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México D.F., a 3 de julio de 2009 | 11:43 PM

Pedro Ángel Palou
El hotel boutique
02 de julio de 2009
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De un tiempo a la fecha han proliferado ciertos establecimientos que no llegan a hotel y cuyas pretensiones les impiden quedarse en el modesto grupo de los confiables hostales. Existen dos tipos claramente diferenciados: los que parecen una casa (o lo fueron y a la muerte de la longeva abuelita conservan los muebles, las mullidas alfombras, las viejas porcelanas) y los remodelados por costosos arquitectos y diseñadores japoneses.

Hace seis días, por motivos de trabajo, pernocto en un hotel boutique —la persona que me recogió en el aeropuerto y me trajo aquí lo pronunció en cursivas, lo juro. Está en Palermo y es como la casa de mi abuelita. El barrio merece un artículo aparte. En sus caminatas juveniles, cuando aún veía, Borges venía hasta aquí, al arrabal, a la casa de su admirado Evaristo Carriego. He visto la casa, por cierto, y espero que nunca la conviertan en hotel boutique, para bien del recuerdo y la milonga.

Unas cuadras, después de la vía, se llega a Palermo-Soho, lugar lleno de restaurantes y jóvenes parejas y en donde Francis Ford Coppola compró una casa y, sí, no lo van a creer, después de rodar una película, decidió convertirla en hotel boutique, la puta que los parió, como diría un chófer de taxi que no daba con mi posada de lujo:

— Pero si es una casa familiar, che —me comentó cuando al fin dimos con el sitio.

— Pero mire, no se ofenda, ese letrero, esas mustias letras dicen el nombre de mi hotel.

— Y sí… como yo le digo a mi hermano, si alguna vez reencarno en argentino, haré de mi casa un hotel. Si serán boludos…

Pagué y toqué el timbre.

Este es uno de los inconvenientes de los hoteles boutique: hay que llamar, anunciarse y el portero eléctrico vibra dejándonos pasar al patiecito —aquí no hay lobby— donde una mujer que podría haber sido mi tía Conchita hace un gran esfuerzo por tenderme un llavero.

Para que no me olvide donde estoy y no ose pensar que se trata de un hotel cualquiera han llenado mi recámara de fotos familiares en sepia. El primer día ni siquiera las miré. Al cabo de casi una semana a alguna le cuento mi día, a otra —gordita y con un vestido de flores— le rezo y he volteado la del que pudo ser el esposo de la abuela, un vetusto general cuyos bigotes rivalizan con las hileras de medallas.

Es tan íntimo mi hotel boutique que me da miedo desarreglar la cama, ensuciar el inodoro o dejar tiradas las toallas en el baño. Qué delicia el anonimato del gran hotel donde sólo pueden decir: “Allí va el de la 308”. En donde ahora duermo, en cambio, siento que me miran con recelo: “Allí va el que ensucia el inodoro”. “Mirá que mal, ahora quiere desayunar el muy desprolijo, después de que deja todo tirado”.

Por la mañana, un joven tímido me pregunta si quiero huevos. Por supuesto que quiero huevos, quiero todo lo que haya porque en los hoteles boutique no hay cena, no existe un piano bar de solitarios y tengo mucha hambre:

— ¿Revueltos o fritos?

— Revueltos —digo yo que estoy a punto de desmayarme

— ¿Con jamón o con salchicha?

— Con jamón. Tengo prisa.

Cuando el joven tímido se retira me levanto y me sirvo de una hermosa jarra de cristal cortado una copa de jugo de naranja. Una tetera de plata que bien pudo en mejores tiempos ocultar al genio de Aladino me permite servirme café.

Espero diez minutos y el joven regresa, sudoroso:

— Se nos acabó el jamón, ¿ desea salchicha?

“Sólo un par de huevos. Con o sin salchicha me da igual”, pienso, pero le digo que sí, que está bien, por no herir su susceptibilidad. Si su familia no hubiese convertido la casa de su abuelita en hotel boutique él nunca le haría unos huevos a un desconocido.

Cuando al fin llegan me los tengo que comer de golpe, han tocado a la puerta para avisar que ya vinieron por mí y que me espera un nuevo día de trabajo.

Si hubiese estado en un hotel normal, vuelvo a pensar.

En el taxi la amable chica que me trajo del aeropuerto inquiere:

— ¿Qué tal el hotel?

Como puedo desvío la pregunta, le hablo del ñandú, los gauchos, la yerba mate. Nada como poner color local de por medio cuando no se tiene nada que decir.

Un cuarto de hora después pasamos por un enorme hotel, uno de verdad. Suspiro muy hondo y me digo que yo, si reencarno en argentino seré seguramente botones de este hotel, es al menos por hoy mi sueño más hondo.

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Comentarios 1-20
ecomentario
2009-07-02|22:37
Puebla
Es muy difícil leer cualquier cosa que escriba Pedro Ángel Palou sin recordar su espantoso desempeño como Rector de la UDLA. Para mí fue un ejemplo de lo que tristemente son muchos políticos del Gobierno del Estado de Puebla: personas muy ocupadas de las apariencias, el poder y el estatus que creen que todo se puede con dinero, pero que frecuentemente son muy ignorantes y carentes de todo sentido de respeto hacia el valor del trabajo duro y el conocimiento. En el Gobierno del Estado, no importa mucho si un puesto determinado lo ocupa una persona sin las credenciales adecuadas. Lo importante es el puesto. En cualquier otro lugar, se requiere contar con ciertos conocimientos y experiencia. El trabajo de una universidad de prestigio se construye sobre la base de un trabajo académico serio y no con dinero, poder y apariencias. Más aún, los valores de libertad y respeto se atienden en la realidad y no sólo en el papel. Muchos políticos viven de palabras y apariencias, pero las organizaciones serias viven de trabajo, conocimiento y valores. Lamento que todo esto persiga al Sr. Palou después de tanto tiempo, pero es importante, por el momento, no olvidar lo que pasó en la UDLA.
Juglar
2009-07-02|17:36
Tuxtla
Bueno y a esto qué escribe, ¿es lo mejor que puede aportar en estos momentos? qué pérdida de tiempo, por dios,...
JuLuBR
2009-07-02|16:08
puebla
Con desagrado me doy cuenta que Palou es comentarista de este periódico. Escritor de segunda, político de tercera (fue secretario de cultura del estado de Puebla), y rector de quinta, no veo de qué manera sus llanos y pedantes textos mejoren la experiencia de leer este periódico.
osnerix
2009-07-02|11:54
México
Señor Zepeda Patterson, la pluralidad tiene límites. Es una pena que publiquen a Palou, quien como rector de la UDLA reprimió brutalmente la libertad de expresión, canceló el periódico universitario y no dudó en tomarse la foto junto al góber precioso. ¿Cómo puede publicar en el mismo diario que Lydia Cacho?
mirudo
2009-07-02|10:22
Guadalajara
Cuestión de gustos, quizás. A mí me pareció una buena lectura.
pacohdez
2009-07-02|08:30
DF
Qué texto tan espantoso... como los libros de Palou.
Lecturas(1747)
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