Uno de los cientos de sonetos de Lope de Vega es un discurso en homenaje a la Verdad. Las primeras tres palabras del poema son sencillas: “Hija del Tiempo”.
Son palabras diáfanas y, por serlo, no parecen presentar ningún problema a nuestra comprensión; pero si uno reflexiona un poco, resultan sumamente extrañas. ¿La Verdad es hija del Tiempo? ¿Por qué? En una discusión con estudiantes de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, plantel San Lorenzo Tezonco, concluimos que Lope, al escribir esas palabras, está glosando “algo que se dice”: que al paso del tiempo la verdad, o las verdades, afloran, nacen; por ejemplo: aun en 2009 no conocemos los mexicanos los pormenores fundamentales del asesinato de Luis Donaldo Colosio en 1994, pero con el tiempo los conoceremos, saldrá a la luz la verdad, o dicho con la metáfora genética de Lope: el Tiempo dará a luz a la Verdad, de la cual es padre (y también madre).
En otra parte del poema, el gran poeta y comediógrafo madrileño describe a la Verdad como una “casta y desnuda virgen”. Es una forma de describir la doncellez y la pureza de la Verdad. Esa imagen se complementa con la otra: la del Tiempo como padre de la Verdad. Y ambas se combinan en las artes visuales europeas (pintura, emblemática) de los pasados siglos. Lo confirmé al leer el libo de Roberto Calasso titulado El rosa Tiepolo. Ahí encontré en imágenes visibles, en reproducciones de cuadros de Tiepolo, las imágenes poéticas de Lope de Vega. El Tiempo —el tiempo que vuela— es un anciano alado; la Verdad, su hija, es una muchacha desnuda y como aureolada de inocencia.
Un óvalo emblemático con esas mismas imágenes está rodeado con una inscripción latina que dice lo mismo que las tres palabras del principio de aquel soneto lopesco: “Veritas filia temporis”.
Esta minúscula incursión en las conexiones de unas artes con otras proyecta una luz poderosa sobre los fondos culturales y de pensamiento de la cultura clásica. Ante una infinidad de formulaciones poéticas, podemos encontrar una correspondencia plástica; si uno averigua más, hallará también, sin falta, resonancias musicales, filosóficas, gastronómicas, y demás. Así, por estos caminos, podemos comenzar a entender la tan traída y llevada y casi nunca bien comprendida, noción de la
intertextualidad.
Creo que al examinar ese soneto de Lope de Vega en relación con la pintura de Tiepolo aprendimos un poco. Un poema clásico es tan complejo como el más enredado poema moderno; sus peculiaridades lo hacen especialmente estimulante: su antigüedad lo inviste de un misterio, que no es más que la ausencia de referencias que para nosotros, ahora, en el siglo XXI, están en lugares distantes; quiero decir: distantes hasta que, con una módica investigación, los podemos traer cerca de nosotros. Entonces, comprender un poema clásico se vuelve una enorme satisfacción intelectual y estética.
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