Este domingo se llevaron a cabo las elecciones de medio sexenio para elegir diputados federales y autoridades locales en varios estados de la República. Si bien al momento de escribir estas líneas se desconocen los resultados, sí se puede afirmar lo siguiente.En primer lugar, los grandes partidos, sobre todo PRI y PAN, se han consolidado en el voto ciudadano e incluso el PRI puede alcanzar la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. Segundo, los partidos pequeños están en apuros y probablemente uno o dos pueden perder el registro. Tercero, lo que ya ha quedado claro es que las reglas impuestas en la última reforma electoral son difíciles de aplicar y fáciles de violar. A estas alturas es difícil sostener lo contrario. Ello implica, desde luego, que se realice otra reforma electoral, la segunda en lo que va de este sexenio. Y por último, el famoso voto nulo, a pesar de sus buenas intenciones, sólo ha servido para que los partidos punteros amplíen su porcentaje, dado que ese voto no se puede contabilizar al igual que el de los partidos que pierdan su registro (gracias también en parte al voto nulo). En otras palabras, los saldos del proceso electoral sugieren que la partidocracia no sólo no se ha debilitado sino que ha salido fortalecida. Evidentemente el voto en blanco refleja un malestar de la ciudadanía por el sistema de partido que tenemos, pero los resultados parecen ser los contrarios a lo que se buscaba. Es decir, las consecuencias no coinciden con las intenciones. Todo lo anterior plantea un panorama complejo frente a la reforma electoral que viene. Por un lado es evidente que hay que reformar muchas cosas, como la prohibición de las campañas negativas, lo cual sólo beneficia a los partidos en el poder al impedir que sean criticados. También hay que permitir la reelección inmediata pues la no reelección sólo beneficia a las burocracias partidistas. Habría que reducir el financiamiento a los partidos, el cual raya ya en lo obsceno, así como acotar el fuero que permite a legisladores y gobernantes hacer lo que les venga en gana sin ninguna consecuencia. Todas estas reformas son urgentes y necesarias. El único problema es que quienes las tienen que hacer son, en última instancia, los partidos políticos, los mismos que han recibido un repudio moral de la sociedad pero un gran apoyo fáctico con el mentado voto nulo. ¿Cómo hacer que la partidocracia que hoy parece más fuerte que nunca haga reformas que le quiten poder? ¿Cómo hacer que la partidocracia se dé un tiro en el pie, pues? ¿Cómo hacer que las buenas intenciones de los anulistas se reflejen en buenas consecuencias y no en lo contrario a lo que buscan? Ese es el reto para todas las fuerzas sociales que buscan que la democracia funcione mejor en este país. Es, finalmente, un reto político. Y para ello hay que actuar con sentido político. Hasta ahora la presión que se ha articulado en los medios y a través de varios intelectuales hartos del mal funcionamiento de nuestra democracia no ha servido para producir ningún cambio. Ha sido una crítica moral hacia la clase política a la cual lo último que le importa es, precisamente, la moralidad. Bien dice el dicho que el camino al infierno está plagado de buenas intenciones. Espero sinceramente que éste no sea el caso. jorge.chabat@cide.edu Analista político e investigador del CIDE |