Benedicto XVI ha molestado a muchos durante su viaje a tierra santa, sea porque no condenó nominalmente a los que lanzan cohetes contra Israel, sea porque no exigió precisamente a Bibi Netanyahu la creación de un verdadero Estado palestino; sin embargo, ha sido valiente y, por lo mismo, desagradable a todas las sectas. Por ejemplo, cuando dice que “el mundo es un don de Dios y que Dios ha entrado en las vicisitudes y los acontecimientos de la historia humana y por eso la creación tiene una razón y un fin”.Razón y fin que nos cuesta trabajo adivinar. Durante su viaje el Papa dijo a los cristianos: “Edificad vuestras iglesias locales haciendo de ellas laboratorios de diálogo, tolerancia y esperanza, así como de solidaridad y de caridad activa”. Ha tendido una mano amistosa a los judíos y musulmanes que viven en esa tierra que todos consideran santa y que ha sido desgarrada por los hombres. A lo largo del siglo XX, Roma ha cambiado de postura, para responder a nuevas situaciones. Todo empieza con la caída del imperio otomano que controlaba el Medio Oriente desde que había reemplazado al califato de Bagdad. La conquista de Jerusalén por los ingleses en 1917 significó para muchos la recuperación de los lugares santos. Frente a Roma, ortodoxos, protestantes y judíos alegaban sus títulos sobre la ciudad santa. La difunta administración otomana y los autóctonos árabes, tanto musulmanes como cristianos, no consideraban entonces a Palestina como una entidad geográfica y política; fueron los ingleses que resucitaron la palabra derivada del latín imperial romano y de los filisteos. Lo que llamaron Palestina pertenecía a las gubernaturas de Damasco y Beirut. Durante la Primera Guerra Mundial, Francia, Gran Bretaña y Rusia se habían comprometido a dejar esa tierra al margen de las maniobras políticas para darle una administración internacional. Luego cayó el imperio ruso, mientras que Londres prometía a los judíos un “hogar nacional” y al jerife de La Meca, Hussein, un reino uniendo a todos los árabes, Balfour contra Lawrence de Arabia… A la hora de la paz, París accedió al deseo inglés de tomar control de la zona, aunque hubiera preferido verla bajo control internacional; lo hizo porque recibía a cambio un “mandato” sobre los futuros estados de Siria y Líbano. Por su parte, el movimiento sionista presentó a la conferencia de paz un memorándum para su establecimiento oficial en Palestina: el mapa que dibujaba incluía el sur de la Siria otomana, desde Sidón hasta la vertiente occidental del Hermón y la parte oriental del valle del Jordán hasta la línea del ferrocarril de Hedjaz (hacia Arabia). Era el trazado elaborado por Londres en 1840 a la hora de la primera gran crisis del Medio Oriente, para crear entre Turquía y Egipto una provincia neutral bajo tutela inglesa. Por cierto, esta crisis estuvo a punto de provocar la guerra entre Francia y Gran Bretaña. En 1922 la flamante Sociedad de las Naciones, antecedente de nuestra ONU, ratificó el reparto franco-inglés. La opinión católica internacional no entendía estos asuntos dictados por los intereses de dos gobiernos dueños de grandes imperios coloniales; no los entendía porque vivía el problema en términos religiosos: Palestina era la tierra santa y albergaba los lugares santos. Punto. Eso explica por qué una organización católica (francesa) llamada la Obra de Oriente protestó contra el proyecto Balfour de una “Palestina vendida a los judíos” para crear “un hogar, un islote de salvación para los que sufren efectivamente continuas persecuciones”. Condenando tales persecuciones, denunciaba a la vez “el espíritu de conquista” de los colonos sionistas y subrayaba la presencia de la población árabe, y, en su aspecto religioso, católica y ortodoxa. Roma no pensaba de otra manera y en 1919 Benedicto XV pronunció un discurso para alertar a los católicos a favor del Oriente cristiano: “No podemos dejar de preocuparnos por la suerte que la conferencia de paz va a deparar a los lugares santos, pues nuestro dolor y el de todos los cristianos sería grande si los infieles quedasen en Palestina en una posición privilegiada y más aún si esos augustos monumentos fuesen confiados a pueblos no cristianos”. Por eso la Santa Sede tardaría muchos años en establecer relaciones diplomáticas con el Estado de Israel. La decisión la tomó Juan Pablo II. Hoy en día los cristianos divididos no son más que la sombra de lo que eran todavía en 1960 y los fundamentalistas judíos e islámicos los denuncian como “infieles”. jean.meyer@cide.edu Profesor investigador del CIDE |