El llamado culto a la muerte atribuido a los mexicanos en estos días se expresa mejor en un deporte nacional que se practica todo el año: el de darnos por muertos.Se trata del hábito de encubrir propósitos —como uno que pedía que lo dieran por muerto para ocultar su ambición presidencial— o de eludir responsabilidades, escapar de la rendición de cuentas o simplemente evitar la discusión de los actos propios y de sus consecuencias. Denme por muerto. Ricardo Rocha dio ayer aquí por políticamente muertos a los miembros de la actual Legislatura, pero son los mismos legisladores los que con sus malabarismos verbales han optado por darse por muertos para eludir una rendición de cuentas digna de ese nombre en el tema fiscal. Incluso uno de ellos pidió darle la vuelta a la página de esa discusión y con esto mostró otra modalidad del juego que consiste en dar por muertos los temas incómodos, no a sus autores. Y todavía al final de este proceso parlamentario los medios dejaron ver una modalidad más: la práctica de esa suerte de autismo del discurso político y mediático que da por muertos a los particulares, en especial a los contribuyentes sobre quienes recaen los efectos de estas decisiones públicas. Ensimismados en afianzar su presente y trazar su futuro, los actores políticos y mediáticos suelen desentenderse de las consecuencias de sus actos, de sus dichos y de sus textos en sus electores, audiencias y lectores. Quién gana y quién pierde Una comparación puede ayudar a llamar la atención sobre este aspecto: en países como Gran Bretaña, tras votarse las normas fiscales y presupuestarias de cada año, los medios centran sus informaciones y análisis en responder a la pregunta de qué grupos sociales ganaron y quiénes perdieron con las fórmulas aprobadas de captación y de asignación de los recursos públicos: si los asalariados, los campesinos, los rentistas, los jubilados o los industriales. E incluso qué rama de la industria y en qué regiones. En tanto, en México, los electores y los contribuyentes son dados por muertos a la hora de hacer este balance, porque las preguntas que suelen privilegiar los medios en sus respuestas a los lectores y las audiencias se limitan a indagar sobre qué político o qué grupo de políticos ganaron o perdieron puntos en la operación. Si el secretario de Hacienda o el de Gobernación; el presidente Calderón o la presidenta del PRI, Beatriz Paredes. O el gobernador Peña Nieto o el senador Manlio Fabio Beltrones. O los panistas Creel o Madero o Josefina Vásquez Mota. El culto a la cábala A cambio de meras generalidades —en el mejor de los casos— sobre qué grupo social o qué sector de la economía resultarán más afectados por el esquema aprobado de captación fiscal, o sobre cuáles saldrán más beneficiados o más marginados en la asignación del gasto del gobierno por aprobarse, los contribuyentes mexicanos reciben de los medios un cúmulo de detalles inútiles con las más ociosas conclusiones sobre si el paquete fiscal terminará de sacar al PAN del gobierno o si acabó con las esperanzas de la vuelta del PRI a Los Pinos, o sobre qué político o qué grupo de políticos resultaron apuntalados o quedaron fracturados en este lance, con miras a las elecciones presidenciales de 2012. Nuestro debate político-mediático transcurre así del culto a la muerte y el hábito de sus actores de darse por muertos, al culto a la cábala, a la especulación esotérica que no alcanza a ocultar los mensajes mediáticos por encargo de los postores políticos. Concentrada en registrar qué legislador se alió a qué secretario del gabinete y qué político se coludió con qué causante, lo que menos importa en esta perspectiva político-mediática es la obtención de un esquema fiscal y un presupuesto para atender las necesidades de los electores, los lectores y las audiencias. Éstos son así dados por muertos. Y en su turno ellos suelen dar por muertos a políticos y medios. Un juego en el que todos perdemos. jose.carreno@uia.mx Académico |