Mi mujer es diabética. Mi padre es diabético. Y mi abuelo fue diabético. ¿Me condena esto a desarrollar yo mismo, un día, la enfermedad? No necesariamente, primero porque la genética refuerza la tendencia pero no constituye una condena y, segundo, porque de los diabéticos enumerados sólo con uno me une un parentesco consanguíneo (suena raro, lo sé, pero así son los avatares de la familia posmoderna). A lo que sí estoy condenado es a hablar con frecuencia de diabetes: a buscar información, a mantenerme más o menos al día, en un esfuerzo no sólo por ayudar a mis parientes —y sobre todo a mi mujer, con la que vivo— sino también a matizar el impacto de su enfermedad sobre mi estilo de vida y, más importante, de mi estilo de vida sobre su enfermedad.
Sería yo, pues, un perfecto consumidor de revistas enfocadas al tratamiento y al manejo de la diabetes y, de hecho, si viviera en Estados Unidos, las consumiría. Allí —y no aquí, puesto que no nos llegan— podría comprar con regularidad Diabetes Self-Management, Diabetes Health, Diabetes Forecast, Diabetes Digest y hasta Diabetes Gourmet. En México, en cambio, no se edita sino una publicación periódica —y una sola— abocada a ofrecer información útil a los aquejados de insuficiencia pancreática y a sus familiares, titulada Yo con diabetes y publicada mes a mes. Ésa, aunque me es perfectamente accesible, no la compro: mi mujer la recibió sin costo durante algunos meses pero, transcurrido ese lapso, decidió no renovar su suscripción y yo no la insté a cambiar de opinión. He aquí los porqués.
La idea misma de publicar Yo con diabetes es encomiable en lo moral, original y osada en lo empresarial, pertinente en lo mercadológico: al tiempo que contribuye al combate de una de las principales causas de muerte en México, la revista inaugura un nuevo nicho de mercado, atiende a un público ignorado y capitaliza la necesidad de las empresas dedicadas a la producción de productos para diabéticos de contar con un canal publicitario. El problema, entonces, habrá de residir en su más que desigual calidad. Primero, porque junto a materiales útiles e innovadores —la guía para el buen embarazo de las diabéticas que ocupa la portada de su actual edición, por ejemplo—, Yo con diabetes presenta algunos que abrevan del catálogo de las buenas intenciones vacuas (todo diabético sabe, por ejemplo, que le es necesario hacer ejercicio: lo útil sería decirle cuál y cómo) y, peor, otros que poco o nada tienen que ver con su tema central. ¿”Vive sin estrés” reza el titular? Sin duda sería deseable, pero no sólo para el diabético. ¿”Dulces sueños: consejos para el insomnio”? Igual. Tal pareciera que la imaginación de los editores se agotó, que publican tales materiales sólo para tener con qué llenar.
Más grave todavía: la falta de rigor editorial. ¿Cómo explicar de otro modo la plétora de artículos que hablan de estudios que “revelan” o de investigaciones que “han arrojado” pero que jamás consignan quién y dónde y cuándo llegó a tales descubrimientos y de qué manera? (Mi hipótesis: el sujeto impersonal que se oculta tras tales hallazgos bien podría ser la Wikipedia.) ¿O la receta para hacer del mole una comida menos dañina, que contabiliza todas las calorías… salvo las del mole mismo? Con disculpas, ese arroz no se ha cocido.
Queda, pues, un sabor agridulce tras la lectura de Yo con diabetes: demasiadas mediciones erráticas para una revista que debería buscar ante todo la estabilidad.
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