La primera vez que escuché esa frase no fue en la campaña de López Obrador sino en Tabasco, hace 25 años, cuando Enrique González Pedrero gobernaba ese estado e iniciaba el programa de redistribución del ingreso más ambicioso que haya conocido el sureste de México, a través de las obras públicas, la prestación de servicios y la organización social que gestionaban de manera directa las comunidades más pobres de aquella entidad. Se trataba de los llamados centros integradores, cuyo diseño y resultados siguen siendo motivo de análisis hasta nuestros días.En pleno ajuste estructural tras la crisis de 1982, la política social de González Pedrero no sólo estaba apoyada por un altísimo presupuesto, derivado de los ingresos petroleros, sino por un esfuerzo de organización que ponía a los seres humanos, a la gente de carne y hueso, en el centro de la implementación. Esa experiencia mexicana tuvo lugar cinco años antes de la registrada más tarde en Porto Alegre (Río Grande do Sul, Brasil), bajo el nombre de presupuesto participativo y que, a la postre, no sólo le daría vuelta al mundo sino que se convertiría en la base de la estrategia del exitoso gobierno brasileño del presidente Lula da Silva. En el mismo periodo, Julieta Campos puso en marcha el Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena de Tabasco, concebido por María Alicia Martínez Medrano, como una estrategia que no sólo apelaba a la idea del desarrollo humano, en el sentido más literal de este concepto (y mucho antes de que fuera divulgado por el PNUD en busca de un índice de alcance mundial, construido a partir de las ideas de Amartya Sen), sino que quería que las comunidades de la entidad se reconocieran a sí mismas a través de su identidad cultural y, desde ahí, construyeran opciones reales para dejar atrás la marginación. Y así fue: el teatro de Oxolotán se convirtió pronto en un símbolo universal de cultura (reconocido y aplaudido en Europa y en Estados Unidos) y su gente salió del atraso y modificó para siempre su visión y su relación con el mundo. Tras aquella experiencia notable, González Pedrero y Julieta Campos publicaron varios libros para contarla y para decirnos que, aunque quizá fuera imposible impedir las crisis cíclicas que produce el capitalismo (y que siempre vienen de fuera, aunque siempre nos sacuden por dentro), es viable enfrentarlas cuando se piensa en quienes padecen y reproducen la pobreza como seres humanos y no como datos o registros anónimos: ya como empleados, ya como clientela política o ya como mendigos y pedigüeños. Julieta Campos, en particular, escribió ¿Qué hacemos con los pobres? (Aguilar, 1995), con el angustiado deseo de contribuir a evitar la multiplicación de las condiciones políticas y sociales, pero sobre todo de las culturales, que generan la marginación política, la exclusión social y su consecuencia económica, que es la pobreza. Es decir, la falta de medios para sobrevivir en una sociedad descarnada, que mide el éxito por el acceso a los bienes que ofrece el mercado y por el volumen de las cuentas individuales de banco. Un éxito cifrado, literalmente, por la lógica de los números que acreditan que un producto, una idea o una persona valen más porque son más consumidos, más comprados o más leídos. Y que desecha, a la vez, cualquier cosa que no logra subirse a la máquina de la acumulación y el consumo masivo. Lo que Julieta Campos le regaló muchos años después a López Obrador no era una frase destinada a ganar votos, ni a agotarse en una sola campaña, ni mucho menos a quedar marcada por el nombre y los conflictos gestados por el político que la usufructuó. Tras ella había una experiencia exitosa, comparada con muchas otras del mundo. Y yo añado que también había la esperanza de comprender que las políticas públicas que no buscan la mayor igualdad entre los miembros de una comunidad nacional no valen la pena. Se caen de su peso y, a la postre, pueden generar muchos más descalabros. Hoy México tiene más de 50 millones de pobres. Más de 18 millones de ellos no tienen recursos suficientes ni siquiera para comer todos los días. Han quedado excluidos de todo, precisamente porque son pobres. Pero su sola existencia debería bastar para comprender y dimensionar el resto de los problemas de México. Son esas personas las que nos dicen, con su vida precaria y sin esperanza, que todos hemos fracasado como nación. Y eso no es cosa de un solo partido ni, mucho menos, de una sola persona. Tras la publicación de los nuevos datos sobre la enorme y desesperante pobreza de México y, en memoria de quien realmente acuñó esa frase, me gustaría repetir: por el bien de todos, primero los pobres. Profesor investigador del CIDE |