El domingo se elige, entre otros, a los diputados de la próxima Legislatura, que iniciará trabajos el 1 de septiembre. Ya veremos qué elegimos, y con base en ello qué podría ocurrir, pero antes conviene analizar qué es lo que estos representantes deberán discutir. La agenda de la Legislatura, pues.Los temas están muy claros, son prácticamente los mismos de la Legislatura que termina: electoral, fiscal, energético, seguridad. Ya no parece que las pensiones vayan a tener que discutirse de nuevo, pero sí el tema laboral. Todo esto se discutió y decidió ya, pero las decisiones fueron malas o insuficientes. Muy mala reforma la electoral, simplemente mala la energética, insuficiente la fiscal y sin terminar la de seguridad. Me sigue pareciendo loable que, a pesar de las malas decisiones, los temas se hayan discutido en el Congreso, y sigo creyendo que es la primera vez, al menos desde la República restaurada, que el Poder Legislativo decide de manera autónoma. Eso es un avance de la mayor importancia. Sin embargo, la ganancia de discutir se perdió al decidir. No por falta de negociación, que la hubo y buena. La razón por la que las decisiones no funcionan es que las posiciones de inicio son demasiado lejanas de la realidad. Los políticos mexicanos viven en otro mundo, y para ése legislan. El mundo ficticio del político es la construcción cultural basada en el nacionalismo revolucionario, reacomodada por 1968 y adicionada de versiones vulgares de distintas tradiciones: marxismo, keynesianismo, doctrina social cristiana y otras menores. El resultado es una mezcolanza terrible en la cual se sigue endiosando al campesino, al pobre, al desvalido, y en nombre de ellos se toman decisiones que los mantendrán en donde están: pobres y desvalidos. Carne de cañón permanente y barata. Los políticos mexicanos se niegan a aceptar que el camino que tomamos en el siglo XX fue un fracaso monumental. Por eso no pueden imaginar cambios profundos, sino sólo ajustes. Se proponen cambios al sistema presidencial, que parecerían acercarlo al parlamentario, pero sin decidirse a fondo. ¿Reelección de legisladores? Buena idea, si se piensa mantener el sistema de mayoría, lo que favorece al partido que mejor controla los distritos. ¿Reducir los plurinominales? Lo mismo, incrementa la fuerza de los partidos grandes. ¿Ratificar gabinete? Pues sí, pero ¿no el poder Ejecutivo es unipersonal? ¿No sería preferible entonces que el jefe de Gobierno fuese el líder del Congreso? Ah, pero eso es un sistema parlamentario, y ya no forma parte de nuestra tradición. Los políticos no están entendiendo lo que ocurre, pero sí están representando a la sociedad. Dicho de otra manera, la confusión no es sólo de ellos. Basta leer la prensa por unos días para comprobarlo: filípicas contra los partidos políticos que caen en las mismas contradicciones del párrafo anterior; invectivas contra el sistema económico, proponiendo más de lo mismo que ha mantenido pobre e ignorante a la mayoría: subsidios. Ah, y la lista de culpables del momento, como si unas cuantas personas fueran relevantes, y no fuesen las estructuras institucionales las que nos detienen. Es atractivo hablar mal de las personas y decir que bastaría con quitar a Elba Esther para que funcionara la educación en México, o a Carlos Slim para que hubiese competencia en los mercados, o expulsar a los bancos extranjeros para que sirviera el sistema financiero. Pero eso es falso, como lo ilustra la historia de líderes del sindicato de profesores, de empresarios dominantes, o el catálogo de sistemas financieros que hemos tenido. Y todo siempre igual. ¿Quiere usted que los sindicatos dejen de sangrar al erario? Basta dar libertad de afiliación y cancelar el cobro patronal de cuotas sindicales para ello. ¿Quiere que los bancos cobren menores tasas de interés? Basta darles leyes que les permitan recuperar lo que prestan. ¿Quiere mejores servicios de telecomunicaciones, incluyendo medios de comunicación? Basta darle dientes de verdad a la Comisión Federal de Competencia y a la Cofetel. Pero lo que no sirve, aunque pueda ser divertido, es quitar a Elba Esther, a Slim o a los bancos extranjeros. Los cambios de personas son casi irrelevantes. Pero en eso nos pasamos la vida los mexicanos, en descalificar e insultar a las personas mientras las instituciones permanecen, haciéndonos cada vez más pobres e ignorantes. Por eso tantos mexicanos se ilusionaron con el último caudillo, y se ilusionarán con el próximo. No hay manera de resolver los problemas de México sin antes reconocer nuestro gran fracaso. Mientras no lo hagamos, todas nuestras discusiones serán sobre modificaciones cosméticas que, como las reformas de la Legislatura que termina, serán inútiles, cuando no perniciosas. Vaya y vote este domingo, que ahí empieza la democracia, pero no se quede en eso. Como bien dice un promocional, piense y vote. Y después del domingo, piense y exija. www.macario.com.mx Profesor de Humanidades del ITESM-CCM |