En Europa se habla mucho de Brüno, la más reciente película del británico Sacha Baron Cohen (Borat) y de su referencia a la “última moda de muebles mexicanos”: unos supuestos paisanos nuestros colocados en cuatro patas, sobre los que se sientan unas celebridades.La conversación pública incluye la irrupción de un supuesto miembro mexicano de un espectáculo que se presenta en un parque de Berlín, con un saludo-estornudo alusivo al virus H1N1 que supuestamente le transmitimos al mundo. Mientras, en la Gran Vía de Madrid la comidilla es el grupo de aseadores de calzado enmarcados con rótulos de “auténticos boleros mexicanos”. No hay memoria de una percepción mundial más depresiva de México y los mexicanos en las calles del mundo y en la cultura popular global. No más mexicanos altivos, románticos ni ingeniosos en el estereotipo mundial. No más el México de las modernizaciones de principios de los 90 ni la nueva era de la democracia mexicana en el arrancar el siglo en la agenda pública global. Sólo imágenes de mexicanos rotos, dispuestos a ser utilizados como cosas, propagadores de epidemias y con habilidades limitadas para el desempeño de trabajos serviles. Y como telón de fondo, las percepciones de un país en llamas controlado por la violencia criminal. Con los intercambios sostenidos en tres semanas de encuentros, congresos y conversaciones con allegados y amigos de la política, la academia y el periodismo europeos, estas imágenes forman un cuadro dramático de la imagen del país en el exterior. Pero este cuadro de postración y derrota encaja con las noticias y los términos del debate provenientes del interior de la esfera pública mexicana. El problema es nuestro Incluso del triunfo futbolero del domingo, la agencia italiana Ansa ironizó en los medios europeos con el autoembuste de la euforia nacional ante el hecho de que nuestra selección le habría ganado sólo a la subselección de Estados Unidos. Y subrayó el grotesco episodio que condujo a una turba a hostilizar en la capital mexicana a una familia de turistas holandeses confundidos con estadounidense. Inútil atribuirle al extranjero una supuesta predisposición antimexicana. Una agenda doméstica cargada de denigraciones de unos contra otros desde la segunda mitad de los 90 abrió paso a un paisaje autodenigratorio nacional y a esta percepción global cebada en la denigración mexicana al finalizar la primera década del nuevo siglo. Y lo que falta. México afrontará de aquí en adelante la fase más devastadora de la crisis económica: más despidos de trabajadores, quiebras de empresas, suspensión de obras públicas, en un escenario que se combinará con percepciones de un mayor descontrol de las bandas criminales y con la propagación de un renovado temor colectivo por el rebrote de la epidemia de influenza humana. Ojos abiertos Pero los actores políticos no parecen haber enriquecido su instrumental para afrontar la adversidad con algo más que sus viejos arsenales de autojustificación y descalificación de los contrarios. A la vista de la tempestad, siguen concentrando la atención pública en sus luchas de posiciones e intereses dentro del gobierno, el Congreso y los partidos. O en el espectáculo bizarro para definir el sitio de una refinería. Y todo ello ha venido a reforzar los peores estereotipos nacionales en la agenda pública global. “Humboldt me abrió los ojos”, le hace decir García Márquez a Bolívar en El general en su laberinto. Nos lo recuerda esta semana un Congreso en la Universidad Libre de Berlín en honor del viajero alemán por nuestra América en la primera década del siglo XIX. Y de la narrativa de Favores celestiales, Luz Fernández de Alba nos relata aquí los encuentros y extravíos del padre Kino hasta su muerte en el noroeste de México en la primera década del siglo XVIII. Y ciertamente habrá que estar con los ojos muy abiertos, acaso implorando algún apoyo celestial para navegar entre los extravíos mexicanos que nos depara esta primera década del siglo XXI. jose.carreno@uia.mx Académico |