Nuestros planificadores urbanos deberían ser capacitados por algún fundamentalista. Digo esto porque muchas soluciones a los grandes problemas de las ciudades son por naturaleza impopulares, y por ello dependen de la construcción de una base de soporte político para escapar del mundo de las ideas. Evidentemente, escribir un oscuro reporte al alcalde diciendo que la ciudad necesita comer frutas y verduras es iluso e insuficiente. Si los planificadores quieren que sus propuestas sean tomadas en serio, necesitan salir a las calles a convencer.Desgraciadamente muchos planificadores urbanos se limitan, pues operan bajo la premisa de que las preferencias de la gente están cinceladas en mármol. Creen, erróneamente, que la gente sabe lo que quiere y que no está dispuesta a considerar los argumentos que justifican un nuevo reglamento de construcción o una inversión en transporte masivo. Al renunciar a su rol como evangelizadores, los profesionales de la planificación cometen dos terribles errores. El primero es que aprenden a subordinar su creatividad a la “sabiduría” de las encuestas, por lo que poco a poco dejan de presentar propuestas audaces. Envueltos bajo un mantra de pragmatismo, inhiben cualquier tentación de pensar en grande. Se vuelven conservadores, limitándose a repetir mil veces aquellos proyectos que han funcionado en el pasado y que despiertan poca oposición organizada. Como consecuencia, el oficio de quienes construyen la ciudad tiende hacia el mínimo común denominador, y termina pareciéndose más a la línea de producción de una fábrica que al taller del artista. El segundo error es que actúan como si el ciudadano fuese un ente irracional, incapaz de procesar argumentos sólidos. Al asumir condescendientemente que el diálogo con las masas es imposible, desarrollan mecanismos de autodefensa frente a todo aquello que huela a participación ciudadana. En lugar de considerar al contacto con el público como una manera de obtener información valiosa, de mejorar un proyecto y de desactivar conflictos futuros, esta actividad se percibe como pérdida de tiempo. El resultado está a la vista de todos: la gran mayoría de los planes de desarrollo urbano se escriben en lo oscurito, y sólo se presentan públicamente como decisiones consumadas. Así, la planificación urbana en México ha perdido su oportunidad histórica. Ni producimos ciudades bellas y funcionales ni convertimos al proceso en una gran experiencia democrática, útil para que los ciudadanos de todos los estratos sociales se sientan dueños de un destino compartido. En lugar de visitar el barrio con cinco o seis alternativas, los planificadores presentan sólo aquello que acomoda al capricho del gobernante. En lugar de facilitar la discusión tocando cada puerta con la humildad de quien busca convencer, los planificadores se presentan como portadores de ideas infalibles, indispensables e impostergables. Lamentablemente, la profesión parece circunscrita por una sencilla receta: primero se planifica entre las élites, después se ejecuta y, finalmente, se defiende el resultado ante las masas. Los funcionarios de la planificación urbana invierten meses calculando el aforo ideal de una nueva avenida, sin preocuparse nunca por explicar a la población por qué es necesaria su construcción. Se jactan de ser técnicos, pero lo cierto es que habitualmente encuentran el argumento perfecto para legitimar decisiones tomadas previamente. El esquema garantiza la supervivencia de quienes tienen alma de Gutierritos y presenta cuantiosas recompensas para quienes desarrollan vocación mercenaria, pero tiende a eliminar el carácter social de esta profesión. Existe una alternativa: asumir con valentía y con vocación de servicio público la función evangelizadora de la planificación urbana. No basta con que estos funcionarios abracen el evangelio de la sustentabilidad ambiental, de la alta arquitectura o de las proezas de la ingeniería. No basta con que esperen a que el espíritu santo ilumine a la población respecto de la importancia de sus iniciativas. Como los testigos de Jehová, los planificadores deben ensuciarse los zapatos y visitar cada hogar, conquistando voluntades a base de argumentos claros y sencillos. Sólo si lo hacen, los planificadores urbanos podrán escapar de la irrelevancia. Sin una base de respaldo social, sus proyectos terminan adaptándose a los intereses de los políticos, de los constructores y de los grandes inversionistas. Los planes se privatizan, y en la práctica desaparecen. Es evidente que sin fieles devotos y convencidos, la iglesia de la planificación urbana no puede sobrevivir. Y nuestras ciudades serán condenadas por los siglos de los siglos. www.ciudadposible.com www.twitter.com/oneflores Departamento de Estudios Urbanos y Planeación, MIT |