Pocas veces se había generado un consenso negativo tan firme en torno de las decisiones tomadas por el Congreso. Nadie quedó contento. Pero no sólo por el magro resultado de las reformas fiscales sino por la evidencia de las limitaciones de nuestra clase política. Quienes creímos que ninguna otra podría ser más deficiente que la 60 Legislatura nos equivocamos de plano. Esta 61 promete ser peor.Como pudimos verlo nítidamente, a lo largo de las negociaciones fiscales lo que más interesó a nuestros notables políticos fue no perder el estilo, aparecer en los medios del modo más cercano posible a la imagen que se han hecho de sí mismos y pasar las facturas al adversario. Podemos colocar estos tres rasgos en cualquiera de ellos, y veremos lo bien que funciona esa caracterización. Si los amigos de López Obrador disfrutaron tomando la tribuna legislativa para oponerse al incremento de impuestos —por la vía de los hechos y convertidos de repente en furibundos neoliberales—, el presidente del PAN lo hizo a través de una conferencia de prensa, negando sin más las negociaciones que se llevaron a cabo entre diputados y culpando al PRI de todos los despropósitos. Y el PRI, por su parte, no sólo cobró venganza verbal acusando al gobierno de los errores, sino que dejó a los senadores panistas votando solos el aumento al IVA. Al final, no importan tanto las siglas ni los detalles; la cosa es que todos querían mostrarse valientes, para que la gente viera que están trabajando a favor del pueblo, aunque tomen decisiones en sentido contrario. Si no nos fuera la vida pública en todos esos giros histriónicos, quizás hasta serían divertidos. Como narró la prensa, fue Pablo Gómez quien, al cabo de las larguísimas y sesudas deliberaciones en el Senado, le puso su verdadera densidad histórica al episodio. Dijo: “¡Ya vámonos, que ya llegaron los chilaquiles!”. Si la primera razón para hacer tantos desfiguros era pasarle la factura al de enfrente —tarea en la que seguirán trabados hasta el 2012—, la segunda era, en efecto, no perder “los chilaquiles” que se repartirán gracias al incremento logrado. Especialmente entre los gobernadores de los estados, que se han convertido en la clave de bóveda de los procesos electorales. Una vez que el presidente Calderón salió al terreno de las negociaciones con la idea de colocar un impuesto especial para ganar votos, pretextando la lucha contra la pobreza, ¿por qué no habría de cambiarse por un punto más de IVA, para dotar de recursos frescos a los barones de los partidos? Después de todo, el gobierno federal seguirá conservando la sartén del reparto fiscal por el mango. Y ya puestos en la tesitura de salvaguardar los distintos intereses en juego, nomás faltaba evitar las heridas que pudieran causarse a los contribuyentes más grandes. Aligerarles la carga de los impuestos que quizá ahora sí pagarán, aunque sea en abonos, para que vieran que nuestra clase política es muy sensible a sus verdaderas demandas. Y de paso, convocar inmediatamente a la sociedad (es decir, a los amigos de siempre) a una convención fiscal nacional para remediar, de una vez y para siempre, las carencias que venimos arrastrando desde hace décadas. Resuelto el presente, siempre será más fácil y más barato convocar al futuro para resolver los problemas fundamentales de México. Ya se verá. En cambio, es de esperarse que el siguiente capítulo sea tanto o más elocuente del tamaño de nuestra clase política. Tras haber garantizado el ingreso —sin ninguna teoría plausible sobre el curso de la economía del país, que no sea la misma de siempre, a despecho de la catástrofe—, ahora vendrán los discursos interminables sobre la importancia de repartirse los chilaquiles. Es probable que se hable, como se hace todos los años, de la necesidad de ajustar el aparato burocrático del Estado, de revisar la vigencia de oficinas inútiles y de establecer nuevos sistemas para rendir cuentas. Todas las promesas serán válidas, con tal de ganar dinero seguro. Pero lo cierto es que estamos atrapados en una red de intereses sin más destino ni causa que la de protegerse a sí mismos. Más allá de toda ironía, cada vez es más claro que nuestra clase política no está impuesta de la gravedad de la situación que está viviendo el país, que es profundamente provinciana —en el sentido peyorativo de esta expresión, por ciega al resto del mundo—, y que no tiene una teoría válida para sacar al país del desierto. Muchos intereses, muchas palabras y muy pocas ideas. Profesor investigador del CIDE |