futura, pero como país cosechamos tres experiencias invaluables que vale la pena considerar con cierto detenimiento.
La primera es que usar el voluntarismo como prisma para leer la realidad es una pésima idea. El optimismo infundado reconforta de manera fugaz, pero te induce a lecturas deformadas de los procesos en curso. El voluntarismo es una especie de alucinógeno que te conduce a terribles distorsiones en la lectura de la realidad y a partir de esos errores cometer uno todavía más grave que consiste en no evaluar adecuadamente el entorno. Es el pecado más grande en que puede incurrir un estratega. El gobierno se equivocó de medio a medio al momento de valorar los impactos que la crisis gestada en Estados Unidos tendría en nuestro país.
No volveré sobre el trillado tema del “catarrito”, pero es evidente que hubo un error grave de apreciación de la crisis y su profundidad.
La segunda es que el pensamiento único se ha venido abajo; todas las certezas que daban los paradigmas de los 90 sobre las bondades de las privatizaciones y los beneficios que en el largo plazo traería el libre comercio, están hechas añicos. Lo lamentable es que los críticos de esos postulados se han encontrado a la salida del túnel sin respuestas útiles para construir un futuro que entusiasme a la mayoría. Los escombros ideológicos de los 90 no se pueden barrer con la escoba desvencijada de los 70. Repetir que el neoliberalismo ha muerto y no tener desde la izquierda solución de recambio para una economía lastrada, manda al más oscuro de los desánimos a amplios sectores que ven que por una u otra razón a ellos siempre les toca perder.
La prudencia sugiere que nunca debes desear con tanta fuerza la muerte de tu enemigo ideológico porque la vida te puede dar ese trofeo y los electores se girarán hacia ti esperando dirección y certeza. No les puedes repetir las mismas monsergas de décadas anteriores.
La tercera enseñanza es que por más vínculos externos que tengamos a través de tratados de Libre Comercio, asociaciones estratégicas y demás membresías, al final de la película estamos siempre solos. El país se ha visto inmerso en una grave crisis y no hemos recibido ni siquiera una palabra de aliento moral de nuestros socios, quienes están más preocupados por resolver sus problemas que por preguntarnos si necesitamos ayuda. México no puede seguir por la ruta de idealizar su posición geográfica estratégica que, por cierto, las nuevas tecnologías y el abaratamiento del transporte cada vez erosionan más. Es necesario que desarrolle sus propias capacidades para resistir una nueva crisis en el futuro. En plena globalización a la hora de la verdad (lo hemos visto con las vacunas del A H1N1) cada país atiende primero a sus ciudadanos y después a los demás. Ojalá no olvidemos esto. Feliz año a todos los lectores.
Analista político
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