NUEVA YORK.— El presidente Felipe Calderón ha decidido impulsar desde la tribuna presidencial la reelección consecutiva de legisladores y alcaldes, mecanismo cuya ausencia mantiene estancada la calidad de la democracia mexicana y la rendición de cuentas desde mucho tiempo atrás a la alternancia del 2000. Las reformas electorales y constitucionales de 1996, que abrieron el camino a la pluralidad en el Congreso y a la era de los “gobiernos divididos” o del “poder compartido” en México, han traído consigo un fenómeno doble. Por un lado, se ha comprobado que los arreglos institucionales en México han permitido elecciones más limpias y competidas, pero sin ir de la mano de los incentivos necesarios para que haya un diálogo entre el Ejecutivo y el Legislativo que se traduzca en acuerdos. Los contrapesos a la Presidencia se han activado, pero el Congreso se maneja por la vía libre. Por el otro, pese a la elección de 2006, la confianza de los ciudadanos en las instituciones electorales ha crecido desde 1994, pero al mismo tiempo se ha abierto un abismo entre representantes y representados. Los electores no se sienten representados por las personas que reciben su voto. Cada elección se produce un “milagro” que se explica, en parte, por la omnipotencia de los partidos políticos y sus recursos de movilización o de acarreo. Pese a ese abismo, la participación electoral en los comicios presidenciales mexicanos se mantiene por arriba de la registrada en democracias más antiguas, como EU, nuestro vecino, al tiempo que en los comicios legislativos de cada tres años algo similar sucede en términos comparados. La posibilidad de reelegir a una senadora o un diputado que hizo bien su trabajo de manera inmediata es un mecanismo que permite empoderar al elector, darle independencia a los legisladores y cortar el poder de los partidos políticos. Pongamos algunos ejemplos hipotéticos. Supongamos que Beatriz Paredes hubiera llegado a la Cámara de Diputados por el voto directo del elector y no por la representación proporcional. Supongamos que la mayoría de los electores de su distrito estuviese muy molesta porque ella no defendió claramente el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Supongamos que a Paredes le interesara continuar como diputada en el 2012. Si en México hubiese reelección legislativa inmediata, los electores en el distrito de Beatriz Paredes podrían influir directamente en su campaña por la reelección y castigarla en las urnas. De igual forma, traigo a colación un ejemplo comparado para ver el efecto de la reelección en la independencia al legislador y la reducción del poder de los partidos. En EU, el presidente Obama ha impulsado una reforma al sistema de salud que la oposición republicana no aprueba. Sin embargo, en la reciente votación en la Cámara de Representantes, Joseph Cao, un representante de Louisiana, fue el único republicano en votar a favor de la reforma de salud. Cao justificó su voto diciendo que anteponía los intereses de sus electores a los de su partido —su distrito es mayoritariamente afroestadounidense y demócrata—. Ahora seguramente será castigado por indisciplina partidista, pero posiblemente conservará la curul en 2010. Su carrera no depende tanto de su partido, sino de sus electores. La reelección legislativa no está libre de problemas. De hecho, en EU ha producido un efecto perverso para el acceso de las mujeres a curules y para la renovación de liderazgos políticos. El politólogo David Mayhew ha sido uno de los académicos que ha seguido más de cerca los efectos de lo que se conoce como “estancamiento legislativo”: la reelección legislativa inmediata ha producido carreras legislativas más profesionalizadas, como por ejemplo la del senador John McCain, quien lleva en el Congreso desde 1983, pero ha mantenido el statu quo, las mismas caras en el Congreso. En el caso de las mujeres, EU es una de las democracias con el más bajo número de legisladoras —hoy 17%—. Ello se debe a que no existe la representación proporcional y a la dificultad de sacar del Congreso a un senador o a un representante que tiene mucho tiempo en el cargo. La reelección legislativa inmediata tiene sus vicios y virtudes, y como bien menciona el experto legislativo Fernando Dworak, “no es una varita mágica”. Sin embargo, las instituciones políticas son flexibles, perfectibles y pueden acomodarse a las realidad de cada país. La reelección inmediata de legisladores transformaría en México la dinámica entre el Ejecutivo y el Legislativo pero, sobre todo, podría ayudar a cerrar ese abismo entre representantes y representados. www.twitter.com/genarolozano Politólogo e Internacionalista |