Mi dilema es un viejo dilema y no me pertenece del todo: me siento a escribir esta nota con la conciencia de que pierdo mi tiempo de un modo descarado. No le encuentro sentido a escribir en un diario acerca de literatura o arte cuando en el ambiente común se respira un aire de odio y desesperanza. Las miserias comunes, esas que según Rousseau unen a las personas y permiten estrechar los lazos humanos, aumentan en el presente hasta un punto en el que casi anulan las posibilidades de la creación. No recuerdo haber vivido antes una sensación tan intensa de inutilidad. Se me dirá que el mejor momento para que un escritor saque partido de la realidad es justo cuando las desgracias suceden, pero eso no me convence. En todo caso quiero que las desgracias me sucedan a mí, no a los demás.
Qué cómodo sería sentarse, como pintor de alameda, a esperar que el mundo desfile ante mis ojos, pero no es este mi caso. Los otros no nos dejarán en paz mientras sean desgraciados, de ninguna manera tendremos tanta suerte.
Desde hace cuatro décadas escucho decir a los presidentes que debemos apretarnos el cinturón para soportar una nueva crisis (la metáfora del cinturón es esclarecedora y sugerente pues el cinturón podría apretarse en la cintura o en el cuello, según las circunstancias). A estas declaraciones siguen reacciones de protesta, nace un oso panda y se publican libros donde se exponen las causas de la miseria. Varios años más tarde vuelve a representarse la misma comedia, escena por escena y es entonces cuando nos damos cuenta de que el tiempo no transcurre en lo concerniente a la evolución de las cosas comunes. Es curioso que uno se quede calvo, se consuma por una enfermedad o pierda a sus amigos mientras que la corrupción política siempre se mantiene joven.
Un escritor es en la actualidad un ser bastante extraño: escribe, al menos eso está claro, pero no tiene compromisos que le sean impuestos por una sociedad o una época. Él mismo se impone sus tareas y consume su vida intentando cumplirlas. Esto parece ser un asunto rebasado en las sociedades modernas y liberales: el asunto del escritor o el artista comprometido. Estamos hartos de esa querella un tanto ridícula. Y, sin embargo, el desasosiego regresa no en forma de la pregunta “¿Tiene el escritor o el artista un compromiso con su comunidad?”, sino en la forma de un predicamento íntimo que pone en entredicho el valor común de sus obras. En otras palabras: ¿para qué escribir novelas si cada palabra que aparece viene muerta? Y es así porque las obras “nacen” precisamente en un espacio común que está tan muerto que no es capaz de imaginar soluciones a sus problemas de justicia más agobiantes.
Si las décadas se suceden y las crisis económicas y de justicia continúan, es que los fundamentos o cimientos no funcionan. Hasta un niño podría señalar en qué consisten los abusos y las causas de un estado de cosas semejante. La confianza en el otro está destruida de pies a cabeza y mientras ese lazo no sea restablecido, la tribu o la comunidad estará continuamente derrumbándose. Es una tarea utópica: en el caso de México son muchos países dentro de uno que no existe. Los políticos o empresarios voraces no renunciarán a sus prebendas y por lo tanto nunca comenzarán a trabajar realmente. Es también desalentador presenciar tantas muertes inútiles que se producen con el supuesto fin de hacer respetar las leyes cuando es notorio que las normas a respetar son idiotas o ideales en el peor sentido del término. Los vicios cruzan las paredes a su antojo: ¿que nadie ha enseñado a los gobernantes esta sencilla regla de vida?
El desánimo crece en ambas direcciones: hacia lo exterior en forma de fracaso social y hacia lo interior en conciencia de arte muerto. Justo así nació la tradición romántica en las artes: la decepción que provocó en tantas personas el presenciar que tras las revoluciones o el anuncio de una nueva época la miseria política continuaba. ¿pero a quién puede importarle una definición en este momento? A nadie. Si tantas obras dedicadas a la realización de la buena convivencia humana han servido para tan poco (desde Séneca hasta Habermas, desde Rousseau hasta Rawls, desde Iván Illich hasta Octavio Paz), ¿qué pueden hacer unas pataletas escritas en un diario de un país que no es país?
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Me sorprendí hace algunos días cuando leí que José Emilio Pacheco dijo que ante la situación actual prefería la cobardía del silencio. ¿Por qué? Confieso que no entendí y él no dio más explicaciones. ¿Van a decapitarlo por escribir un poema sobre la decadencia de México? ¿O a qué le tiene tanto miedo? Con miedo no se puede escribir.
me parece muy interesante el artículo. De hecho hace unos momentos estaba escribiendo algo acerca de la ola pesimista que nos aqueja día a día debido a los acontecimientos nacionales que vivimos: violencia, inseguridad, crisis económica y existencial, contingencias sanitarias, mala educación, etc., etc. Pero me parece que el escribir o leer sobre estos temas nos lleva a reflexionar que culturalmente somos un país optimista: a pesar de la tormenta gritaremos Viva México en las fiestas patrias.
Amigo Fadanelli: Por lo que veo no únicamente yo experimento cierto vacío y, en algún sentido, frustración, al realizar mis actividades, cuando alrededor se percibe “odio y desesperanza”. Después de muchos años, llegué a la conclusión de que la mejor forma de tratar de influir en el mejoramiento de la sociedad era mediante el impulso de la investigación científica y la cultura. Creo que lo he logrado, pero sólo con algunos de mis familiares y unos poquitos amigos cercanos (me gustaría saber que también habría influido en alguno de mis alumnos). Pero de pronto vuelvo a la realidad del entorno social y veo que el país se sigue cayendo… y cuando parece que ya tocó fondo se abre un nuevo abismo… y otro… y otro. Sin embargo, en mi caso, son los escritores –ustedes- los que alimentan mi vida. Todos los que escriben con la nitidez con la que lo hace usted, ya sea en textos literarios o científicos, me hacen sentir que no estoy solo, y me vuelven a inspirar en mi tarea. Por favor, no deje de escribir.
Dices: "No le encuentro sentido a escribir en un diario acerca de literatura o arte cuando en el ambiente común se respira un aire de odio y desesperanza."
Y es precisamente por el odio y la desesperanza, por lo que necesitamos de escritores como tú...
Para recordar que no todo está perdido.
Como dijo neruda:
"Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.
Sin embargo sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello ir por las calles con un cuchillo verde y dando gritos hasta morir de frío."
Tu frustración es contradictoria: sufres por el fracaso de algo que a su vez reconoces como ficticio (México como UNA sociedad y UNA nación). En lo personal, ya no pienso seguir atado a esta ficción y trabajaré por el bienestar propio y de extraños, sea en el lugar que sea, sin ataduras y falsos sentidos de pertenencia. Creo que como escritor eso debe acontecer con mayor naturalidad: basta con ser sincero con uno mismo. Lo que los demás hagan y deshagan al final no es responsabilidad de uno.
Realmente es desolador ver todo lo que sucede en el país. Ver cómo cada vez hay más violencia, muertes, pobreza, desigualdad social, corrupción y un largo etcétera. Y lo peor es que aún no se vislumbra ninguna luz. De todos modos, sin perder de vista esta terrible realidad, ni los intelectuales ni la gente honesta deberían de darse por vencidos. Si bien las luchas de tantos hombres y mujeres bienintencionados no ha bastado ni bastará para construir un mundo utópico, sin todos esos luchadores sociales e intelectuales estaríamos viviendo en un mundo más horrible. Pienso que debemos seguir combatiendo los vicios y males de la nuestra sociedad, no con el fin de alcanzar la utopía (sería demasiado ingenuo creerlo), sino al menos para no llegar a la distopía.
Saludos, Guillermo
Cada quien tiene su tiempo y su espacio en la sociedad. En tiempos dificiles hay que trabajar mas y mejor. Si lo tuyo es escribir, escribe. Si no puedes renuncia.
Esta sensación no es exclusiva de escritores, desde hace décadas ha ido corroyendo a quienes por más esfuerzos no salen de la pobreza o ésta comienza a invadirlos. Los gobiernos no han tenido dirigentes idóneos que puedan darle vuelta a la espiral de decadencia.
Bájale mi buen. La literatura es imprescindible. Los buenos escritores, son buenos escritores, independeintemente de estar "comprometidos" o vivir en su torre de marfil.
¡No te desanimes, escritor! Todo lo que se escribe con sentido, es útil para la convivencia armónica de la sociedad. Miles de notas escritas con pasión, alcanzan un auditorio gigantesco que de una u otra forma, darán fortaleza a los millones de transacciones humanas que se realizan a diario, y de allí derivarán a enriquecer criterios - hasta en nuestros gobernantes - para la mejora sustancial de nuestro entorno.
¡Esa es la gran importancia, y la enorme misión de los que escriben!
¡Ánimo!