Irán es un gran país, una gran nación de 75 millones de habitantes; Irak tiene 30 y nació apenas en 1922, cuando Irán, la antigua Persia tiene, como Estado, una historia milenaria.Dueño de enormes riquezas petroleras, fuente de una pléyade de científicos de primera, tiene también una tradición revolucionaria. Hace 30 años, el movimiento estudiantil desató una revolución democrática sobre la cual se montó una revolución islámica, del islam chiíta. Hace unos días, a partir de las elecciones fraudulentas y de la protesta inicial del 15 de junio, se planteó el problema siguiente: ¿podía preverse la crisis iraní y podemos hacer predicciones racionales en cuanto a movimientos análogos en otros países? Michel Foucault quedó fascinado, hace 30 años, por la revolución iraní, y dijo entonces, si mal no recuerdo, más o menos lo siguiente: “Los levantamientos pertenecen a la historia, pero de cierta manera no le obedecen. El movimiento, la pulsión que empuja a un hombre solo, un grupo, una minoría o un pueblo a decir ‘ya no juego’ y avienta a la cara de un poder estimado injusto bajo el riesgo de perder la vida, ese movimiento me parece irreductible. Lo es porque ningún poder es capaz de volver imposible tal movimiento: Varsovia tendrá siempre su gueto insurgente y tendrá siempre en sus alcantarillas un pueblo insurrecto. Porque el hombre que se levanta, finalmente, no se puede explicar”. Por eso el levantamiento del padre Hidalgo, de Francisco I. Madero, de los cristeros sorprende siempre al poder, que ni lo espera ni lo entiende. El levantamiento es siempre enigmático, pero si además se vive con una conciencia religiosa —los iraníes inconformes gritan “¡Dios es grande!” y los cristeros “¡Viva Cristo Rey!”— surge otro problema, ligado al primero, porque los intentos de explicar lo que pasa por la economía, la sociología, la ciencia política quedan cortos. Ciertamente los temas claves en la campaña por las elecciones presidenciales en Irán fueron la situación económica (mala), las relaciones con Europa y Estados Unidos (malas), la enorme corrupción imperante y la falta de libertad en la vida cotidiana. Pero eso ni es nuevo ni explica que de repente tantos iraníes se hayan cabreado. Hace 30 años la juventud salió a la calle y tumbó un monarca a quien le tembló la mano a la hora de la represión. Hoy los detentadores del poder saben que lo perderán a la primera concesión y por eso optaron por una represión total. Las masivas protestas callejeras de junio eran muy peligrosas para un régimen que nunca había conocido tal desafío desde su triunfo sangriento sobre los comunistas y los demócratas en 1979-1980. No quiso correr ningún riesgo; sin embargo, y por lo mismo, corre el riesgo de perder su legitimidad y de liquidar el mito, y la realidad, de una revolución islámica popular. Mir Hossein Moussavi, el probable vencedor en las elecciones del 12 de junio, tiene un pasado de revolucionario islamista, fue primer ministro en los terribles años de la interminable guerra contra el agresor iraquí Saddam Hussein, guerra que costó un millón de vidas al país; votaron masivamente por él las clases medias urbanas, la élite profesional, los universitarios, la juventud y las mujeres, categorías todas muy molestas con el gobierno de Ahmadineyad. Para evitar una segunda vuelta que hubiera perdido el tal Ahmadineyad, el régimen organizó un fraude mayúsculo, lo que provocó la masiva protesta. Y luego la represión masiva de todo tipo: palizas, arrestos, intimidación… Corrió la sangre y se intenta cerrar toda fuente de información sobre lo que ha pasado y está pasando en el país. Periodistas extranjeros encerrados y expulsados, diarios suspendidos, los otros ampliamente censurados, en cada imprenta censores que deciden qué se puede publicar, control de internet, de los teléfonos que permiten tomar foto, de los blogs y de Facebook. A corto plazo Mahmud Ahmadineyad y los suyos, mejor dicho, los que son sus jefes, los religiosos ultraderechistas, conservarán el poder. Ya recibieron las felicitaciones de Moscú, de Pekín y de Caracas: Chávez felicita al hermano Ahmadineyad el mismo día en que reanuda las relaciones diplomáticas con el gran satán, Estados Unidos, acusado por Teherán de haber fomentado y financiado la protesta. Obama es mucho más peligroso que Bush para los fundamentalistas iraníes, porque es abierto a la discusión y reconoció, en su espléndido discurso sobre el islam y Occidente, la responsabilidad de su país en la interrupción de la breve experiencia democrática del doctor Mossadegh, en 1953. Sin embargo, el cambio puede estar más cerca de lo que pensamos. jean.meyer@cide.edu Profesor investigador del CIDE |