De eso se trata: de rapiña. Como buitres, los grupos de interés dan vueltas sobre los restos del país para alcanzar los últimos trozos de carne del moribundo, y algunos incluso se preparan para la carroña que quedará una vez que haya muerto.Unos rechazan con toda su fuerza pagar impuestos; otros, reducir sus privilegios; unos más se llenan la boca criticando al gobierno como si fuese un ente extraño, algo llegado de no sé dónde que no tiene nada que ver con la sociedad; los grupos políticos, cuidando sus votos. Nadie está dispuesto a perder aunque sea un poco a cambio de la acción colectiva. Nadie. No extraña entonces que este país sea un fracaso absoluto. Acostumbrados por décadas a ser tratados como niños, como adolescentes, hoy los mexicanos se muestran así: caprichudos, egoístas, hasta camorreros, pero nunca solidarios, nunca preocupados por un destino común que inexorablemente se cumplirá. No pueden entender, niños como son, de la necesidad de madurar. No pueden aceptar que la realidad está ahí, y no desaparece cuando se cierran los ojos. Pero, niños al fin, empiezan a tener miedo, y reaccionan violentamente. Empiezan a temer que sí, efectivamente, el país se está yendo al carajo. Y creen que pueden salvarse solos, encerrándose, imaginando que no hay nada el mundo más que ellos, y culpando a todos los demás de sus problemas: a los políticos, a los empresarios, a los trabajadores, a los grupos que no son amigos. Uno pensaría que no tiene mucho caso explicar de nuevo a estos niños lo que está ocurriendo, y que más valdría dejarlos solos, que se destruyan entre ellos. Pero hay que hacerlo. Hay que recordarles que México vivió los últimos 45 años por encima de sus posibilidades. Que año tras año tuvimos un regalo de cinco, seis y hasta nueve puntos del PIB, que nos dio el petróleo, y antes de él la deuda, que por cierto pagó ese mismo petróleo. Y ese regalo anual, que nos permitía no trabajar, se ha terminado. El año pasado el regalo fue de nueve, pero en éste apenas pasó de seis. Esa reducción en el regalo, sin embargo, seguirá ocurriendo, año tras año, y nunca volverá a crecer. Así que si queremos mantener lo que tenemos más vale que lo paguemos nosotros, porque nadie más lo pagará. Dicen los que no entienden que el alza de impuestos reducirá nuestro ingreso. No es así, el ingreso de los mexicanos se reduce porque el petróleo ya no da lo que daba. El alza de impuestos es sólo para distribuir la pérdida entre los bienes privados y los públicos. La pérdida es un hecho previo e independiente: se agota el petróleo. Lo que no se entiende bien es que esta caída de producción de petróleo no es algo que ocurrirá en el futuro, sino que ya ocurrió. No queda claro que sin este producto de exportación, somos profundamente deficitarios. El año pasado, el saldo del comercio de petróleo y combustibles nos dio 21 mil millones de dólares para financiar el resto del comercio. El año próximo, nos dará 5 mil nada más, y para el 2011 ya no sólo no dará dólares, sino que nos hará falta para cubrir las importaciones de combustibles. La presión que tendremos dentro de unos meses para conseguir dólares será muy fuerte, y no va a ser fácil resolverla. Si se llegara a sumar a eso una reducción de calificación de México, muy probable gracias a la decisión de todos los mexicanos de dejar al país a la deriva, habrá que sumar al faltante del comercio el faltante de la inversión. Y entonces todos entenderán por qué era urgente una reforma fiscal profunda, y por qué debíamos haber tomado decisiones serias en materia energética desde hace tiempo. Todo quedará claro, pero ya será tarde. Pero aun entonces, los niños buscarán a quién culpar: al neoliberalismo, al panismo, al gasto corriente, a los empresarios, a los trabajadores, a los políticos. A quien sea. No hay que buscar demasiado: generaciones enteras decidieron agotar el petróleo en lugar de pagar impuestos. Y hace al menos cinco años que ha sido muy clara la tendencia de la producción y el inminente agotamiento de Cantarell, el manto que nos hizo potencia petrolera y que hoy nos deja en el rumbo de un Estado fallido. Es urgente que se tomen decisiones que nos permitan evitar la catástrofe que amenaza. No se puede producir más petróleo, pero sí es posible aprender a vivir sin él, aunque parezca muy difícil. Basta con hacernos responsables del país en el que nos tocó vivir. www.macario.com.mx Profesor de Humanidades del ITESM-CCM |