Martes, 5 de la tarde. Escenario: comedor de departamento de clase media alta. Motivo de la reunión: junta de planeación para un programa televisivo sobre poesía. Participantes: jefa de información, reportera, coordinadora de entrevistas 1, coordinadora de entrevistas 2 (el programa, como puede verse, supone muchas entrevistas), realizador general, coordinadora de producción, investigadora iconográfica y conductor/productor (ése soy yo). Estado civil de los participantes: divorciada, divorciada, soltera, divorciada, divorciado, soltera, divorciada… y un único casado (ése, para mi arrogante fortuna, también soy yo).¿Por qué consigno este último dato? Para explicar la anécdota subsiguiente. Dada la hora –convendrá el lector que las 5 serán muy las 5 pero también son la hora cero para trabajar–, llego aletargado. ¿Comiste en tu casa?, me pregunta alguien. No, con un amigo. ¡Ah, entonces vienes colocado! Para nada: mi amigo es Doble A y, por consideración, cuando comemos juntos no bebo más que Sidral de dieta. La junta se interrumpe todavía diez minutos más –¡lo que hace la hueva!– para dar paso al diálogo: —¿Y por qué haces eso? —Porque me parece cruel beber frente a él cuando sé que podría antojársele y que un solo trago le sería fatal. —¿A poco no comes cosas ricas cuando vas con alguien que está a dieta? —No es lo mismo: romper la dieta no es importante; al día siguiente la retoma uno y ya. [He ahí, por cierto, el racional abreviado de la futilidad de mi lucha contra el sobrepeso.] Un rapto de inspiración de nuestra jefa de información (no por nada es ella misma poeta y de los buenos): —Pues siempre hablas de tu felicidad conyugal sin preocuparte en lo mínimo de que los demás no tengamos pareja: eso sí es cruel. Risotada general del club de los corazones solitarios, a la que me sumo. Mi carcajada, sin embargo, es hipócrita: sé bien que la sentencia de la justa poeta entraña un acto, digamos, de justicia poética. Camino a casa, concluyo que de todos modos no me importa: cuando coma con J. seguiré bebiendo Sidral de dieta. * * * Todo esto para explicar que cuando Doble A significa Alcohólicos Anónimos, sus adeptos me merecen no sólo respeto sino consideraciones especiales: admiro la fuerza de voluntad necesaria para ampararse a la égida de esa sigla reiterada y hago lo posible para apuntalarla. ¿Cómo entonces es que me pronuncio contra otra Doble A? ¿Qué avieso hado adivino al avatar alterno de la A acompañada de otra, adjunta? Fácil (pero terrible): cuando una A es de apolítico y la otra de abstencionista, clamo “¡Aaaaaaaah!” –nomás pa’ agrarrar vuelo moral– y desenvaino mi espada justiciera. “Soy apolítico” declaran la cantante grupera buenona, el taxista parlanchín y –aunque en otras palabras, todavía más absurdas– ese Raúl Araiza que ha dado prueba, si no de ser verde, cuando menos de estarlo, y se asumen de súbito puros. La pifia es, claro, primero semántica: creen que “apolítico” es antónimo de “militante” o aun de “profesional de la política” y piensan estar declarando que se dedican a algo más edificante (segundo error: asumir que lo poco encomiable es la política –noble y necesaria actividad– y no nuestra política –esa sí pa’ los leones, los mapaches y los pejes). A veces, sin embargo, el dislate es más consciente y, por tanto, todavía más alarmante: saben que “apolítico” significa carente de interés en lo político (flashback a la escuelita: es decir carente de interés en los asuntos de la polis, ergo de todos) y así van por la vida, muy orondos de que les valga madres si el país prospera, retrocede o nomás se estanca. Peor pecado, por cierto concomitante: ser abstencionista. Dedicar el próximo domingo a la pijama y a la flojera, abjurar de la condición ciudadana –aun si ya sólo en su expresión más básica– y dejar que sean los demás quienes decidan qué rumbo toma el país. He aquí la doble a que muta en otra, duplicada –abulia y apatía–, y que redunda en otra más –angustia–, multiplicada por el número de mexicanos ignorantes de que acaso tengamos la clase política que nos merecemos. Última A: la de “¡A votar!”. Por el PRI o por el PAN. Por los Chuchos o por el Peje. Por un partido minoritario. O en blanco. Pero, eso sí, conscientes y de frente. (Y si la morriña dominical se impone, siempre será posible combatirla con una consigna tomada en préstamo a la Doble A primigenia: “Sólo por hoy”.) |