En la novela Al final del vacío se narra una ciudad de México devastada por bandas de saqueadores y delincuentes librados a su destino. Se llaman Los Dingos y han tomado el poder, después de que el Estado desapareció y esta banda caótica decide lo más elemental de la ciudad. Sin un velo moralino de por medio, el personaje de la novela sale a recorrer la ciudad para tratar de encontrar a su pareja, quien no ha regresado y teme por ella. De esa manera observa acuciosamente todo: saqueos, asesinatos, fogatas, una ciudad sin límites...
La novela de J.M. Servín no es ciencia ficción, aunque a su literatura la han calificado de “hiperrealista”. ¿Falta mucho para ese México que plasmó en Al final del vacío (Mondadori, 2006)? En la tele, la cual sólo puede mostrar una dimensión de las cosas, sean programas de noticias u cualquier otro espectáculo, las recientes marchas y paros del SME y los grupos simpatizantes generan imágenes que parecen cada vez más extremas. En la óptica de las televisoras. En 2006, cuando Oaxaca estuvo al borde de una revuelta mayor, en la tv las imágenes que se veían resultaban ajenas: una tanqueta antimotines lanzaba chorros de agua para liberar la universidad oaxaqueña, mientras grupos de enmascarados aventaban piedras o lo que fuera al ejército. ¿Estábamos en Gaza? También en 2006: la imagen del primero de diciembre, cuando Felipe Calderón recibió la banda presidencial en medio de diputados enardecidos que lo insultaban y defenestraban (pero que al final no impidieron su toma de protesta), se quedará grabada para siempre en la conciencia nacional. De lejos, podría parecer un país en guerra. Imágenes dignas de algún otro territorio, quien sabe cuál, pero de otras coordenadas. Aunado a este malestar social, la guerra contra el narco está lejos, allá, y sólo parece una guerra “de los cárteles”. Y en el presente mexicano, la urgencia por una huelga general de unos, o de un “pasemos al problema que sigue” de los otros, es ineludible. Las imágenes penetran más que el discurso, son más aprehensibles, más directas. Así, las coberturas de los monopolios televisivos parecen encaminadas a sesgar lo que pasa en la realidad, pero a explotar la violencia de las imágenes... o la frivolidad de otras. Grandes cantidades de activistas, militantes y sociedad civil en general se han volcado a las calles y en la tv todo esto parece no tener tanto impacto que, por ejemplo, la demanda de Alejandra Guzmán a su cirujano o de otro acribillado por La Familia. ¿Nos estamos volviendo esquizofrénicos?
¿Cuál es la novedad de esto? Definitivamente no la manera premeditada en que se narran los acontecimientos, pero sí que los hechos son cada vez más agudos y muestran la descomposición que se vive. La polarización. El desgaste. En ese sentido, parecemos estar en un estadio anterior al que describe con crudeza J.M. Servín en su Al final del vacío. No lo sabemos y, definitivamente, no lo deseamos, pero la pregunta que se percibe en el aire es: si hay tanto hartazgo, ¿cómo es que no se han desatado saqueos esporádicos en cadenas de autoservicio o donde fuera? ¿hay aun una ética o un temor inconciente que nos domina?
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