De regreso de un viaje, por la mayor parte grato y hasta emotivo, que tuvo lugar gracias a la generosa invitación del rector José Narro a los ex rectores de la UNAM para recibir juntos el Premio Príncipe de Asturias otorgado a la UNAM, pensé que sería útil compartir con los lectores algunas de las experiencias vividas en ese periplo ibérico.Las visitas a las universidades de Salamanca (madre originaria de la Real y Pontificia de México), de Zaragoza y la Complutense para la firma de convenios y conversaciones tendientes a futuros proyectos colaborativos estuvieron impregnadas de muestras de afecto y gusto francos por parte de sus rectores y sus respectivas plantas académicas, por el premio otorgado a la UNAM. Se compartía la satisfacción de que la universidad pública, como figura simbólica, hubiese sido la destinataria de la distinción. Ya en Asturias, la universidad de la capital del principado había preparado una ceremonia solemne para entregar a la UNAM su medalla de oro en reconocimiento a su labor académica. Habría tres discursos: los de los dos rectores y uno más, por invitación. El orador invitado fue un señor llamado Gonzalo Anes, presentado como “presidente de la Real Sociedad de Historia”, quien mencionó creer que había sido invitado a hablar porque había publicado hacía poco un corto artículo “sobre el tema” en un diario español. Declaró no ser historiador, sino un economista “que creía en la fuerza de los números” en los que se basaría en su charla “para disipar varios mitos”. Hacía mucho que no oía un discurso que combinase tan hábilmente la ignorancia con la petulancia, primero al escoger como tema del mismo la Colonia y en seguida tratar de demostrar, entre una catarata de tonterías, que antes de ella no había realmente ciudades en el nuevo continente, las poblaciones no se comunicaban entre ellas pues al no haber rueda y animales de tiro no había caminos, y que durante la Colonia los indígenas trabajaban con total libertad en las minas y tenían un estándar de vida al menos igual o mejor que sus equivalentes en Europa. La única referencia al exilio español de la guerra civil fue para afirmar que los académicos españoles habían pagado con creces la hospitalidad recibida por instituciones como la UNAM. Malo el conferencista, no menos malo quien decidió invitarlo a hablar, y un signo del neocolonialismo mental aún persistente en algunos ámbitos académicos de España. Afortunadamente, en la ceremonia misma del premio, Felipe de Borbón (recién barbado, por cierto), en un discurso ya con visiones de hábil estadista, hizo un emotivo elogio de la UNAM, su significado en el desarrollo de México y su papel en acoger a lo mejor de la academia española durante el exilio (“una deuda impagable” en sus palabras), que lavó la afrenta del discurso torpe del señor Anes. Aún cuesta que la memoria histórica de España acabe de digerir, en su correcta dimensión, el significado del drenaje humano que supuso el exilio derivado de la guerra civil, el costo que conllevó para su comunidad intelectual y los lazos que la honesta y generosa hospitalidad de México para ese trastierro debería suponer. Muestra del tamaño y la calidad del exilio académico español es el hecho de que seis rectores de universidades españolas fueron docentes en la UNAM y están enterrados en suelo mexicano. Hay material para reflexión para nuestros dos países: por un lado, comprender el significado de la universidad, en especial la pública, para el desarrollo de un país y, por el otro, la importancia de la relación que debería haber entre dos sociedades que comparten tantas vivencias e historia. jose.sarukhan@hotmail.com Investigador del Instituto de Ecología de la UNAM |